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Full text of "El gaucho florido: una novela de la estancia cimarrona y del gaucho crudo"

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EL GAUCHO FLORIDO 



OBRAS DE CARLOS REYLES 


EL EMBRUJO DE SEVILLA — nueva edición, 30 millar. 
EL TERRUÑO — nueva edición, retocada. 

LA RAZA DE CAIN — (acotada). 

BEBA — (agotada). 

PRIMITIVO — EL EXTRAÑO — EL SUEÑO DE RA- 
PIÑA — novelas cortas (agotadas). 

LA MUERTE DEL CISNE — literatura filosófica, cuarta 

edición (agotada). 

DIÁLOGOS OLÍMPICOS: APOLO Y DIONISOS — 
edición de gran lujo, ilustrada por López Naguil. 
DIÁLOGOS OLÍMPICOS: CRISTO Y MAMMON - 
edición de gran lujo, ilustrada por López Naguil. 

Estas dos últimas obras, edición popular. 

EN PREPARACIÓN 

A BATALLAS DE AMOR, CAMPO DE PLUMA - 

novela. 

COGITO ERGO SUM — reflexiones. 

DIÁLOGOS OLÍMPICOS: PALLAS Y AFRODITA — 

filosofía. 




CARX0S REYLES 


EL GAUCHO 
FLORIDO 


LA NOVELA DE LA 
ESTANCIA CIMARRONA 
Y DEL GAUCHO CRUDO 


“IMPRESORA URUGUAYA’', S. A. 


CERRITO Y JUNCAL 


MONTEVIDEO 



ES PROPIEDAD 

Reservados todos los derechos.* 


Copyright by “Impresora Uruguaya”, 8. A. 
Cerrito esq. Juncal. — Montevideo 



I 


E N la densa negrura de la noche, noche brava, 
tres bultos sonámbulos vagaban sacudidos y 
arrollados por el ímpetu del pampero, que parecía 
pasar sobre las cosas, achatándolas y estirándolas 
a modo de un enorme rodillo aplanador. A intervalos 
breves el relampagueo vestía el fantástico paisaje 
de lívidos clarores: tintas tétricas, descompuestas, 
cadavéricas, y entonces aparecía en lontananza un 
rancho trémulo, un ombú furioso, un pajonal epi- 
léptico, un llano que se encogía y alargaba cual si 
fuese de goma. Luego el tronerío, deshaciéndose en 
bombas atronadoras, hacía retumbar el cóncavo par- 
che del cielo e iba rebotando de cuchilla en cuchilla 
cada vez más sordo, cada vez más lontano, hasta 
expirar, allá muy lejos, entre los anchos brazos del 
ventarrón. 

El campo se vestía de agua. Por las sendas de los 
ganados corría a borbollones y remolineaba airada 





CARLOS 


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en las zanjas. De tiempo en tiempo un estampido ra- 
jador, precedido de un latigazo de fuego, y quedaba 
una vaca, blanca generalmente, con las cuatro patas 
al aire. De cuando en cuando una pausa cada vez 
más larga. Amainaba la lluvia, aplacábase el viento. 
Al cabo de cierto rato la tronada oíase sólo como un 
rezongar de perros detrás de las nubes. 

De súbito una llamita azulada y bailadora surgió 
en las tinieblas como un milagro. Los troperos del 
Tala Grande habían logrado hacer un fueguito. Es- 
ta tarea tan simple les costó arduo trabajo. Llegaron 
casi anochecido a aquel pastoreo, forzosa etapa de 
sus frecuentes viajes arreando hacienda gorda desde 
la estancia a la Tablada. Casi a tientas tuvieron que 
juntar bosta seca y leña de la resaca del arroyo. 
Después abrieron con los anchos cuchillos un pozo 
en la fangosa tierra, lo rellenaron de combustible, y 
protegiéndolo del lado del viento con una carona 
dispuesta a manera de biombo, hicieron brillar a 
fuerza de fósforos, sebo y pulmones aquella llami- 
ta inquieta como un fuego fatuo, que fué robuste- 
ciéndose y creciendo hasta convertirse en viva y re- 
tozona llamarada, una pupila roja en el rostro ne- 
gro de la noche. 

Los troperos, en cuclillas, se amontonaron alre- 
dedor de la alegre fogata. Ateridos de frío, los 
ojos duros, los dedos tiesos, sentían ahora cerca 


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EL GAUCHO FLORIDO 


de la lumbre y dentro de los ponchos de invierno, 
de grueso paño azul y forro de bayeta roja, un goce 
animal, un goce de cueva. Habíanse cubierto la ca- 
beza con espesos cojinillos puestos del revés, y el 
agua resbalaba sobre los curtidos cueros e iba a 
chapotear en la tierra encharcada. Eran cuatro crio- 
llos, color maní tostado, y un negro trompudo, lam- 
piño y de ojos lumbrosos. Éste puso la caldera so- 
bre el fuego y empezó a preparar el mate. Los com- 
pañeros permanecieron inmóviles, cuajada la ex- 
presión del rostro en un gesto soporoso, la boca 
entreabierta, la mirada fija, pesada, corpórea, asán- 
dose sobre las brasas como un churrasco. Pero aun- 
que amodorrados y enteleridos, tenían el oído 
alerta, un oído de zorro, que les permitía, sin mi- 
rar, ver las cosas a distancia. Así percibían, sin 
esfuerzo, los lejanos silbidos de los rondadores y 
los veían tiritando de frío y chorreando agua mien- 
tras giraban alrededor de la tropa, o distinguían el 
cencerro de la yegua madrina, la overa azuleja, y 
se la representaban al punto pastando en tal o cual 
precisa parte seguida de los caballos. 

El segundo capataz de la tropa, Florido, apro- 
vechando la intermitente y temblona claridad de los 
relámpagos, levantaba la vista y divisaba los novi- 
llos apretados los unos contra los otros a fin de 
protegerse mutuamente, las cabezas gachas, las an- 
cas al viento. 


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CARLOS 


R E Y L E S 


— Sírvase, capatás — le dijo el negro brindán- 
dole el mate. Por finura lo cogía con la punta de 
los dedos a pesar de ser una galleta mayúscula. 

Florido lo sorbió concienzudamente, y al devol- 
verlo exclamó, para noí ser menos comedido que 
Juan: 

— ¡Rico el simarrón! — Y así como desentumeci- 
da la lengua por el nacional brebaje, continuó: — 
Tiempo fieraso. Como no tengamos disparada ma- 
ñana al mover la tropa ... ¿Se acuerdan al salir ’e la 
querensia? Si no la remoliñamos a juersa de pe- 
chadas y ponchasos ai no más se nos hase humo. 
Suerte qu’ estaba el patrón. El hombre, sorro viejo, 
maliseó la cosa y me dijo: — “ganá la punta, Flo- 
rido. La hasienda viene alborotada, es muy chucara 
y al pasar la portera va’ clavar la uña”. Y así jué, 
pero hatajamos el pasmo a tiempo. 

— Con la marcha de hoy y la atravesada del Río 
Negro a nado, mañana va’ quedar como una seda 
— afirmó Viraqué, un tipo aindiado, de escaso bi- 
gote, barba de chivo, nariz picuda y frente estre- 
cha y huida. 

Hacía veinte años que tropeaba. Era muy cam- 
pero y bien mandado, pero no había salido nunca 
de peón porque le gustaba empinar el codo. Como 
todo el mundo, tenía el indio, aunque rústico, tres 
o cuatro personalidades distintas. En la estancia 


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EL GAUCHO FLORIDO 


distinguíase por lo comedido y reservado. Le daba 
el don a todo el mundo, pero sólo tomaba mate en 
la cocina de los troperos o en su cuarto. Andaba 
siempre muy limpio y fumaba tabaco negro en naco 
y papel de chala, que alisaba con el lomo del cuchi- 
llo antes de liar. Cuando tropeaba mostrábase co- 
municativo y hasta solía reir. En las jugadas de 
taba echábase el gacho sobre los ojos y enmudecía. 
Si andaba con un trago demás, antes que se le aflo- 
jasen las piernas, compraba medio litro de caña, 
íbase derechito a su caballo y volvía al trotecito a 
la estancia. Encerrábase en el cuarto y bebía y fu- 
maba hasta desplomarse como muerto en el catre 
de guasca peluda. Tropeando no bebía. 

— Con todo, le desconfeo — replicó Florido, — 
Viene un novillo blanco, ansina lo parta un rayo, 
que se lo pasa el día hasiendo atropelladitas pa’ juir. 
Cuando pasamos la portera jué el primero que emi- 
gró. Le pegué en las aspas dos mangasos de mi 
flor y una pechada de ordago, que lo tumbó. Cuan- 
do se levantó quiso tomar la punta. ¡ Bicho porf iau ! 
Y a vos qué te párese, Juan de Dios, ¿tendremos 
disparada?. . . 

El negro descorrió las espesas cortinas de sus 
belfos, mostró los dientes blancos y paletudos como 
los de un potrillo, y con un candombe en cada ojo, 
respondió, mientras ponía sobre las brasas un pe- 
dazo de pulpa: 


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CARLOS 


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— Por mí, que dispare, llendo bien montau . . . 
Una disparada es má divertido que un bailongo. 
Miedo, eso sí, le tengo a las mojaduras. A mi pon- 
cho lo atraviesa el agua, estoy calau hasta los gíie- 
sos. ¡Vida perra esta! 

Callaron pensando en las penurias y malandan- 
zas de su fatigoso oficio. Siguiendo el paso lento 
del ganado marchaban durante días de intermina- 
bles horas, soportando indiferentemente las chuzas 
de las lluvias invernales o las lanzas del sol canicu- 
lar; las madrugadas heladas, las siestas de fuego y 
las noches lóbregas, llenas de temerosos ruidos, en 
las que solían ser presa de una especie de terror 
mágico, revuelto limo de las creencias religiosas in- 
culcadas por las chinas viejas en las noches de tor- 
menta junto al fogón del rancho paterno. Entre 
las tinieblas, los troperos, gente dura y descreída en 
general, recordaban algo del más allá sentido en la 
infancia a la lumbre del fogón, lejano y misterioso 
como la lámpara de una capilla. El fogón, la capi- 
lla gaucha. A la cocina, rincón protector y conse- 
jero, iban a buscar el amparo de la luz y el calor 
mujeres y gurises, mientras afuera, apretado por 
las sombras frías, sacudido por el viento y amena- 
zado por el rayo, el pobre rancho temblaba. Entre 
una Santa Bárbara bendita y un signo de la cruz, 
oíanse las historias de luces malas, aparecidos, lo- 


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el gaucho florido 


bisoñes y otras supercherías con que las paisanas, 
sin sospecharlo, limitan y le ponen como un marco 
al misterio infinito de que carece el día y está pre- 
ñada la noche campesina. 

Era la partida un romper las cadenas roñosas de 
la servidumbre. Alejábase un instante el trágico 
fastidio del hombre frente a sí mismo a que toda 
inveterada costumbre lo condena. Entre rotundas 
carcajadas tusaban y desvasaban los troperos sus 
pingos más gordos y lucientes; ponían en las male- 
tas de lienzo el parvo equipaje, compuesto general- 
mente de dos mudas de ropa blanca, otra de ropa 
exterior, pañuelos y zapatillas brasileras. El poncho 
de invierno lo llevaban arrollado en su funda y ata- 
do a los tientos, el de verano puesto. Además, nun- 
ca les faltaba la clásica caldera del gaucho cami- 
nante sujeta por el cinchón bajo la barriga del 
caballo. Montaban, les cerraban las piernas a los 
fletes, que hinchaban el lomo y tiraban algún salto 
de puro viciosos, o iban a arrollar la tropa ya for- 
mada y pronta para partir. El patrón le daba al ca- 
pataz las últimas instrucciones, ponían en marcha 
el ganado con la tropilla por delante y se alejaban 
lentamente, fundiéndose poco a poco en las turbias 
lejanías; agrias sierras, cuchillas desoladas, lomas 
borrosas, llanos sin arboledas, animados solamente 


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CARLOS 


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por algún sórdido rancho o alguna puntita de ovejas 
o algún grupo de vacas. . . 

El cambio de vida y la independencia de que go- 
zaban lejos de los patrones los mantenía alegres du- 
rante los primeros días, pero después de algunas 
noches de ronda y de no interrumpidas marchas, 
los ganaba el fastidio y la modorra. Iban la mayo- 
ría dormitando, arrullados por el cencerro de la ye- 
gua madrina y el monótono jopa, jopa con que esti- 
mulaban los compañeros despiertos el tranco epis- 
copal de las reses. Y así recorrían grandes exten- 
siones sin ver, sin mirar siquiera los poblados cerca 
de los cuales pasaban. Nada les llamaba la atención. 
El diminuto mundo que ellos percibían de ordinario 
se arrugaba y retraía más aún. No admiraban la 
aurora saliendo desnuda y tiritando de frío de entre 
las sábanas húmedas de la niebla ; no veían las pues- 
tas de sol en las cuales los seres y las cosas parecían 
agonizar dulcemente y disponerse para el último sue- 
ño, paisajes apenas esfumados por las tintas crepus- 
culares y que se desvanecían como paisajes de cine. 
Sólo levantaban la vista de tarde en tarde para se- 
guir el majestuoso vuelo de una cigüeña o oontar al 
cruce, eso sí en un periquete, el número de cabezas, 
señales y marcas de la tropa que pasaba. Con el 
permiso del capataz algún peón solía ir a tomar mate 
de a caballo a tal o cual rancho conocido, o dejando 


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EL GAUCHO FLORIDO 


pastar la hacienda en una ladera suculenta iban todos 
a las pulperías, que visitaban en todos los viajes, 
para engullir media libra de pasas de higos y nueces 
remojadas con vino seco, mientras contemplaban, a 
través de los barrotes de hierro del mostrador, los 
artículos suspendidos del techo y cubiertos de polvo, 
telarañas y moscas. 

— Yo tamién le desconfeo al ganau este. Tua- 
vía nos va’ pegar un susto. Hase dos años, aquí 
mesmo tuvimos una disparada ’e mi flor — dijo Za- 
bana, un gaucho sin yel pa’ el trabajo y la diver- 
sión, según decían en la estancia. 

Y dejándose llevar de la locuacidad del paisano 
cuando anda de buena vuelta, prosiguió: 

— La cosa susedió de madrugada, al ponerse la 
tropa en marcha. Apenas se vía; el frío cortaba; yo 
diba con los dedos engarrotaus. Los novillos empe- 
saron a tranquear despasio. Pero de un repente, 
asustaus por tres ñanduses, que salieron de entre 
los cardos gambeteando con las alas abiertas, bufa- 
ron fiero y clavaron la uña. El finau Benito y yo 
ganamos la punta. Las guampas les sonaban a los 
franqueros como matracas y se nos venían ensima 
arrollándonos, pero como dibamos bien montaus le 
jugamos risa al peligro y empesamos a culebrear 
delante de ellos pa’ asujetarlos. Aquí pego con el 
poncho, allí un mangaso con el arriador, a éste una 


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C A R L' O S 


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pechada en las paletas, al otro una clavada de es- 
puelas en el lomo, y nada, no se jaban, paresía que 
teniba el demonio en el cuerpo aquella novillada bru- 
ta. De pronto, ¡virgen bendita!, mi mancarrón pe- 
chó un alambrau y me voló lejos. Esa jué mi suerte, 
si caigo serca no cuento el cuento, como el pobre 
Benito. El indio rodó y salió corriendo, pero ai no 
más lo alcansó un novillo y lo desgarretó. Dende que 
lo vide caer lo conté entre los muertos. Cuando con- 
seguimos arrollar la hasienda y fuimos a levantarlo 
estaba como hecho picadillo por las pesuñas de las 
reses. Teniba las tripas salidas y un carrillo cáido 
sobre la boca. Lo llevamos a un rancho pa’ que lo 
velaran y le diesen sepoltura. Nos lavamos, porque 
estábamos negros de polvo, y seguimos viaje. Y ai 
está, sólito en lo alto de aquella cuchilla. 

— Y todo pa’ no salir de pobres . . . 

— Ansinita es — confirmó Mansilla. 

— Ansinita mesmo — corroboró el negro. 

— Pobres son los que no tienen ande caerse muer- 
to. A ninguno de nosotros le pasa eso. Tenemos 
linda tropilla e’ pelo, güeñas pilchas; nunca nos falta 
un peso en el sinto, ¿y pa’ qué má? No todos dibamos 
a ser ricachos — replicó Florido — . Yo hasta que no 
cumpla los sincuenta no pienso rejuntar cobres. 
Vean como son hechas las monedas: redonditas pa 
correr. 


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EL GAUCHO FLORIDO 


Todos pensaban del mismo modo y por eso solta- 
ron la carcajada. El viento, después de despachurrar 
y barrer los nubarrones, acariciaba suavemente las 
calvas sierras; la luna tramontaba un cerro; el cielo 
lucía como recién lavado. El fogón clásico, el fogón 
gaucho, el fogón de las patriadas y las cocinas ci- 
marronas, consolador de tantos achaques y penu- 
rias, animador de tantas almas sombrías, amigo fiel 
del paisano como el caballo y la daga, flameaba ale- 
gremente comunicándoles a los troperos íntimo goce, 
que les hacía cosquillas por dentro y daba gana de 
hablar y reir. 

— Y vos, ¿qué te vas a comprar esta güelta? — le 
preguntó Florido al negro. 

Este reflexionó breves instantes y respondió: 

— ¿Yo. . . ? otro reló. 

— ¿Y pá’ qué querés dos reló? 

Juan repuso gravemente: 

— Pa’ alternar en la sosiedá. 

Sus tres compañeros se echaron a reir como si les 
hicieran cosquillas. Florido, pegándole un amistoso 
manotazo que casi lo tumba, exclamó: 

— i Negro bárbaro ! Pa’ eso con uno tenés de sobra. 

— Despasito por las piedras — , replicó el negro 
riendo también y accionando con las manos abiertas 
y tiesas como pantallas — antes de condenar el jues 
escucha. Oigamén y vean si rumbeo o no rumbeo. 


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CARLOS 


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Cuando un pobre negro como yo va bien empilchau 
y tiene reló de plata tuito el mundo le da el don, 
aunque al llegar a los ranchos lo inviten a pasar a 
la cosina y no a la sala por el aquel de que es negro. 
Pero si está entre los mirones en la puerta de un 
bailongo y pela, como quien no quiere la cosa, reló 
de oro, las chinas se le vienen como moscas al dulse 
y le disen que dentre. Yo quiero tener dos reló, uno, 
el de plata, pa mirar la hora, y el de oro pa dentrar. 
Tengo entendido que el presumir no es pecau. 

Florido, Zabana, Mansilla y Viraqué lo manotea- 
ron y sacudieron en señal de aplauso, mientras Juan 
de Dios reía orgulloso de sentirse tan bárbaro. 

— ¿ Y vos, Viraqué, qué te vas a comprar ? 

— No tengo hecha mi elesión tuavía. Dispués que 
cobre veré. Quisiera no comprar nada y amontonar 
ríales, porque ya voy pa’ los cuarenta. Siempre me 
digo lo mesmo, hay que juntar, y güelvo sin un 
cobre. 

A todos los troperos del Tala Grande les sucedía 
lo propio. Después de dos o tres días de fiesta y jol- 
gorio en el Paso del Molino y de comprar algunas 
relumbrantes baratijas, regresaban a la estancia con 
los cintos vacíos, pero eso sí, cargados de pañuelos 
de seda para quedar bien con el chinerío. Había 
quien gastaba mes a mes el producto entero de su 
trabajo en componerse, alhajarse, ser elegante y re- 


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EL GAUCHO FLORIDO 


galador. Y lo hacían porque en el evangelio gaucho 
estaba escrito el presumir y galantear. El ahorro les 
parecía cosa de gringos roñosos. 

Sobre todo los que trabajaban con Florido, esti- 
mulados por la prodigalidad de éste y el prurito de 
imitarlo en el vestir, veíanse en serios apuros para 
salvar algunos pesos en cada viaje. Florido era para 
ellos el prototipo del gaucho, el paradigma del crio- 
llo que tenían embutido en los sesos; lindo mozo, 
liberal, decidor, buen compañero en todas suertes de 
lances, suertudo con las hembras, capaz de hacerle 
la pata ancha a un escuadrón y por añadidura cam- 
perazo. Facciones muy regulares y viriles, ojos azu- 
les, agresivos o reidores, según; el cabello dorado, 
el cuerpo largo y flexible como la caña de bambú. Y 
por modelo lo tenían en el pago entero. Por eso no 
lo llamaban Florido a secas, sino el gaucho Florido, 
como si quisieran expresar que era la cristalización 
perfecta del gaucho, el espejo de una raza en que el 
paisanaje se veía de cuerpo entero. 

Todos querían ser compadres o aparceros del mo- 
zo, y en los ranchos en que se apeaba de vuelta del 
Paso lo recibían los dueños con no disimulado gozo. 
Las estruendosas carcajadas y la labia retozona y 
resbaladiza de Florido les placía como un licor dul- 
zoso y fuerte que sólo saboreaban de tarde en 
tarde. Los viejos repetían sus dichos y chusca- 


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CARLOS 


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das, las mozas lo nombraban riendo y haciéndose 
guiños, al recordar las cosas que, de refilón, les 
decía al oído. Pero no se ofendían porque era 
Florido, el gaucho más apuesto y picó de oro que 
conocían. Sin confesárselo le concedían todas, aun 
las más ariscas, el misterioso derecho de apretar- 
las bailando, y algunas llevaban su condescenden- 
cia hasta dejarse besar sobre los labios pulposos, 
rojos y húmedos como la ancha y abultada herida 
de las brevas que se rajan de puro maduras. Sin 
muchas palabras preparatorias, les tomaba la cara 
entre las manos, y metiéndoles los ojos en los ojos 
acercaba lentamente su boca a la de ellas. Los la- 
bios de éstas se entreabrían y él los rozaba apenas 
con los suyos, lo cual le daba una envidiable fama 
de atropellador y delicau a la vez. 

“A la primera las beso. 

“A la segunda las rindo. 

“A la tersera. . . si te vide no me acuerdo.” 

Solía cantar bromeando, mientras ensillaba uno 
de sus pingos, los mejores de la estancia. Pero cuan- 
do abrazaba amorosamente la vihuela, estuviese solo 
o acompañado, dejaba caer la cabeza sobre el instru- 
mento, y su voz, desgarrada adrede por el lejano so- 
llozo andaluz, ya aterciopelada y cariciosa por el 
gemido del viejo payador, vertía en las coplas honda 
emoción, así como un temblor, así como un lloro que 


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EL GAUCHO FLORIDO 


venía de muy lejos, de los abismos del alma, y en 
suspiros se le subía a la boca. 

Los compañeros de Florido se esforzaban en imi- 
tarlo. Todos ambicionaban tener estribos de cam- 
pana, cintos con broches de plata y oro, frenos con 
punteras y virolas de los mismos metales, fina daga. 
Quién se perecía por copiarle los floreos y puntiaus 
tocando la guitarra; quién le tomaba los puntos en 
el sentarse a caballo o jinetear de pierna abierta al 
potro más bellaco, o llevar el chiripá de merino ne- 
gro con franja celeste, porque era blanco como cos- 
tilla de bagual, medio arrastrando como él lo usaba 
para darse el costoso gusto de picarlo con las espue- 
las. Interiormente se avergonzaban de ser tan presu- 
midos y gastadores, pero mirándose en los azogues 
vivos de los arroyos: “De todas maneras no hemos 
de salir de pobre”, decíanse y sonreían entre alabán- 
dose y compadeciéndose. Su verdadero nombre era 
Zoilo Mozo y el apodo Florido, que le daban por 
andar siempre con una flor en la boca o el sombrero. 
Tenía la ventana del cuarto adornada con macetas 
de claveles y malvones. Le gustaban las flores. Caso 
único entre la peonada. Galopando por el campo so- 
lía dejarse caer hasta tocar el suelo con la mano y 
se enderezaba con un puñado de margaritas. 




II 


A NTES de salir el sol llegaron los troperos al 
Paso de Bustillos; dejaron tenderse la hacien- 
da para que pastase algo y se dispusieron -a tomar 
algunos mates y churrasquear. Juan y Viraqué ha- 
bían hecho un fuego grande y puesto varias pavas 
a calentar. Ensartados en los asadores, dos costilla- 
res de oveja se doraban lentamente a un metro del 
fogón. De vez en cuando el negro los rociaba con 
salmuera. 

En el cielo limpio y lustroso no se veía una nube. 
Los hombres y los animales, destacándose nítidos 
sobre el ancho espacio, semejaban figuras recortadas 
y puestas sobre incoloro pergamino. 

— ¡Mañanita cantora! — exclamó Florido espar- 
ciendo la mirada en derredor y respirando hondo 
como un ronquido hacia dentro. 

— ¡Tibia y lindasa! — apuntó Zabana. Y diri- 
giéndose al primer capataz, Saldivia, un paisano ve- 


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CARLOS 


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j ancón y grandote como un cerro, preguntó: — ¿A 
qué hora pasamos el río, no sabe, don? 

— Dejuro en cuanto caliente el sol. El patrón me 
dijo que venía’ haser noche al puesto con toda la 
peonada. Aurita no má me manda un chasque. 

En efecto, media hora después salían de la espe- 
sura del monte tres jinetes y se dirigían hacia el 
fogón. Apenas se veían; no obstante el capataz los 
reconoció. 

— Mi compadre Esquivel, Rufino y el pardo Ba- 
nega. 

Dos quedaron en la linde del monte, y el llamado 
Esquivel, al trotecito, se dirigió al fogón. 

— Patos al agua, ¿no? — le gritó Saldivía antes 
que llegase. 

— Tuavía no, compadre. Güenos días pa’ todos. 
Don Fausto dise que churrasquén despasio y que a 
eso de las nueve vayan arreando la tropa a la picada. 

— Dese contra el suelo y tome un simarrón. 

— Me ordenó pastorear la hasienda pa’ que no se 
llene mucho. 

— Con los dos hombres que ha dejao ahí pa’ que 
no dentre algún novillo al monte basta y sobra. El 
ganau ya está echau, ¿no ve? Comió temprano. 

Esquivel le bajó las riendas al tuviano negro que 
montaba, y después de atarles el pesado rebenque y 
tirar éste al suelo, fué a sentarse junto al capataz. 


24 <L 



EL GAUCHO FLORIDO 


Él lo era también y sabía guardar su puesto. 

— ¿El río está muy cresido? 

— Campo ajuera. . . y con una correntada bárbara. 
Allá quedaron los muchachos aprontando el bote 
grande y las canoas. La breva va’ ser dura de pelar. 

— ¿Qué te párese, Florido? 

— La pelaremos, si Dios quiere; pero el bañito 
va’ ser de ordago. Suerte que no hase frío. 

— Vamo haserle una entradita al asau. De morir, 
que sea con la pansa llena — y de un tajo certero y 
rápido cortó un buen trozo. 

Sus compañeros lo imitaron. Comían despacio, en 
silencio, revolcando en la fariña la carne antes de 
llevársela a la boca. Un tajo y una dentellada. Y 
todo hecho con limpieza y agilidad, sin pringarse 
otra cosa que las puntas de los dedos. Concluida la 
pulpa le entraron a las costillas. Una vez peladas las 
arrojaban por encima del hombro. Limpiaron los 
cuchillos en las botas o en el pasto, volvieron a cir- 
cular los mates y se reanudó la charla. 

Algunos cuervos se posaron en los talas y espini- 
llos más cercanos; los chimangos pasaban y volvían 
a pasar ; un carancho trazó sobre el grupo de los tro- 
peros varios majestuosos círculos y fué a posarse en 
la punta del coronilla que por aquella parte domina- 
ba al monte. El sol iba subiendo tramo a tramo la 
escala del día. Saldivia lo miró y dijo: 


25 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Son las nueve. 

Juan consultó su reloj : 

— Clavadas — confirmó. 

Montaron y pusieron en movimiento la tropa ha- 
cia la picada. El patrón les salió al encuentro mon- 
tado en su bayo naranjo. Era un hombre alto, bien 
parecido y apuesto. Llevaba poncho de vicuña, es- 
puelas de plata y grande chambergo. Los ojos un 
tanto hundidos y de mirada fuerte, la nariz aguile- 
ña, los labios finos y la expresión enérgica del ros- 
tro, que encuadraba una barba de ébano, redonda 
y bien cortada, delataban la firmeza del carácter y 
el hábito del mando. Empero, cuando sonreía pare- 
cía brotarle de los ojos y la boca así como efluvios 
de bondad. 

Los capataces se acercaron con el sombrero en la 
mano. 

— Buenos días, cubransé. Y qué tal, ¿viene la 
gente con ganas de echarse al agua? Si entre los 
troperos hay alguno medio chapetón, que gane el 
bote. 

— Todos son güenos nadadores y acostumbraus a 
estos bailes. Aura entre la peonada de la estansia 
que nos acompañaron hasta aquí, no sé. Dejuro ño 
Froilán los ha elegido de la pata. 

— ¿Y vos, no estarás medio pesado para una gau- 
chada de estas? 


(T^s 26 



EL GAUCHO FLORIDO 


— No, patrón. Por mí no va’ quedar. Como las 
canoas arrempujen . . . 

— Oiganmé: Esta hasienda es muy chucara. Va- 
mos a llevarla de un saque desde la barranca hasta la 
picada con los bueyes por delante y abrigada por 
los troperos y los peones que le voy a mandar. Ya 
pueden arrear la caballada al Paso. Muden de flete, 
eligiendo los más veteranos, echen los aperos y las 
ropas en el bote grande y se vuelven aquí desnudos 
y en pelo. 

Dió media vuelta y se alejó. Estribaba largo, los 
pies, paralelos al vientre del caballo, acompañaban, 
como dos péndulos, el ritmo del galope. 

El cuerpo erguido caía a plomo sobre el recado 
de cabezada de plata, como los estribos y el freno. 

— Mire, patrón, que hay mucho tucu tucu — le 
gritó Saldivia. 

— No le hase — respondió él sin volver la cabeza, 
al tiempo que el bayo metía una mano en el suelo 
arenoso y se daba vuelta. 

Don Fausto echó el cuerpo hacia atrás, arrolló 
las piernas y se dejó despedir sin asomo de apuro. 

Saldivia y Florido corrieron hacia él mientras el 
caballo se levantaba resoplando. 

— ¡Linda parada, patrón! — exclamó Saldivia — 
se hiso un ovillo el bayo. Créiba que lo apretaba. 


rxs 27 



CARLOS R E Y L E S 

El patrón, rascándole la frente al caballo, contes- 
tó sonriendo : 

— ¡Qué me había de apretar! ¿Cuándo has visto 
vos que tu patrón se deje >las piernas en las casas? — 
luego montó y volvió a tomar el galope. 

— Sierto no má. Dende que trabajo con él lo vide 
pegar sinfinidá de rodadas y en todas salir corriendo 
con la rienda en la mano. ¡Pucha digo! 

Florido lo contemplaba alejarse en silencio. 

Los dos capataces empezaron a impartir órdenes. 
Luego, con la tropilla por delante, descendieron el 
largo y agrio barrancón que los separaba de la ori- 
lla. Al doblar un recodo el río se tendió ante ellos, 
negro, desbordado y torrentoso, arrastrando ramas, 
troncos viejos e islotes de resacas y camalotes. Pa- 
recía una disforme y lustrosa boa deslizándose entre 
dos montes. 

— ¡Pa’ los pavos que el Negro viene roncando 
juerte! — exclamó Florido — . Los que tengan la 
barriga aujereada que abran los ojos — y las car- 
cajadas retumbaron, ahogando el rezongo del río. 

Ya estaban prontos el bote y las canoas. Los re- 
meros desnudos mostraban las musculaturas resal- 
tantes y lucientes como los postes esquineros de ñan- 
dubay donde se rascan la's reses. Los troperos cum- 
plieron las órdenes del patrón, montaron de salto y 
tornaron a subir la barranca, acompañados de una 


28 



el gaucho florido 


veintena de peones, también en cueros, y del capataz 
de la estancia, un tipo aindiado, retacón, recio de 
espaldas, el rostro cuadrado y como tallado a hacha- 
zos y la mirada hosca. Una vincha punzó le sujetaba 
la lacia y renegrida melena. Era mellado y mostraba 
un diente paletudo y blanco, lobo en la puerta de su 
guarida. Al llegar al recodo de la picada se detuvo 
y barbulló, porque las palabras le salían por la aber- 
tura del labio partido como enredadas y corco- 
veando : 

— Saldi. . .via, aguai. . .tá con la tro. . .pa arro. . .lia- 
da en la pun. . .ta mesma de la barran. . .ca. Cuando 
te haga seña te vení — concluyó chicoteando el dedo 
índice contra el pulgar con un movimiento rápido 
de la mano y el antebrazo, signo que quería decir 
“a todo meter”. 

En la costa el patrón tomaba las últimas disposi- 
ciones. De tiempo en tiempo se detenía, miraba el 
río y arrugaba el ceño. Era temeraria la aventura 
que iba a intentar, pero estaba tranquilo, confiado 
en su pericia y la bravura de su gente. En la orilla 
opuesta se veía un señuelo compuesto de veinte no- 
villos blancos, más abajo otro de overos negros. Es- 
taban allí situados de exprofeso para servirle de guía 
a la tropa. Las torcazas pasaban de una orilla a la 
otra. El sol calentaba de firme y ponía grandes man- 


29 



CARLOS 


R E Y L E S 


chas de luz en las abras y los claros del monte de 
árboles criollos, achaparrados y espinosos. 

Don Fausto se quitó las botas y desnudó. El pardo 
Ramón, su criado de confianza y cocinero, le alcan- 
zó las zapatillas. 

— En aquella alturita te ponés con el niño para 
que vea bien. Es bueno que vaya aprendiendo. Tené 
cuidado no se te vaya a escapar y se tire al agua. Es 
muy capas. 

Y subió al bote, sentándose en la proa. Llevaba los 
calzoncillos arremangados y el cuerpo desnudo bajo 
el poncho de vicuña. La caballada se azotó al agua 
sin trabajo, arreada sólo por Lucero, Juan y Vira- 
qué. El Mellau hizo la señal convenida y la tro- 
pa de mil novillos se desprendió de la altura entre 
el griterío de la peonada. Florido, Mansilla y Zaba- 
na iban meneando picana en el sitio de más peligro, 
entre la tropa y los bueyes. Las pezuñas de las reses 
levantaban nubes de arena, chispitas de diamantes, 
que se les metían a los hombres por ojos, narices y 
boca. Pero no cesaban de gritar y el monte resonaba 
de voces, relinchos, mugidos y algarabía de pájaros, 
que de los árboles se levantaban en bandadas. La ha- 
cienda seguía rodando barranca abajo, con rotundo 
estrépito. Éste se hizo mayor al caer aquélla al agua, 
formando bullentes remolinos, cascadas espumosas y 
líquidas columnas, que se elevaban como ansiosas 


30 <í^i 



el gaucho florido 


de subir al cielo y, a cierta altura, desilusionadas, se 
venían abajo como muertas. Cuando toda la tropa 
perdió pié y empezó a nadar se produjo impresio- 
nante silencio. Florido volvió la cabeza y conside- 
rando el tendal de cornudas testas decapitadas por 
el río: 

— Vamos lindo, aparsero — le gritó a Mansilla. 

— ¡Lindo! — contestó la voz lejana de aquél. 

Y empezó de nuevo el griterío “hopa, hopa, hopa”. 
El río corría de izquierda a derecha. Por este lado, 
para sujetar la hacienda e impedir que se fuese co- 
rriente abajo, bogaban alineadas las canoas y buen 
golpe de jinetes, las riendas flojas, las manos pren- 
didas de las crines. En la culata de la tropa iba el 
bote y más hombres. Avanzaban sesgando para ir a 
salir a la picada donde estaban los bueyes blancos, y 
si no podían a la otra, tres cuadras más lejos. Des- 
pués no había más salida. Los pingos de los trope- 
ros, avezados a pasar arroyos y ríos fuera de cauce, 
nadaban amusgando las orejas y resoplando ruido- 
samente. Pavas del monte, bandurrias, patos, atraídos 
por aquel inusitado movimiento, trazaban en el aire 
vertiginosos garabatos. Las palomas no se detenían, 
pasaban, tornaban a pasar. Un águila se fijó ale- 
teando sobre la tropa y lanzó estridente graznido, un 
tajo en la seda azul del cielo. La tropa seguía avan- 
zando penosamente. Desde la orilla, montado en su 


31 



CARLOS 


R E Y L E S 


petizo, el hijo del patrón contemplaba ansioso el es- 
pectáculo, los ojos muy abiertos, la boquita crispada. 
A fin de hacerlo desistir del empeño furioso de pa- 
sar el río y evitar la consiguiente rabieta, el padre 
lo hizo creer que desde aquel sitio él dirigiría la 
maniobra, haciendo las señas del caso con el pañuelo, 
y lo revoleaba con la misma convicción que el direc- 
tor de orquesta la batuta. De tiempo en tiempo los 
novillos se le convertían en soldados atacando no 
sabía qué, y entonces murmuraba: 

— ¡Adelante, tisa y hacha, meta y ponga! 

— Al llegar a la mitá del río va’ ser la cosa — 
dijo el pardo Laderecha. 

— ¿ Por qué ? 

— La correntada es más juerte, niño. 

El chico lo miró extrañado. 

El mulato parecía ansioso. Faustito irguióse en 
los estribos y le puso la mano en el corazón : 

— Vos lo que tenés es miedo — dijo categórica- 
mente, y luego, volviendo a sus imaginaciones, conti- 
nuó: * — Adelante, métanle no más. 

Los caballos y los bueyes habían llegado a la canal 
del río y luchaban con la correntada, que les ponía 
en los cogotes un collar de espuma. 

— El barsino viene tragando agua por detrás y se 
nos va al fondo — gritó Florido. 

— Ya lo vide, no tiene cura. 


c — 32 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


El buey retrocedía haciendo esfuerzos desespera- 
dos por mantenerse a flote. Sólo se le veía fuera del 
agua la punta del negro hocico y las fauces rojas. 
El último resoplido levantó dos burbujas y se hundió 
hinchado como un odre. 

Parado en la proa el patrón observaba ya la caba- 
llada, ya el ganado que iban atravesando la zona 
más peligrosa del río, ya el trabajo de las canoas, 
ora los bueyes blancos de la otra orilla, ora la culata 
de la tropa, a donde retrocedían los novillos más 
pesados o flojos y que se agrandaba de modo alar- 
mante. Dn. Fausto, haciendo bocina de una carona 
arrollada, les gritó a los remeros: 

— Aguanten, ... — y a los jinetes de la culata • — 
arreen, arreen . . . 

Y los hopa, hopa se multiplicaban, aunque ahoga- 
dos ; parecían salir de los abismos del río. De pronto, 
un árbol, arrancado de cuajo y arrastrado por la co- 
rriente, 6e venía sobre la tropa girando sobre sí. En 
las ramas aullaba un gato montés muy flaco. Des- 
corría los belfos, enseñaba los dientes y volvía a ce- 
rrarlos como una sonrisa, que de pronto se petrifica. 
Haciendo muecas e hinchando el lomo pasó en 
su arca de Noé, partiendo la tropa en dos, volcando 
una canoa y produciendo grande confusión. La par- 
te delantera siguió avanzando tranquilamente, la 
otra perdió el rumbo y empezó a remolinear. 


3 


35 



CARLOS- R E Y L E S 

— Se puso fierasa la cosa — vociferó Florido. — 
Vamos a resbalarnos de los fletes pa’ desenredar el 
ovillo. 

Don Fausto apreció la situación de un golpe de 
vista rápido y perforante. Con la improvisada boci- 
na ordenó: 

— Al agua los de a caballo; hay que hacer mirar 
los novillos a la costa. Agárrenlos de los cuernos y 
la cola y denlos vuelta. 

Y quitándose el poncho rápidamente se arrojó al 
río y empezó a practicar él mismo la faena que ha- 
bía ordenado. A tirones de las astas y las colas y 
cachetazos en las quijadas los ponían en el buen 
rumbo. Era un cuerpo a cuerpo entre tritones y bes- 
tias. Algunos novillos forcejeaban y tiraban peligro- 
sos derrotes. A éstos los troperos los montaban y ma- 
nejaban de las guampas como si fuesen riendas. De 
pronto Florido se vió apretado entre un montón de 
cornúpetos; cuando lo creyeron perdido el rubio se 
dejó ir al fondo y salió más lejos riendo a carcaja- 
das. De la boca abierta le saltaba el agua como el 
chorro del mascarón de una fuente. Zabana y Man- 
silla anduvieron por los aires ; el Mellau, de un hoci- 
cazo quedó sentado en el testuz de un novillo. El 
patrón lo sacó de apuros. Algunos animales empeza- 
ron a puntear, otros los siguieron; el remolino se 
desenroscaba deslizándose sobre el lomo del río al 


34 



el gaucho florido 

modo de la serpiente cuando, arrollada, empieza a 
avanzar. 

— -Vamos a errar la picada, patrón, ¿no cree? • — 
interrogó Saldivia. 

— Saldremos por la picada vieja. Allí tenemos un 
siñuelo y gente. No ves, ya rumbeó la hasienda, aho- 
ra se va sólita. 

— Bien pensau, patrón. La corrimo y la ganamo. 
Pero qué arriesgón. Sólito un novillo se refugó. 

— La Tablada está muy buena; hay que aprove- 
char. 

— Voy a desirles a los muchachos pa’ que se dejen 
dir no má. 

— Ya les hise señas. 

Y se dió vuelta nadando de espaldas para obser- 
var a Faustito, que seguía haciendo signos con el 
pañuelo. 

La mitad de la tropa salió por la primera picada, 
que era el verdadero paso; la otra por la segunda, 
donde estaban los bueyes overos negros y una me- 
dia docena de hombres. Otros más llegaron trayendo 
de tiro los caballos abandonados por los troperos, 
que se habían juntado con el resto de la caballada. 

Cuando el último novillo salió del agua Faustito 
elevó las manoá y aplaudió. El caballito — lo tenía 
muy al piste a fuerza de espuelas — se le escabulló 
de entre las piernas y lo dejó sentado en el suelo. 


35 



CARLOS 


R E Y L E S 


El chico, como si tal cosa, se acomodó el sombrero y 
siguió aplaudiendo. Del otro lado del río ya flamea- 
ban los fogones. 

Don Fausto tornó a subir al bote, se puso el pon- 
cho y le ordenó a Saldivia: 

— Dejá descansar la hasienda y mañana de ma- 
drugada te ponés en marcha con quinientos novillos. 
A Esquivel que salga pasado con el resto. Hasta la 
vuelta. Yo voy a ver si hago otra tropita. 



III 


E N la volanta de cuatro ruedas regresaba el 
patrón a la estancia, examinando de paso los 
rodeos que le tenían parados. Siempre hacía lo mis- 
mo. Cuando de madrugada salía para el Puesto de 
Bustillos les echaba un vistazo a los ganados que le 
quedaban a la izquierda del camino y de retorno a 
los de la derecha. La peonada salía con el cielo estre- 
llado aún para ir arrollando la hacienda. Don Fausto 
bajaba del coche, montaba en el caballo que le traía 
el tape Brítos y daba una vuelta rápida por el rodeo. 

Era muy pulcro. Siempre andaba paquete y lus- 
troso, aunque sin afectación. Las riendas con pasa- 
dores de plata, el freno, los estribos de campana, las 
cabezadas del recado brillaban, pero como sin osten- 
tación ni grosería, porque todas las prendas pare- 
cían reducidas a su menor tamaño. Aquel hombre 
tan tranquilo y paciente no podía soportar la más 


57 



CARLOS 


R E Y L E S 


pequeña mancha en la ropa, ni los caballos con el 
tuce largo, ni la gente desaseada. Cuando veía un 
peón medio rotoso le regalaba diez pesos para que 
se comprase pilchas nuevas. 

El Mellau lo alcanzó y le dijo: 

— ¿No va’ ver 1’ ha. . .sienda del Se. . .rro Cha- 
to ? Pa mí que hay no . . . villos gor . . . dos. 

— Ya te dije que no parasen ese rodeo. Ayer, a 
la pasada, vi que no había hasienda para apartar. 
¿Donde tenés los ojos, Juan Manuel? Mirá esos no- 
villos que bajan a la aguada. ¿Caminan ligero o des- 
pasio? 

— Li . . . gerito no má ; meta tran . . . co lar . . . go. 

— Bueno, si fuese ganado gordo bajaría al agua 
tranqueando corto. Ya sabes para otra vuelta. ¿Y 
Ramón ? 

— Allí viene a media rien ... da, engüel . . to en 
una pol . . vadera ma . . . chasa. 

Después de partir el patrón, el pardo se había dado 
una buena panzada de sandías en la cocina, mientras 
platicaba retozón con las chinas del rancho. Éstas 
le reían las gracias y se dejaban manosear, unas por 
gusto y otras porque el tenorio era todo un perso- 
naje en el mundo de la estancia, gracias al puesto 
que ocupaba junto al patrón. Éste sólo podía comer 
los pucheros y los churrascos que Ramón le hacía. 
Y a pesar de las travesuras malignas, abusos y fan- 


<r^s 38 



EL GAUCHO 


FLORIDO 


tasías del pardo lo quería entrañablemente y no podía 
pasarse sin sus servicios. 

Por la tarde Ramón se bañó, y con el sol decli- 
nando montó en su blanco zarco, y en vez de salir 
a raja cincha para la estancia y aprontar la comida 
antes que llegase el patrón, se puso a dar, entre ca- 
racoleos y sentadas de garrones, voces de mando 
como si hiciera maniobrar un escuadrón frente al 
rancherío. 

— Armas al hombro, errchs ! — y al trotecito pa- 
saba por delante de las líneas de soldados que él 
veía, acariciándose la marcial pera, el jipi japa sobre 
la nuca, el gesto dominador. — Conversión a la de- 
recha, errchs . . . ! 

Las chinas reían mientras la puestera lo exhorta- 
ba a partir. 

— Mirá, pardo loco, que va’ dentrar el sol antes 
que salgas d’ aquí. Y el patrón va’ desir que te en- 
tretenemos. 

Pero él no oía. Mitad en serio mitad en broma, 
sentíase jefe, el que manda derecho viejo y puede 
meterle la lanza hasta la media luna al más pintado. 
— “Cosa soberana”, decíase. Su visión del jefe, se- 
ñor de vidas y haciendas, fué el substráete que le 
quedó de la vida de soldado. Había servido con Ri- 
vera y estaba acribillado de heridas de bala, lanza y 
sable. Eso creía él que le daba derecho a mandar, 


c — 39 



CARLOS 


R E Y L B S 


aunque sólo fuera a ejércitos imaginarios, y a hacer- 
lo con los desplantes y mirar retador de los caudillos 
auténticos. Recordando las palabras históricas de un 
jefe, gritó vibrante de ímpetu bélico: 

— Carabina a la espalda y sable en mano ! 

— ¿Pero no ves, cristiano, que tenés el matungo 
bañau en sudor? Se te va’ plantar por la mitá del 
camino. 

— Muchachos, quitensén los ponchos, que en el 
otro mundo no hase frío. ¡ Carguen ! 

Y partió como una exhalación revoleando el pe- 
sado rebenque de puño de plata y manija de cuero 
de lobo. Las anchísimas bombachas blancas y el pa- 
ñuelo colorado de golilla flameaban al viento. Las 
nazarenas de plata, las copas y las punteras mayús- 
culas del freno, los estribos, las cabezadas relampa- 
gueaban. Llevaba un enorme e historiado puñal 
atravesado sobre la barriga, dos pistolas de cabo de 
marfil a la cintura y facón caronero. Y en aquella 
facha, tirando rebencazos a derecha e izquierda, cual 
si fueran tremendos golpes de sable, pasó por delan- 
te del patrón, sentó el pingo de garrones y revolvién- 
dolo sobre sí siguió viaje. 

— Cuanto más viejo más loco — exclamó riendo 
Dn. Fausto — . Y no vayas a creer, Juan Manuel, 
que es pura chacota. El hombre viene sableando al 


¿ — <9 40 



el gaucho florido 

enemigo. Si te le ponés delante te baja de un sa- 
blaso. 

Ramón entró galopando al cuadro. Era el único 
en la estancia que gozaba de tal privilegio. El peón 
casero, muy solícito, le bajó el apero al caballo, le 
echó un balde de agua sobre el lomo, y después de 
rascárselo a contra pelo con el cuchillo, lo soltó. 
Entre tanto el pardo impartía órdenes entre las chi- 
nas y las mulatas, que lo ayudaban generalmente 
para sacarle pan y bizcochos. 

— Estoy mi apurau. A ver si se mueven. Vos, Mar- 
tina, cuidá el puchero. — Levantó la tapa de la olla 
y añadió: — Ya sabés, bien espumadito, y cuidau no 
se te vaya a quemar el arrós. Vos, Siriaca, a los pos- 
tres: orejones y dulse de leche. Y vos a los platos, 
los cubiertos y el mantel. Pueden . poner la mesa. 
Paso de carga, sacudan las pulpas, no me anden 
arrastrando las chancletas, errchs ! . . . 

Entró a un cuarto y se aseó con mucho esmero y 
mudó de ropas. 

Al anochecer, cuando llegó el patrón, estaba la 
mesa puesta, y el pardo, muy emperegilado y lustro- 
so, tocaba la guitarra y cantaba en medio de la co- 
cina, repantigado en un cómodo sillón de hamaca. 
De cuando en cuando se interrumpía para dar una 
orden. Mientras andaban las mujeres en el tragín 
él les daba libre escape a sus ímpetus bélicos y líri- 


r-vs 41 



CARLOS 


R E Y L E S 


eos. No sabía tocar, ni cantar, pero hacía lo uno y 
lo otro sin lástima de los oídos ajenos. . . A veces 
eran tan destempladas sus “r ilaciones” que las chi- 
nas se tapaban los oídos y gritaban. Entonces las 
obsequiaba con un sermón, adoptando los gestos y 
las actitudes peculiares de los predicadores, o buena- 
mente decía misa a su manera, pero con tan exage- 
rada unción y ademanes tan solemnes que aquéllas 
no sabían si reir o caer de rodillas. Poseía una espe- 
cie de grotesco don imitativo y cierta fantasía de- 
formadora de la realidad. Ésta era y no era a la vez, 
por lo cual resultaba cómica. 

El caserío de la estancia parecía un oasis de la 
vida civilizada en la hurañez de las cuchillas. Los 
principales edificios, de ladrillos revocados y blan- 
queados, formaban un gran cuadro o patio en medio 
del cual veíase un aljibe mayúsculo. A los costados 
del cuadro, menos por el frente y a cosa de cincuen- 
ta metros, se erguían en hilera, humildes y hoscos, 
algunos ranchos y varios galpones, montándole la 
guardia a los heteróclitos edificios. Las poblaciones 
habían ido aumentando a compás de las necesidades, 
como órganos visibles de alguna nueva función, de- 
terminada por el desarrollo económico de la estan- 
cia. Así nació la pulpería y los depósitos de cueros 
y lanas; el galpón de las esquilas, los establos de los 
toros y los cameros finos; luego la carpintería y la 


<r^9 42 



el gaucho florido 

escuela; después la huerta, las arboledas, los gran- 
des bretes para las ovejas y las mangueras de palo 
a pique ; y por último la graseria, una atropellada de 
la industria en la estancia. Con la grasa de los ani- 
males que morían y de los caballos deshechos y las 
yeguas viejas o feas se hacía jabón. 

Cuando Dn. Fausto tomó posesión del campo, ad- 
quirido a la vuelta de sus correrías por el Brasil, en 
aquel lugar sólo había un ranchito abandonado y 
un tala grande. Allí acamparon él y su gente, y allí 
se propuso fundar la estancia. Donde prendió el pri- 
mer fogón construyó más tarde el aljibe. Alrededor 
de él hizo levantar las provisorias viviendas, que 
poco a poco fué sustituyendo por otras de cal y can- 
to. Y al mismo tiempo que formaba la universidad 
rural, donde los gauchos, arrancados a la vagancia 
y al cuatrerismo, aprendían a trabajar y se hacían 
ciudadanos útiles, iba domando el campo bruto y la 
hacienda arisca. Lo primero fué poblarlo de gana- 
dos, que traía de Entre Ríos. La Guerra Grande 
dejó la campaña sin haciendas. Buena parte de ella 
se había hecho cimarrona y vivía a monte. Hubo que 
sacarla, empleando el lazo, el fuego, los perros, y 
amansarla a fuerza de pararle rodeo. En una de 
aquellas faenas le mataron al patrón, a cornadas, en 
un solo día tres caballos. A la vez, por medio de 
cercos de piedra — no se conocían aún los alambra- 


43 <L^¡ 



CARLOS 


R E Y L E S 


dos — cerraba la propiedad y la dividía en grandes 
potreros. Aparecieron las aguadas o tajamares don- 
de, por la división, quedaba el campo sin ellas. Apro- 
vechando los declives del terreno hacía construir 
Dn. Fausto paredones de piedra que embalsaban las 
aguas. Pero había antes que profundizar a pico y 
pala la ahondonada natural y que allanar las orillas 
para hacerle fácil al ganado el bajar a beber. Al 
mismo tiempo quemaba grandes extensiones de cam- 
po con el objeto de destruir el espartillo, los yuyos 
y los pajonales, y plantaba miles y miles de álamos 
y sauces a fin de secar los bañados. Fueron los tra- 
bajos de Hércules y los tiempos homéricos del 
“Tala Grande”. Y todo ello en medio de las guerras, 
revoluciones y revueltas que continuamente con- 
vulsionaban al país. A pesar de las hordas de bárba- 
ros, que destruían en un santiamén lo que había cos- 
tado años construir, el latifundio, de cuya psicología 
y función constructiva el mismísimo Dn. Fausto 
sólo llegaba a tener vagas vislumbres, áe transfor- 
maba de cosa cimarrona en obra civilizada y civili- 
zadora. Surgió una especie de diminuto Estado con 
su capital : la estancia ; sus departamentos, los potre- 
ros ; un gobierno central : el patrón, los mayordomos, 
los capataces, y las jefaturas: los puestos. Esta re- 
publiqueta, por su naturaleza orgánica y viva, esta- 
blecía un orden, un principio de cultura. 


<r>ví) 44 



EL GAUCHO FLORIDO 


En las tardes ardorosas Dn. Fausto solía sentarse 
en el ancho brocal del aljibe y allí se estaba largo 
rato tomando el fresco y leyendo los diarios. A ve- 
ces, contemplando el agua quieta, se le antojaba que 
en el fondo brillaba el fogón primogénito y que toda 
la estancia era como la prolongación de aquel fuego 
legendario. 




IV 


T ODAVIA con el sol alto, los troperos, de vuelta 
de la Tablada, divisaron las poblaciones del 
Tala Grande. El aire del pago les dilataba el fornido 
pecho. 

— Aparecieron las palomitas blancas — exclamó 
Juan de Dios — y los ranchos chatos y sebrunos. 
Con el trote párese que se movieran como peludos 
buscando macachines. 

— Mi compadre Juan no tiene yunta pa’ las com- 
paransas y los retruques. 

— Miren quién habló ... Si a usté, compadre Flo- 
rido, le salen brincando como los riales del sinto. Y 
digamé, ya que es el más letrau y escribido de nos- 
otros, ¿por qué será que a cada viaje dejamo la es- 
tan sia retesando e’ gusto y la golvemos a ver con 
má gusto tuavía? 

— Yo letrau, ¡de ande yerba. . . ! Vaya el diablo 
averiguar. Pero es ansinita mesmo. — Hizo una 


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CARLOS 


R E Y L E S 


pausa, y luego, pegando un cabezazo para echarse el 
sombrero a la nuca, añadió riendo: — Estoy por de- 
sir que salimos alegres pa’ comprar cosas y chinear 
en el Paso del Molino, y damos la güelta contentos 
y alarifes pa’ lusirlas o regalarlas. A ver de no por 
qué venimos tan empilchaus : pura bota y golilla nue- 
va y las maletas preñadasas de pañuelos de seda, 
dedales de plata y sintas de color. 

— Y vos, Juan, con dos reló — exclamó Zabana 
— ¡ah tigre! 

— Cómo se va' poner aquella que te dije cuando 
pelés el d’ oro, ¡ pucha digo ! — agregó Saldivia rien- 
do más fuerte. — Ya la veo dando güeltas alrededor 
de vos con el marlo alsau. 

— Y mi compadre, — concluyó Florido — ¡óigale 
esa maula!, más serio que un moniato dejándola dir- 
se en sangre. 

Avanzaban al trotecito con la tropilla por delante. 
Al estallar las estruendosas carcajadas los manca- 
rrones tomaron un rebotante trote largo. Entre las 
risas, las exclamaciones y las chuscadas, a las que 
respondía el negro con otras, porque como decía su 
compadre, “Era como tiro e’ pistola pa’ retrucar”, 
ordenó Saldivia: 

— Vamos a prenderle galope hasta llegar. Ustedes 
tienen mucho regalito que repartir y yo que entre- 
garle al patrón las cuentas. Siguro que el chinerío 


48 



el gaucho florido 


nos ha visto, y Juan tiene que pelar el reló antes que 
dentre el sol. De no, le falla el tiro. 

Tornaron a sonar las carcajadas. Por el camino 
real redoblaban tambores los cascos de la tropilla. 
A los troperos les parecía que el caserío en masa les 
salía al encuentro. A cada instante lo veían más dis- 
tinto. Los árboles, los edificios iban destacándose del 
informe montón y proyectando siluetas sobre el ho- 
rizonte, marcado por la lividez de la muerte. El sol, 
por detrás de los gauchos, se apeaba del cielo y po- 
nía en las poblaciones tenues rosas y desmayados 
oros, pinceladas de estampas japonesas. Graves y si- 
lenciosos avanzaban los troperos, con el gacho sobre 
la nuca para ver y respirar mejor, los ojos alucina- 
dos, los labios prietos y, como velándoles el rostro, 
la máscara nublada y tristona del crepúsculo. 

Después de un silencio largo dijo Saldivia : 

— Han empesau las esquilas. Allá va, con su ma- 
jada peladita, el manco Bernabé. Y má lejos, arrian- 
do el depósito de los capones, ño Serapio. ¡Pucha 
que están gordas! Aura sueltan las finas, qué lin- 
dura ... El camero padre costó tresientos pesos. 
¿ Le han parau rodeo alguna ves a tresientos pesos ? 
Yo sí, pero eran ajenos. El patrón, que es güenaso, 
me dise siempre, “Juntá, Saldivia, juntá”, pero qué 
voy a juntar. Las chinas y los naipes me dejan el 
sinto vasido güelta a güelta. Él no juega, ni pita, ni 


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CARLOS 


R E Y L E S 


matea, ni tiene parejeros. Nunca lo vide de manos 
crusadas. ¡ Cristiano bárbaro pa’ el trabajo y pa’ gas- 
tar serros de esterlinas en toros, cameros, garaño- 
nes pa’ las manadas burreras, alambraus, sercos, cal- 
sadas, ¿qué se yo?. . . Viene una rigolusión y le mis- 
tura la hasienda, le voltea los alambraus, le carnea 
las vacas finas, y él güelta a empesar sin echar un 
taco siquiera. Es como el ombú, no lo desacomoda 
ningún ventarrón. Eso es un hombre, nosotros po- 
bres gauchos no má ¡ pucha digo ! Y a gatas, porque 
a gauchos mesmo nos tira lejos. Naides lo vido ro- 
dar sin salir parau, ni errar un tiro de laso, ni un 
tiro de bolas, y eso que aura enlasa o bolea sólo pa 
mostrarnos cómo se hase. Yo maliseo que es pa’ dis- 
puntar el visio. Y nos deja de jeta colgando. Y 
pa’ mandar, nunca una palabra más alta que otra, 
serenito no má. ¿Diganmén si alguno lo vido eno- 
jau? Lo mesmo en las ocasiones que toca arriesgar 
el cuero, tranquilo viejo. Yo lu he visto en cada 
una ... Y la mano siempre abierta pa’ 1 nesesitau. 
Criollo lindo, ¡pucha digo! 

Los otros asentían: 

• — Ya te creo. 

— Es verdá. 

— Ansinita mesmo. 

Cerca de las casas pusieron los caballos al trote- 
cito. Las ovejas salían de los bretes brincando, un 


50 



EL GAUCHO FLORIDO 


grupo de peones, de vuelta del campo, desensillaba y 
soltaba los matungos sudorosos. Algunos se revol- 
caban y sacudían el polvo al levantarse, mezclando 
sus clarines al balido de las ovejas que se alejaban 
y al blando mugir de las lecheras frente al corral 
del tambo, donde quedaban durante la noche ence- 
rrados los terneros. Suspendidas como lámparas en 
el aire graznaban las lechuzas. El horizonte parecía 
manchado de puntos blancos, eran las majadas que 
volvían a los puestos o venían de ellos para la esqui- 
la. Oíanse carcajadas, dichos alegres, tacos y re- 
truques. De pronto se levantó el ladrerío de la pe- 
rrada al que pronto hicieron coro las exclamaciones 
de las chinas. Los troperos avanzaban marcialmente 
por la ancha calle, formada por los edificios princi- 
pales y el rancherío. Iba desde los bretes y las man- 
gueras hasta la ramada y los corrales, que se le- 
vantaban en el extremo opuesto. Saldivia y Florido 
apoyaban de punta el arreador sobre el recado cual 
si fuese un cetro. Los peones, detrás de aquéllos y 
en hilera, abrían las piernas y hacían escarcear los 
pingos. 

— ¿Cómo les ha ido? 

— Lindo no má. . . 

— A ver qué nos train. 

— Dejen que les bajemos las maletas a los man- 
carrones. 


c — S) 51 



CARLOS 


R E Y L E S 


El mujerío no los dejó llegar a la ramada y tu- 
vieron que apearse en la calle. Una negra grandota, 
pulpuda y de mota apretada, acercóse a Florido y le 
preguntó : 

— Desí, rubio, ¿me trajiste mi enearguito? 

— Aquí está, ña Pancha; las traigo en el bolsico 
porque es cosa delicada, — y destapando una cajita 
le enseñó un par de carabanas de historiada plata y 
adornos de coral. 

La negra las cazó al vuelo con las dos manos y 
luego las mostró muy orgullosa en los grupos que se 
habían formado alrededor de cada tropero. Juan de 
Dios miraba la hora a cada instante en su reloj de 
oro, y llovían las exclamaciones, las risas, los gritos 
y los manotazos. 

— Con esa prienda, Juan, ¿qué china te va re- 
sestir ? 

— Eso mesmo digo yo. Y dispués este collar pa’ la 
que me pone el corasón como garganta ’e sapo. ¿Y 
ande está? Si quiere haserse derrogar se lo encajo a 
otra. 

— Jué a empaquetarse y ai viene sacudiendo las 
sarasas. ¡ Mulatita comadre ! Párese que va disiendo : 
“Uso cola larga pa’ que alguna me la pise”. Y quién 
se la va’ pisar, si es como víbora pa’ 1 picotón. 
¿Pero ’tás seguro, Juan, que ’l collarsito es de plata 
’e ley como mis carabanas? Mirále la marquita no 


C — *v£) 52 



el gaucho florido 


má ; el tuyo no tiene. Pa’ mí que es sólo compo. . .ne- 
te y vamo al baile. Si tu prienda desconfea te va’ 
poner overo. 

El negro, cariacontecido, daba vuelta el collar en- 
tre los dedos. 

— Yo lo pagué como güeno ; si es falso voy a que- 
dar como mate lavau, — pero de súbito sus ojos re- 
lampaguearon. — Aquí está la marca, plata ’e ley 
tuita la vida. 

Pancha le preguntó a Florido, que había desensi- 
llado y entraba el apero a su pieza: 

— ¿Y el cachimbo pa’ Gregorio? Lu está esperan- 
do como agua del sielo. Allá está en la cosina de 
pata estirada, cortando guascas. Tiene un pie sacau 
de una rodada. Estuvo cuatro días en cama y ¿que- 
drás creer vos? El patrón venía a verlo un ratito 
todas las tardes. Vení pa’ la cosina, te voy a sebar 
un amargo. 

La cocina, espaciosa, era una de las once que había 
en la estancia para la peonada. Allí se reunían los 
troperos y los antiguos servidores del patrón: el 
negro Gregorio Abrojo, el pardo Barranca y Sal- 
divia, que según decía Pancha, “Había sido ruano 
en su juventú y gateau aura”. La negra sabía hacer- 
se respetar y los manejaba a todos como si aquellos 
taitas fuesen gurises. Era muy limpia y le gustaba 
que le alabasen los pucheros, asados y guisos que 


53 



CARLOS 


R E Y L E S 


hacía. Ella misma iba a elegir la carne a la carnice- 
ría y las papas y los zapallos a la huerta, sin que el 
peón casero, a quien llamaban el “Entecau” por su 
pobre físico, ni Genaro el quintero, un italiano que 
andaba rezongando siempre, le hicieran la más pe- 
.queña observación. Al contrario, era ella quien los 
hacía andar en una pata. Si algún tropero caía en- 
fermo, Pancha lo cuidaba. En los días de amasijo 
lo ayudaba el pardo Ramón y traía para su gente 
algunos panes criollos, tortas y bizcochos. Sabía ha- 
cer buñuelos y empanadas. Y en las esquilas y las 
hierras los vendía por docenas. El patrón le tenía 
mucho afecto, y por ayudarla no permitía que otras 
los vendieran, pero Pancha hacía que, las más nece- 
sitadas, la ayudasen y repartía las ganancias. Todos 
la querían y respetaban, hasta el pardo Ramón. Un 
día quiso propasarse y toquetearla, y la negra le co- 
loreó las motas con el rodillo de amasar y le dió tan- 
to palo en los brazos y las muñecas que el pardo, 
aunque lo intentó, no pudo quitarle el arma. 

Junto a la ventana, Abrojo cortaba tientos. Era 
un gigante, el pie medía medio metro. 

— Güeñas tardes, ño Gregorio, ¿cómo le va dien- 
do? Lo apretó el caballo, ¿no? 

— Güeñas, si Dios quiere. Estoy pesau pa’ salir 
corriendo como en mis giienos tiempos. No te rías. 
Preguntóle a Saldivia; él vió mi última rodada y 


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el gaucho florido 


hasta aura está asombrau. Se me clavó el matungo 
y chicoteó con el anca en el suelo. Salí corriendo, 
casé el laso y de un seco puse patas pa’ arriba al 
novillo gordaso que traiba enlasau. Cuando se paró 
ya estaba yo montau y tironeándolo pa’ que no se jue- 
-se sobre el patrón. ¡Ay juna, qué tiempo! Aura sólo 
sirvo pa’ hachar leña. Los matungos se me dueblan 
bajo el peso. Y a vos, rubio, ¿cómo te ha ido? ¿A 
que te olvidaste del cachimbo? 

— Qué m’ había de olvidar. Aquí lo tiene, es de 
sereso y con tapita. Saquelé lo desparejo. 

El negro lo contempló extasiado. 

— No tiene desperdisio; lindo por donde se mire. 
Mañana me voy a la quinta con él enarbolau pa’ jo- 
robarlo al gringo Genaro. Ta muy entonau con su 
pito viejo. 

Florido se sentó en un banquito de ceibo. Pancha 
le ofreció el mate hirviente y se sentó también. En 
una olla grande barbotaba el puchero. Los habituales 
de la cocina fueron entrando y formando rueda. El 
último, Barranca Abajo, — así lo llamaban porque 
bebía y además andaba siempre empeñado — de an- 
cho que era no cabía por la puerta. 

— ¿Y mañana la ganamo o la perdemo? 

— El overo de Manduca de juro va’ salir. Lo vide 
correr dos veses y es ligeraso. Pero no le va’ sacar 
ni el pescueso a mi gateau. Y ande entren a funsio- 


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CARLOS 


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nar los rebenques, mano a la plata — contestó Ba- 
rranca, accionando muy a lo vivo. Al concluir soltó 
una carcajada que tenía algo del rugido del león, del 
mugido del toro y del estampido del trueno. 

Pancha se levantó y cerró la ventana. 

— ¡Cristiano bárbaro! ¿no ves que está el patrón 
de lus prendida? 

— Entornes ¿es una fija? 

Barranca se puso grave y sentenció: 

— En carreras no hay fijas. Yo creo, eso sí, y de 
ai no me saca naides, que debemos ganar. Hoy le 
dimos con Bailique el último apronte al gateau y 
está como lus. 

• — ¿Quién corre el overo? 

— Benjasmín. 

— ¡Que le sebe! Es como lus pa la pata. 

— ¡Pero corremos con andarivel. 

— ¿Y el sentensiador ? 

— Ño Justo, ese criollo mentau que sentensea en 
tuitas las carreras del pago. 

— Es un hombre de respeta — aseveró Mansilla. — 
Lo conosco hase años. Nunca lo vide hablar ni rir. 
Degüelve los güenos días con la cabesa no má y 
pa’ sentensiar le pone el rebenque al ganador en el 
cogote y ya está. No al cuete la llaman el Callau. 

— Al que le tengo reselo es al comisario. Es en- 
tonau y gritón. A dos por tres pela la lata. Pero el 


56 



el gaucho florido 


Callau no es (Tardar con el poncho. Y dispués 
¿pa’ qué estamos nosotros? Lo qu’ es a mí no me 
carcha. Soy clarito pa’l juego. Si pierdo, abajo la 
cabesa; pero si mi taba echa suerte, ni el Mandinga 
niesmo me roba la parada. Ande quiera hago la pata 
ancha y peleo — y tornó a soltar su rotunda carca- 
jada. 

Después, haciéndose el chiquito y muy serio, aña- 
dió: 

— Ansina me enseñó mamita. 

— Perro que mucho ladra. . . — exclamó Abrojo, 
para buscarle la lengua. 

Eran buenos compañeros desde muchachos y se 
querían, pero lo ocultaban como avergonzados de 
aquel afecto. Para disimularlo andaban siempre ti- 
rándose chinitas. 

— Yo ladro y muerdo. Vos lo sabes. Cuando los 
dos, Laderecha y el negro Caruqueque sujetábamos 
en algún paso a una partida pa’ darle tiempo al pa- 
trón que se hisiera humo con las onsas y los pataco- 
nes, nunca me sacastes ni el hosico en el entrevero. 

— Pero no desís qu’ a veses te saqué a cuestas, y 
eso que pesabas lo mesmito que un güey. 

— Eso tamién es verdá, yo . . . 

— De j áte de balaquear, pardo viejo, o te dejo 
sin choclo — interrumpió Pancha « — tá sonando la 
campana, vayan asercándose al fogón. 


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CARLOS 


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Y empezó a repartir los platos de lata y las cu- 
charas. Luego cada uno se acercaba a ella con su 
plato correspondiente, y con él rebosando de sucu- 
lenta sopa tornaba a su asiento. Faltaban Saldivia, 
Juan y Lucero. 

— Los muchachos se han quedau pastoreando el 
parejero. Tá suelto en el potrerito ’e las lecheras. 
Aurita no má voy a relevarlos pa’ que vengan a co- 
mer. Soy sorro viejo pa’ arriesgar que me roben y 
cansen el matunguito. A Saldivia, seguro lo tiene el 
patrón curtiéndolo a preguntas. En eso no cambea. 

Pancha volvió a abrir una rehendija de la venta- 
na, vichó y dijo: 

— El patrón ya está sentau a la mesa con el comi- 
sario y la comitiva que trai, puro pueblero de pan- 
talón ajustau. Tá tamién el mayordomo, ño Froi- 
lán, muy aseadito y estirau, tomando la sopa de 
fideos con cuchara y tenedor pa’ rempujar. Había 
sido finaso el hombre. 

Uno a uno fueron asomándose a la ventana. Y 
reían como si les hicieran cosquillas, pero sin saber 
a punto fijo de qué. Barranca pegó un resoplido ba- 
gual, como siempre que acababa de comer, y salió pro- 
visto de caldera, yerba y mate. No era tan grandote 
y musculoso como Abrojo, pero más ancho, pechu- 
do y cabezón. Caminaba balanceándose como si fue- 
ra en una hamaca. Absorbió una gran bocanada de; 


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el gaucho florido 


aire tibio y con olor a campo y miró el cielo acri- 
billado de pocitos de luz. Algunos grupos de peones 
diseminados aquí y allá y de mujeres en las puertas 
de los ranchos tomaban el fresco yerbeando. De vez 
en cuando oíase el graznido de la lechuza, y más ra- 
ramente, y como traído por un invisible hilo eléctri- 
co, venía desde muy lejos el grito avizor del chajá. 
La luna no había salido todavía. Juan y Lucero ha- 
blaban despacito sentados junto a la portera. Habían 
hecho cama con los aperos y encendido un fueguito 
que parecía extinguirse y se mantenía siempre en el 
mismo ser. 

— Vayan a comer ligerito; Pancha no está de güe- 
ña güelta. ¿Y el gateau ’tá durmiendo? 

— Allí lo tiene echau, meneando las orejitas. 

— Aura le mando el barsino. En cuanto se acueste 
al lau de’i dentra el gateau a dormir. Vaya barsino. .. 

El perro salió al trote y se echó cerca del parejero*. 
Éste fué bajando la cabeza e inclinando el pescuezo 
hasta quedar tendido cuan largo era. Barranca, solo, 
sentóse con las piernas cruzadas adelante y empezó 
a disponer los enseres para matear hasta que le en- 
trase el sueño. Todas las energías espirituales de que 
era capaz las tenía concentradas en la forma de co- 
rrer al gateau el día siguiente. Generalmente no pen- 
saba sino en lo que estaba haciendo. Y si no hacía 
nada no pensaba en nada. Sólo recordaba muy rara 


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CARLOS 


R E Y L E S 


vez que él era el único peón de la estancia de cierta 
edad que no tenía mujer propia ni estaba amigan 
con ninguna china. Jamás quiso ni sintió la necesi- 
dad de atarse a cualquiera de las mozas que le ha- 
bían gustado en su juventud, ni menos después. 

— Una cuarta ’e caña da má satifasiones que la 
mejor china. El casorio pa’ los gringos, y los gurises 
pa’ el maestro de escuela. Pa’ mí los naipes, la caña 
y los parejeros. Eso es vida, — solía proclamar cuan- 
do discutían con Gregorio y Pancha sobre la conve- 
niencia, para los gauchos vejancones, de tener quien 
les lavase la ropa y los asistiera en las enfermeda- 
des. — A la hora d’ estirar la pata no ha de faltar 
quien me sierre los ojos. Y dispués yo no voy a 
gambetear pa’ dirme al otro mundo. Disen qu’ es 
más lindo. Con tal que haya parejeros, caña y lo 
de má. . . 

Pancha lo ponía de hereje y desalmado que no 
había por donde agarrarlo, pero él le jugaba risa. 

— Hereje no. Estoy bien con Tata Dios. No he 
robau, no he matau, sino en güeña ley y pa’ defender 
el cuero, ¿y de ai ? . . . 

Con los ojos clavados en el fogoncito decíase en 
aquellos instantes : “Con una prienda como la de 
Gregorio quisá me hubiera acomodau. . . Güeña, 
guapa, lindasa. Cuando teniba veinte años daba ca- 
lor, y aura mesmo. Negro suertudo. . . Pero mejor 


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el gaucho florido 


es ansina, el gaucho solo se rebusca siempre. Y ¿ qué 
le vi’ a desir a Bailique pa’ bolearlo a Benjasmín en 
la largada? Esa es la cosa. Pensala bien, Barranca. 

Sacó de debajo del poncho un frasco chato lleno 
de caña y le pegó un par de besos largos. Después 
de dar vuelta la yerba, añadió: “Dejá, Bailique, que 
en las primeras partidas se de flore el overo. Haséle 
crer a Benjasmín que te va’ sacar lus. Mostrate mal 
humorau. Dispués martillas el gateau, ya sabés la 
seña, y en cuanto te grite “vamo”, ya corriendo, lo 
tapas. Esa es la cosa”. 

En las casas las luces iban apagándose una a una. 
No se sentía ningún ruido. Todos sabían que el cré- 
dito de la estancia dormía allí cerca y respetaban su 
sueño. Los que no habían contribuido a la parada, 
cien esterlinas reunidas entre los capataces y los tro- 
peros, proyectaban ponerle a las patas del gateau los 
patacones que tenían. Hasta las mujeres se propo- 
nían jugar. Barranca sentíase orgulloso de la con- 
fianza depositada en el pingo y el cuidador. “Y no 
al cuete me eren, porque les he puesto el gateau, que 
era denantes un matunguito de correr por tortas, en 
un estau que naides lo gana en su tiro. Van siete 
que llevo ganadas; mañana será la ocho, si Dios 
quiere. Y ha de querer no má, porque el viejo es 
buenaso. Con tal que Bailique comprienda. Esa es 
la cosa, la largada.” 


61 



CARLOS 


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Y siguió tomando mate sin levantar los ojos, en 
la actitud petrificada del gaucho solitario. El fogon- 
cito seguía igual. Se oyó un grito apagado de tero. 
Barranca levantó la cabezota. — “Le desconfeo a 
Manduca. A tramposo naide lo gana, y aura que 
tiene al comisario de yerno. . . pero a mí no me 
agarra durmiendo.” 

El potrerito de las lecheras y las tropillas era de 
cerco de piedra. Pegado a él y agachado echó a an- 
dar. Al cabo de media hora se detuvo y tendió de 
barriga en el pasto porque resollaba ruidosamente. 
Luego caminó otro poquitito y volvió a tenderse. A 
veinte metros de él empezó a vislumbrar algo insó- 
lito. Clavó las leznas de la mirada en la obscuridad 
y arrastrándose sigilosamente fué acercándose: dos 
hombres dormían boca abajo paralelamente al cerco 
y en sentido contrario, cabeza con cabeza reposando 
en los brazos cruzados. Barranca seguía avanzando 
ahora con la daga entre los dientes. “Angelitos”, pen- 
só cuando estuvo próximo, e incorporándose y sal- 
tando sobre los hombres le puso a uno el tremendo 
pie en el cuello y al otro la punta de la daga en las 
espaldas. 

— ¡Quietitos, hijos de perra!. . . o les empieso a 
meniar punta y hacha. 

En un periquete los despojó de los anchos cuchi- 


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el gaucho florido 


líos, que ambos llevaban atravesados en el cinto, y 
los tiró para el otro lado del cerco. 

— Y se venían de maneador y freno pa’robarme y 
cansarme el gateau. Si no juera por el parejero, que 
’tá durmiendo, les daba una soba de maneador 
doblau. 

— M’augo — exclamó con voz extrangulada el que 
gemía bajo el pie de Barranca. 

Éste agarró al otro por la pelambrera y de un ti- 
rón lo puso sobre su compañero. 

— Quietito no má o los ensarto a los dos ; a ver vo, 
crusá las mano sobre la espalda. Ansinita mesmo; 

¡ pucha que sos bien mandau ! 

Hizo lo mismo con el otro ; después los ató pierna 
con pierna y ayudándolos a levantarse les ordenó : 

— Aura marchen al tranquito y de güen modo, 
de no . . . — y les hizo correr la punta de la daga a lo 
largo del espinazo. 

En el fogón ya estaban Lucero y Juan yerbeando. 

— Malisié — dijo Juan al ver a Barranca — que 
andaba rondando, y vea con lo que se ha venido. Los 
agarró lindo. 

— Durmiendo . . . ¡ cristianos golpeaus ! Miren qué 
par de patas pa’ un banco tan pesau como yo. A ver, 
acuestensén. Al que se mueva lo chusean sin lásti- 
ma. Yo voy a dormir un rato. Quiero darle tempra- 


cT'Nví) 63 



CARLOS 


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nito una media rasión al gateau. Uno por lo menos 
tiene que quedar ’e guardia. 

Juan parecía tristón; notándolo le preguntó Lu- 
cero : 

— Y. . . ¿viste a tu prienda? ¿Te agradesió, como 
Dios manda, el collar? 

— Se lo puso muy contenta y me envitó a tomar 
mate dispués de comer. Pero en cuanto pasó Florido 
empesó a chacotear con él y medio a echársele ensi- 
ma, y yo quedé de costau con reló y todo. Él no le 
llevaba el apunte y buscaba haserme lau, pero ella 
todo era querer hablarle de unas ricomendasiones de 
Mangacha. Y a mí me dejaba misturau con la vieja 
y las hermanas. Si yo juera rubio. . . Es triste ser 
negro, hermano. Vos tuavía sos medio claróte, pero 
yo . . . Y los negros en todas las pencas de la suerte 
comemos cola. 

— Yo que vos le hablaba a Florido. 

— ¿Y pa’ qué? 

— Pa’ aconsejarte. El rubio es derecho, sabe en- 
gatusar a las chinas y te va’ desir cómo debés hablar- 
le a Micaela. Dispués, no creas que a vos solo te 
pasa eso. 

— ¿Vos tamién. . . ? 

— Dejuro ... De nantes me gustaba Micaela. Sé 
me atravesó Mansilla, y adiós mi plata. Dispués Sa- 
bana, y adiós Lusero. Primero tuve ganitas de pe- 


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el gaucho florido 


learlos a los dos, pero ellos no teniban la culpa. Vos 
sabés que ella es de naides y de todo el mundo. Pen- 
sé enseguida en coserla a puñaladas. Pero ña Pan- 
cha me dijo : 

— Mirá, Lusero, no seas loco. ¿Qué obligasión 
tiene de quererte esa mulatita? No es tu mujer, no 
estás amigau con ella. ¿ Entonses ? Enderesá pa’ otra 
y se acabó. Y me la poblé a una hermana, la mayor, 
pero no quedé curau. 

— Yo no puedo haser ni eso; la quiero, hermanito, 
i pucha que la quiero ! A esta gusanera que yo tengo 
ninguna güelta de pisada la cura. Párese que me 
hubiera ligau. 

Lucero lo miró y guardó silencio. 

A eso de las tres cayeron al fogón Saldívia y 
Mansilla, y un poco más tarde Florido, Zabana y 
Bailique. Sólo velaba Juan de Dios. Éste les mostró 
los prisioneros y fué a echarse en su recado, donde 
se hizo un ovillo. Hacía fresco. Una media luna, 
como de lanza nueva, iluminaba tenuemente el pai- 
saje dormido. Los troperos le ofrecieron al corredor 
el primer amargo. Habíase convertido en el hombre 
del día. Se daba cuenta de su importancia. Era peque- 
ño y arrententinado. Los ojitos, agazapados en el 
fondo de las órbitas, brillaban como los de la lechuza 
en el fondo de la cueva. Cuando reía se le arrugaba 
todo el rostro. 





CARLOS 


R E Y L E S 


— ¿Y qué tal anduvo en el apronte el gateau? ¿Se 
la damos con queso al overo? 

— ¡ Quién sabe !, los dos tienen cuatro patas — y de- 
volviendo el mate, agregó: — El gateau está muy 
ligero, pero el otro no es manco. 

— En consensia, a usté ¿cuál le gusta? 

— A mí siempre me gusta ... el que corro. 

— Entonses, ¿le meto? 

— Puede meterle ... pa’ ganar o pa’ perder — y les 
hizo una seña indicándoles los prisioneros. 

Cambiaron de conversación. Aclaraba cuando se 
levantó Barranca. Sin decir palabra dirigióse a los 
hombres que tenía atados y los puso en libertad. 

— Vayansén ligerito no má. Si no son medio abom- 
baos del todo diganlé a sus patrones, pa* que no des- 
confíen lu que ha pasau y los despidan por sonsos, 
que han dejau a mi flete de cama, y a escondidas le 
juegan algunos ríales — agregó en voz baja. 

Luego entró al potrero y dió un silbido. Caballo 
y perro acudieron al galope. En una carona le puso 
al parejero la media ración de maíz mezclado con 
alfalfa seca picada, a fin de que comiese despacio. 
Todos se levantaron para examinarlo. 

— ¡ Pucha qu ’está lindo ! 

— El apronte de ayer lo ha dejau má levantau ’e 
barriga — observó Bailique — . No quería volcar el 
sinto delante ’e los forasteros. Aura les confieso 


66 



EL GAUCHO FLORIDO 


que si el overo no sale fásil me gusta de muerte el 
gateau. 

— Como vos no lo dejes salir no sale — gruñó 
Barranca. 

— Dejarlo. . . parau si puedo. Tengo una cuenti- 
ta atrasada que arreglar con Benjasmín. Y se m’ ha- 
se qui hoy va’ ser la cosa. 

— Mañereó pa’ soltar, hasete el enojau, no armés 
al gateau hasta la última partida. Y dispués que esté 
bien confiau, sobre el invite, se lo largás. 




V 


M IENTRAS Barranca lo limpiaba, mucha gente 
de la estancia vino a ver al parejero. Hasta el 
chinerío hacía comentarios y les daba dinero a los 
hombres para que lo jugasen. Un grupo de jovenci- 
tas, desde la ruana hasta la morocha color de nuez, 
llegó con una manta que habían hecho y bordado 
ellas mismas y se la entregaron al cuidador. 

— Aura le pongo la vieja, porque siguro va’ echar- 
se enseguidita que lo meta debajo de la ramada. 
Esta presiosura va’ ser pa’ dentrar a la cancha. ¡ Ah, 
mi matunguito, quién te vido y quién te ve ! 

Los troperos se acercaron a las mozas, y quitán- 
dose el gacho les tendieron la mano, que ellas apenas 
rozaron en la punta de los dedos, la mirada puesta 
en tierra. 

— ¿Cuál le gusta más, Florido; el overo o el ga- 
teau ? — preguntó la más agraciada y por eso la más 
atrevida de ellas. 


69 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Primero me gusta usté y dispués el gateau. 

— ¿Me va’ comparar con los parejeros? ¿Eso es 
lo que me trajo del Paso del Molino? 

— Su china y su caballo, son las dos cosas que má 
quiere el gaucho. 

— ¿ Y quien li’ asegurau que yo soy su china ? De- 
juro no jué el cura. 

— Un duende, mi tesoro, qu’ en las noches negra- 
sas me sale al encuentro y me dise: “Mangadla es 
pa’ vos y vos pa’ Mangadla”. 

— ¡ Había sido embusteraso ! 

— Me caiga muerto. . . 

— Güeno, vamos a cambiar de caballo. ¿Me trajo 
lo que le encargué? 

— Aquí está — contestó Florido desatándose del 
pescuezo un pañuelo celeste de grande tamaño — . 
Aura, mi prienda, se lo voy a poner como lo usan 
las puebleras. 

Las otras muchachas miraban llenas de asombro el 
atrevimiento del rubio y la desusada tolerancia de la 
morocha. Micaela, conversando con Mansilla, los 
examinaba de reojo. Juan de Dios, mohíno, daba 
vueltas de un lado para otro sin atreverse a interrum- 
pir aquel diálogo. 

— ¡ Pucha digo, le queda que ni pintau ! — gritó 
Saldivia desde el fogón. 

— ¿Y cuánto cuesta? Yo no queriba una prienda 
tan lujosa. 


70 



el gaucho florido 

— Nadita, es un ricuerdo; no me despresé, porque 
me voy a resentir. 

— Por ser de su mano lo aseto — respondió Man- 
cadla toda ruborosa. 

O 

— Compadre, venga a sacarme del pantano. Has- 
ta cosquillas me hasen y no le puedo meter el laso a 
nenguna. Vos las ponés mansitas y a mí se me apo- 
tran todas. 

Mangadla y Florido entraron en el grupo. Luce- 
ro tenía en la mano un pañuelo de colores vistosos, 
pero ninguna de las mozas quería dejárselo poner. 

— Aquí tiene una que a usté le gusta ... y ella 
gusta de usté. De j áte poner el pañuelo, Pepa, — aña- 
dió hablándole al oído — . ¿No ves qui anda loquito 
por vos y es uno de los mosos más agrasiaus de la 
estansia ? 

Lucero le puso el pañuelo; las manos le tembla- 
ban. “Cristiano disgrasiau”, — decíase — . “Si tuvie- 
ra el cuajo y la labia del rubio cualquier día se me 
iban a dir de arriba”. 

Micaela, hablando y riendo en voz alta para llamar 
la atención, se fué acercando a Florido y Mangacha, 
seguida esta vez de Mansilla, Zabana y Juan. El ru- 
bio, como de costumbre, tenía una flor entre los 
dientes. 

— Se vino la tormenta — anunció la morocha ma- 
liciosamente. 


c — -5 71 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Le voy’ atajar el pasmo con tiempo. Deme un 
alfiler. 

— ¿ A que no me da ese clavel ? — le gritó Micaela 
riendo con toda la boca de dientes iguales y blanquí- 
simos, una boca hecha para morder voluptuosamente, 
como un fruto, la carne viva. 

— Mire — contestó Florido mostrándole el alfiler 
en una mano y la flor en la otra — acaba de pedír- 
melo esta mosa y se lo voy a prender. 

— Otra ves tendré más suerte. 

— De juro. . . 

. .dispués que se canse de las gurisas vaya a 
mi rancho. La vieja ha hecho un biscochuelo de mi 
flor. Pa’ ya vamos todos. La vamo a correr. 

— Adiós, vieja — gritóle Mangacha. 

— No te digo que vengás, Márgara, porque a tu 
vieja no le gustan mis riuniones. 

— Luego nos veremos. 

— Eso es. 

Se puso las manos en las caderas ciñéndose las ro- 
pas al cuerpo, fino y elástico como el del jaguareté, y 
tomó el camino de su rancho. Debajo de la blusa los 
pechos le saltaban firmes y erectos al modo de dos 
grandes higos chumbos. Caminaba cimbreándose, 
mirándose los zapatos y sacudiendo la espesa mele- 
na de tiempo en tiempo. 

— ¿Va’ dir? — le preguntó Mangacha a Florido, 


72 



el gaucho florido 


enganchando sus ojos de terciopelo en los azules del 
paisano. 

— Usté, ¿qué prefiere? 

— Si no fuera tan burlón le desía una cosa. Pero 
no, usté dispués va’ sali# po ai dándose corte. 

— Le juro. . . 

— No jure, qu’ es pecau. Güeno, me gustaría que 
no juese. 

Pancha clavó cerca del fogón los asadores donde 
venían doraditos y jugosos dos corderos. Después 
miró a las mocitas que parecían escandalizadas, mi- 
ró alejarse a Micaela y dijo: 

— A esta mulatita revoltosa y engreída en cuanto 
me saque otra güelta la lengua le voy a trillar la 
parva. 

Micaela, como si la hubiese oído, se volvió y le 
tiró un beso. 

— Andá no má — le gritó amenazándola con la 
mano — búscale sinco pies al gato y verás. Locasa 
la parda y engatusadora como no hay otra. Pero yo 
no soy peje de pescar con caña. Churrasquen a gusto 
los hombres. Y las mujeres vengansén conmigo. Las 
voy a regalar con mate’ e leche y tortas fritas. — Y 
rumbeó para la cocina como una gallina negra rodea- 
da de pollos de todos los colores. 

Serían las ocho. La pulpería y sus alrededores es- 
taban animadísimos. Los gringos jugaban a las bo- 


rvs) 73 clx-} 



CARLOS 


R E Y L E S 


chas, los criollos a la taba, los naipes y el tejo. Las 
chinas, luciendo los trapitos de cristianar, tomaban 
mate a la puerta de los ranchos, müy aseaditos, o se 
paseaban en grupos despidiendo un fuerte olor a 
Agua Florida. En algunas partes oíase el acordeón, 
en otras la guitarra. La pulpería hormigueaba de fo- 
rasteros. Debajo de los eucaliptos y las acacias, que 
se erguían a la entrada de la quinta, churrasqueaba 
el grupo de Manduca y el comisario. Más abajo, res- 
guardado por los milicos, que no dejaban acercarse 
a los curiosos a menos de cincuenta metros, dormi- 
taba el overo, luciendo una manta muy ornada, que 
casi lo cubría hasta el suelo. Los paisanos, al parecer 
platudos, que iban llegando, agrandaban la rueda don- 
de tronaba el corredor Benjamín, un tipo aindiado, 
como dorado a la parrilla por el sol, de escasa barba, 
mediana estatura y flaco. Cuando reía mostraba al- 
gunos dientes que parecían de loza de puro blancos, 
a los cuales les hacían contrapunto los ojos negros, 
redondos y chiquitos, como dos borrones de tinta. 

— La jugada va’ ser machasa, les vamo a juntar 
las cabesas. Lástima que haiga poca plata del lau 
contrario. 

— No crea, a los de la estansia les gusta en fija, — 
observó Madeja, el compositor, del cual decían por 
el pago que, respondiendo al nombre, tenía más 
vueltas que el Río Negro para cerrar un trato. Ha- 


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el gaucho florido 


ciendo un rápido guiño, añadió : — No malisean lo 
de anoche. 

Ramón les trajo al comisario y su comitiva una 
canasta de bizcochos y otra más grande de panes 
caseros recién sacaditos del horno. El pardo vestía 
bombachas blancas anchísimas y muy almidonadas, 
bota de caña de charol, espuelas de plata y oro y el 
gorro típico de los cocineros. Depositó las canastas 
en el suelo, se cuadró, hizo la venia y se fué marcan- 
do el paso. 

— ¡ Locaso el pardo ! Yo me pregunto pa’ qué que- 
drá en la cosina espuelas, boleadoras y daga. 

Ramón se abría paso por entre los grupos de gau- 
chos diciendo : 

— Abran cancha, estoy mi apurau. 

Así llegó a la pulpería y le dijo al pulpero, un 
vasco de recias espaldas, ancho cogote y rostro to- 
do afeitado, excepción hecha de unas patillas cortas : 

— El patrón dise que le pida a tuito vicho vivien- 
te las armas. Es la orden del comisario, y no quiere 
darle pie pa’ que arme algún batuqe. Ya sabe cómo 
es de cascarilla y delicau el mosito. 

— Pedir armas pediré, — contestó Dn. Bautista — 
pero la gente de Manduca entregar no, no. 

Ramón siguió adelante metiendo las narices por 
los grupos de chinas y los ranchos donde andaban 
moceando los troperos y los peones criollos. A los 


75 



CARLOS 


R E Y L E S 


gringos las mujeres no les llevaban el apunte, salvo 
alguna vejancona que quería “casorio y comodidá”. 




A las cuatro salía el gateau para la pulpería, rodea- 
do de toda la gente de Pancha más el Mellau. Abro- 
jo iba adelante, ayudándose de una muleta. Pancha, 
imprimiéndole a su enorme corpachón un movimien- 
to de canoa en el agua agitada, marchaba al lado de 
él. También le había metido al parejero de la estan- 
cia y pensaba meterle hasta los últimos reales que le 
quedaban. Los troperos avanzaban quebrándose, muy 
paquetes, muy jaques y con empaque un si no es 
provocador. Los más apuestos eran Florido, Zaba- 
na, Lucero, Mansilla y el negro Juan. El cuerpo alar- 
gado, flexible y musculoso de los tres primeros deno- 
taba la fuerza y la agilidad. Barranca iba con el pa- 
rejero de tiro, medio incomodado por las botas re- 
cién estrenadas. Bailique vestía chiripá muy corto, 
camisa de color, abierta sobre el pecho, y vincha. Las 
piernas y los brazos desnudos parecían fibrosos y 
secos como la cáscara del maní. Sus pasos eran muy 
cortos y rápidos. De cada muñeca llevaba colgando 
de la manija un rebenque de sotera corta. 


<r^3 76 



el gaucho florido 


Cuando Benjamín subió a la balanza, Barranca lo 
registró cuidadosamente y lo mismo hizo Madeja 
con Bailique. Los parejeros entraron a la cancha. 

— Vamo a bajarles las mantas, si les párese, pa’ 
que la concurrensia los vea. Así, medio de lejito no 
má — propuso Manduca — . ¡ Que le sebe ! ¿ Sabés que 
tu pingo está afiladaso. . . pero medio chupaíto y 
con la barriga por el lomo? ¿No estará pasau de 
compostura, Barranca? 

— No sé, señor, — contestó el mulato sombrero 
en mano — días atrás estaba más llenito. Pué que 
no le halla sentau el apronte de ayer. Estos parejeros 
improvisaus son ansina, en cuanto sienten un poco 
’e rigor. 

— ¿No andarás hasiendoté el chiquito? 

— No, señor, — exclamó el pardo riendo alegre- 
mente y con una grande expresión de humildad. 

— Y vo, Mellau, ¿ qué desís del overo ? 

— ¡Ta lindo!. . . 

— ¿Podrá haserlo estirar siquiera el matunguito 
de V ds. ? — Acercándose agregó : — ¿ Quieren doblar 
la parada? 

— Si nos da tres a uno. . . 

— ¡Digan güevo con la boca serrada! 

— Cambiamo ’e caballo y yo le doy tres a uno; — 
exclamó Barranca, que de humilde se trocó procaz — 
¿a que nenguno de ustedes agarra viaje? 


<r^s 77 



CARLOS 


R E Y L E S 


Manduca, halagado por aquel homenaje que se 
le rendía a su caballo, respondió : 

— Si jugara por negosio, sobre el pucho te serraba 
trato. Pero corro pa’ divertirme y no quiero dir con- 
tra mi flete. 

Los jinetes de uno y otro bando empezaron a cru- 
zar las primeras paradas. A poco los del manchau 
daban dos a uno. 

— No te dije, Madeja; no tenemo gente ni pa’ em- 
pesar. 

— Aquí tengo una platita pa’ jugarle a las patas 
del gateau si me dan tres a uno — gritó Florido ten- 
diendo el poncho en el suelo frente a la raya. Del 
otro lado del camino hicieron lo propio Zabana y 
Mansilla, y un poco más lejos Saldivia y Abrojo. Las 
chinas iban de un lado para el otro pidiendo que les 
llevasen algo en las paradas. Mangacha le dijo a 
Florido, sentándose cerca de él junto con Pepa: 

— A ver si me coloca mi platita con buena usura. 
Aquí tiene sien pesos míos y veinte de Pepa. ¿Po- 
drá? 

— Ya te creo, si esos bárbaros se vienen como a 
comprarnos los visios. ¡ No tener los sintos llenos pa 
volcárselos ai mesmo! 

Los parejeros iban tranqueando despacio hacia la 
'largada. Los jinetes, que querían ver las primeras 
partidas para jugar luego, los escoltaban. Incendióse 


78 <t^i. 



el gaucho florido 


el campo en notas pintorescas. En los aperos relam- 
pagueaba el sol. Los fornidos cogotes de los hombres 
lucían golillas blancas, rojas, azules. Los pañuelos de 
seda y los percales del chinerío afloraban el pasto 
verde y lustroso. Miles de vellones de nácar cubrían 
la parte alta del cielo sin interceptar la luz. Florido 
lo contempló un instante y dijo mostrándoselo a 
Mangacha, mientras le agarraba la mano afectuosa- 
mente : 

— El sielo nos está brindando una platada de po- 
roró. 

— No está a tiro ’e laso — afirmó muy grave 
Lucero, notando que Mangacha retiraba suavemente 
la mano. 

Lanzaron la carcajada. 

— ¿Y usté qué sabe? — le preguntó riendo la lin- 
da morocha. 

— Desía no má, sin malisia. Ya me delaté. Cristia- 
no sonso pa’ el retruque. 

— Ya tengo quien me defienda, — exclamó Flo- 
rido — ¿con qué quiere, amorsito, que le recompensé ? 

— Jugándome bien la platita. . . y no hasiéndome 
rabiar en los bailes. 

— Por eso no va’ quedar. Va’ empesar la junsión. 

El Callau, con el sombrero echado sobre los ojos, 
se colocó en su puesto. Era un hombre alto, flacón, 
bien plantado. Vestía de negro, tenía sombrosos los 


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CARLOS 


R E Y L E S 


ojos, las cejas enredadas como un matorral y la bar- 
ba recortada prolijamente. Con la mano tendida le 
hizo un ademán a la concurrencia para que despejase 
la cancha. Hasta Manduca y el comisario, que per- 
manecían a caballo, obedecieron. Detrás de la raya se 
apiñaban los jugadores. Un ricachón de la comitiva 
de Manduca, irguiéndose en los estribos, gritó: 

— Tres a uno al overo. De sincuenta patacones 
hasta’ ande quieran. 

— Paro por tresientos pesos — contestó Florido 
incorporándose. 

— ¿Y quién responde, mosito? 

— Este que tá aquí, viejo — contestó mostrando 
el cinto — . Como forasteros a ustedes les toca depo- 
sitar. 

— Rasón . . . 

— Con que, vuelquesé no má. 

Se cruzaron otras paradas. Manduca se desprendió 
un cinto lleno de esterlinas y se lo dió a Madeja. Los 
ponchos de los troperos quedaron cubiertos de oro 
y plata. El comisario colocó un milico de guardia 
delante de cada poncho. La gente de la estancia ya 
no tenía más dinero que jugar cuando apareció el 
pardo Ramón con dos bolsas repletas de pataco- 
nes. Y tornó a levantarse un remolino de voces. Por 
fin Zabana, montado en un flete rosillo con apero de 
plata, se abrió paso por entre la muchedumbre y pro- 
puso: 


80 



el gaucho florido 


— Vamo a ver, caballeros, quién me copa este fle- 
te soberano con apero y todo, plata ’e ley — y con 
las piernas tiesas lo hizo girar como un trompo. 

— Doy sien libras, apeesé. 

— Ya está. Aquí queda el pingo en manos del pul- 
pero. Vengan las doradillas. Si gano me devuelve el 
pingo por las sien. 

Enseguida se las coparon. Todos apostaban con 
gesto airado como si fueran a pelear. Los estancie- 
ros del vecindario se enardecieron y empezaron a 
jugar fuerte. Y la jugada se hizo general. 

Don Bautista había establecido frente a la sen- 
tencia una especie de mostrador cargado de botellas 
de cerveza y caña. En los cajones depositaba las pa- 
radas metidas en sobres con el nombre de los juga- 
dores. Seis gurises corrían de un lado para otro 
vendiendo empanadas. Dos de ellos eran tan chúca- 
ros que pregonaban la mercadería y pegaban una es- 
pantada en rumbo contrario, como asustados de su 
propia osadía. Esto ponía a Pancha fuera de sí. En- 
carándose con uno de ellos lo increpó : 

— Gurí abombau; pegás el grito y juis de miedo 
que te compren los pasteles, dejuramente. Si pa’ eso, 
pa’ venderlos, te los he dau, pedaso de bobeta. 

Mangacha y Pepa tenían las mejillas muy colora- 
das y los ojos lucientes. Habían jugado cuanto te- 
nían y experimentaban, como los hombres, el ímpe- 


6 


C 81 



CARLOS 


R E Y L E S 


tu belicoso, la embriaguez enardecedora del juego. 

— No n'os queda ni un cobre má, ¡pucha digo! — 
Ies gritó Saldivia desde el otro lado del camino. 

— Lo mesmo estamos nosotro. 

Y nosotro tamién — añadió Zabana, al que acom- 
pañaban Micaela y sus hermanas, Mansilla y Juan 
de Dios. Era el grupo más divertido. Allí se bebía 
caña y licores y comían empanadas y bizcochos. 

— Les voy a juntar las cabesas — murmuraba de 
tiempo en tiempo Manduca, como si estuviese irri- 
tado contra los que apostaban, siendo eso lo que él 
quería. 

Llegó Viraqué a media rienda al grupo de Flo- 
rido ; apeándose sin detener el caballo susurró : 

— Dise Barranca que van a entrar a las obligadas. 
Aquí le manda veinte libras pa’ que le meta al ga- 
teau. Asigura que le gusta de muerte. 

— ¿Vendemos tres meses de sueldo? — les propu- 
so Florido a los troperos de los otros grupos. 

— V endemo — le contestaron a un tiempo. 

Y cada grupo pudo jugar cincuenta libras más. 

Salía el overo. El gateau parecía poco ganoso de 

correr. Bailique, tras de cada partida, apeábase para 
volver a la soltada. El crédito de la estancia, las ore- 
jas gachas, los párpados entrecerrados, lo seguía, 
tranqueando como sin ganas. En cambio el overo 
andaba en una pata y tascaba el freno con brío. Ben- 


c — ^9 82 



el gaucho florido 


jamín, muy retozón, no cesaba de dirigirle bromas 
y pullas a Bailique. Éste callaba y se hacía el chi- 
quito. 

— No sé qué tiene mi caballo; párese que anduvie- 
ra espiau — renegó Barranca, y muy prolijamente le 
examinó los pichicos, las coronas y los candados de 
los cuatro cascos. 

— Qué espiau, ni qué espiau. Si siempre jué medio 
bichoco el flete — exclamó Benjamín riendo. 

— Sale el overo con lus — se decía entre el gentío. 

— Bailique está sorreando; verán cuando dentren 
a las obligadas — aseguró Abrojo incorporándose en 
medio de su grupo. 

Pero llegaron las obligadas y siempre salía el ove- 
ro. Ya no había quien le jugase ni un patacón al 
gateado. 

Benjamín seguía bromeando. 

— Yo que vos, Barranca, montaba y juía. Vas a 
dejar la pobre peonada de la estansia sin un rial. 
¡ Cristiano hereje ! 

A cada partida gritaba: “Vamo”, pero Bailique 
no respondía y sofrenaba. 

— Si no soltás voy a pedir bandera. 

— ¿Y cómo te voy a soltar si no me dejás llegar al 
cuadril siquiera ? 

— Te conosco las mañas, sorrito; esta güelta te 
voy’ haser comer cola. 


83 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Con má caballo no es grasia. 

Hicieron otra partida fuerte. Cuando Benjamín 
invitó Bailique se arrolló sobre el gateado y sujetó 
enseguida. Benjamín soltó y fué a dar a treinta me- 
tros. 

— Y d’ ai, ¿por qué no soltaste? 

— Cómo te voy a soltar si güelta a güelta te hasés 
humo. 

— ¿Querés que te largue de parau? 

— Ni ansina mesmo arriesgas mucho. 

— ¡Oigalé esa maula! ¿Te confesas redotáu? 
¡Que habían sido flojo los del Tala Grande! 

Barranca puso el perro frente a la raya y dándole 
una palmada en el anca musitó : 

— Vaya, barsino. 

El perro salió chato. Al verlo pasar el gateau me- 
neó las orejas y relinchó bajito. 

— Esta es la güeña. Al montar golpéale la boca 
con el freno — le dijo Barranca a Bailique — el res- 
to ya lo sabés. Si soltás como hemos hablau le vas a 
sacar lu. Luego le rascó la frente a su pingo. Era la 
seña. 

Desde que se movió parecía otro caballo. Partieron 
fuerte. 

— ¡ Vamo ! — gritó Benjamín. 

— ¡Vamo ! — replicó al mismo tiempo Bailique. 


84 



el gaucho florido 

Fué tan rápida la contestación y la largada que en 
el pique le sacó medio cuerpo. 

— Ya tenés la bala adentro, aura que te la saque el 
dotor — murmuró Barranca, y montando a prisa co- 
rrió hacia la raya con el rebenque en alto profiriendo 
gritos de júbilo salvaje y compadradas. 

— Se vinieron, se vinieron. 

— ¿No les dije? — vociferó Abrojo — salió el ga- 
teau. Bailique viejo lo madrugó al taita Benjasmín. 
¡Oigalé esa maula! 

— D’ ande yerba ... ya lo tapó. 

— Vienen pico a pico. . . 

— Dudo que te desprendás, overito mentau. 

— Pero, cristiano, ¿no ve que viene al freno? 

— ¡ Al freno ! . . . c . . . fuego dirá. 

En medio del griterío oíanse los “jup, jup” de los 
corredores apilados sobre los parejeros. Bailique, he- 
cho un ovillo, peinaba al gateado con el rebenque a 
fin de que el overo no le sacara ni el hocico. “No, es 
al ñudo que quieras picar al freno. No te voy a dar 
alse en ningún lau. Te tragaste el ansuelo hasta la 
bolla y aura venís resongando. Resongás al cuete ; la 
espina no te la saca naides”. 

Benjamín, aunque atufado por el madrugón del 
zorro, después de igualar se creyó seguro de la victo- 
ria y procuraba mantener al overo enterito para ga- 
nar por ligerezas sobre la raya, pero Bailique no ce- 


c~vi) 85 



CARLOS R E Y L E S 

saba de hostigarlo. Al llegar a las trescientas varas 
éste castigó. Poco después Benjamín hacía lo mismo. 
Pronto los corredores, las riendas entre los dientes, 
emplearon los dos látigos. 

— Aura te quiero ver, overito; ¿ande está el que 
asiguraba que venía al freno? Tomá freno. Entre- 
garon el rosquete los forasteros . . . 

— Había sido boca susia — le replicó uno de los 
compañeros del comisario. 

— Pa’ lo que guste mandar, ¿y d’ ai? — replicó 
Abrojo con voz de trueno yéndosele encima. Saldi- 
via lo contuvo a duras penas porque quería darlo 
contra el suelo para pegarle unos rebencazos. 

— Mirá la carrera, negro, gosala; ’ tamos en lo 
mejor. 

Después de un cuerpo a cuerpo reñidísimo el ga- 
teado empezó a sacar el hocico, luego la cabeza, por 
último pasó la raya con un pescuezo de ventaja. Man- 
duca atropelló al Callau gritándole amenazador con 
el rebenque de gruesa bola de plata en alto y la so- 
tera envuelta en la mano. 

— ¡ Ganó el overo, el overo no má ! Mano a la 
plata, muchachos. 

El Callau, como pidiendo silencio, levantó la ma- 
no bien abierta, que parecía una diforme araña pe- 
luda, y gritó con una vocecita aflautada y rota que 
nadie le conocía : 


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el gaucho florido 


— Pa’ todos, caballeros, ganó el gateau. 

No bien habló cayó al suelo de un formidable man- 
gazo. Era la primera vez que hablaba en el pago. 

Se produjo una gritería de voces airadas. Los par- 
tidarios del overo atropellaron a los grupos de los 
ponchos. Los detuvieron las puntas de las dagas. 
Abrojo revolió la muleta como un ariete y volteó 
a dos o tres. Pancha le guardaba las espaldas amonto- 
nada en el suelo, facón en mano. Parecía una tor- 
tuga con la pequeña cabeza fuera de la caparazón. 

— ¿Y quién es usté pa’ sentensiar? ¿Y d’ ande 
saca que nos vamos a dejar esquilar como corde- 
ritos ni castigar injustamente como lo ha hecho con 
el sentensiador, el único que tenía derecho’ hablar ? — 
le gritó iracundo Florido a Manduca agarrándole el 
caballo por las riendas junto al freno. 

— Gaucho trompeta, yo te voy a enseñar — res- 
pondió Manduca atropellándolo con el rebenque en 
alto. 

Echándose a la derecha el rubio evitó el golpe; de 
un tirón sentó el caballo de garrones, de otro hacia 
un lado dió con Manduca en tierra. Al querer incor- 
porarse, un hombre con la cabeza vendada, le pe- 
gó un mangazo en el rojo cogote y lo dejó quieto. 
Luego, levantando abierta la mano peluda, gritó: 

— Pa’ todos, caballeros, ganó el gateau. 

Las carcajadas se mezclaron con los juramentos. 


87 



CARLOS 


R E Y L E S 


— j Respeten a la autoridad, respeten — clamaba 
el comisario — . Abran cancha. 

El gauchaje del Tala Grande, rostros iracundos, 
ceños arrugados, miradas torvas, bocas crispadas y 
como prontas a morder, lo rodeaban. Los milicos, 
que había puesto de centinela junto a cada poncho, 
yacían en el suelo desarmados. Frente a él tenía a 
Mansilla, y en los ojos le conoció que lo iba a bajar 
de una puñalada en cuanto echase mano al revólver, 
y lo mismo Zabana, que se le había puesto al lado y 
lo miraba siniestramente. 

En su bayo naranjo y al galope pasaba Dn. Faus- 
to. Viendo el tumulto se detuvo. 

— ¿ Qué es eso ? — preguntó mientras el griterío 
se ahogaba como en una laguna. 

— Nada, Dn. Fausto; una discusión sobre si ganó 
el overo o el gateau — . Yo creo que fué puesta. 

Barranca replicó golpeándose con los puños cerra- 
dos el combado pecho, al modo de los orangutanes 
furiosos. Había perdido el sombrero y la revuelta 
pelambrera le hacía más grande la cabezota. 

— ' Tuito el mundo vido ganar mi caballo por un 
pescueso. Tuito el mundo. 

— ¿Qué dise el sentensiador ? 

El Callau se adelantó hacia el patrón, tornó a le- 
vantar abierta la mano, peluda y Volvió a repetir con 
todas sus fuerzas: 


88 



el gaucho florido 


— Pa’ todos, caballeros, ganó el gateau por un pes- 
cueso. 

— Entonses no hay que haserle. Haga, comisario, 
que los perdedores entreguen la plata. Diviertansén, 
muchachos, pero no armen barullo, porque ya saben 
que no me gusta — y tomó el galope. 




VI 


P OR la noche, mientras se jugaba al truco en la 
pulpería y el galpón de las esquilas, se bailaba 
en la casa de los mayordomos, los capataces y los 
ranchos. Sobre las negras paredes de terrón destacá- 
banse nítidas las pupilas rojas de las ventanas. De 
tiempo en tiempo enturbiábalas la mancha tobiana 
de una pareja. Trenzas de oro o de azabache, cintas 
celestes o coloradas, golillas de todos los colores, 
ropas claras de las mozas, trajes obscuros de los hom- 
bres danzaban en abigarrado torbellino. Polcas con 
relación, mazurcas, valses vertiginosos, milongas 
querendonas y, de largo en largo, un nacional. En las 
puertas se amontonaban los mirones que no se mez- 
claban en el rítmico y sonoroso turbión. Las patro- 
nas seleccionaban a los bailarines escrupulosamente, 
y entre los mismos ranchos se establecían rigorosas 
jerarquías. Así, algunos paisanos que bailaban en la 
casa de Micaela, no hubieran podido hacerlo en la 


91 



CARLOS 


R E Y L ■ E S 


casa del mayordomo. Los troperos sí, tenían entrada 
libre y eran recibidos con júbilo en todas partes, 
menos Juan, por el aquel de ser tizón, como decía él 
afligido. En el rancho de Pancha bailaban algunas 
paisanitas de cierta categoría y hasta Mangacha y 
Pepa alguna que otra pieza, porque la negra era mu- 
jer de mucho respeto y no permitía que nadie se pro- 
pasase, ni siquiera Florido y Zabana, que eran los 
más diablones. Y después estaba Abrojo. 

Sonaban las guitarras y los acordeones. Hasta las 
llamas cloróticas de las velas de sebo parecían danzar. 
Sólo el cuadro permanecía obscuro, recogido y silen- 
cioso como el claustro de un convento. El patrón to- 
maba el fresco sentado en el brocal del aljibe, mien- 
tras la peonada y los forasteros se divertían. El par- 
do Ramón hacía tiempo que había cerrado los porto- 
nes. La música y el bullicio llegaban al patrón como 
con sordina. Aquel sitio y aquella soledad le eran 
muy gratos. En las noches muy calurosas, cuando 
no tenía que madrugar, sentábase allí y se pasaba las 
horas contemplando las estrellas, sus amigas. Cono- 
cía a las más visibles, como hombre que había cami- 
nado mucho de noche y sin más guía que ellas. Y aun 
sin ellas sabía rumbear. En las madrugadas obscu- 
ras o neblinosas arrancaba al trote largo delante de 
los peones y sin la menor vacilación llegaba al sitio 
que se proponía, causando el asombro de aquellos 


92 



el gaucho florido 


gauchos acostumbrados a marchar de noche, pero al 
trotecito y tanteando. Llegaba a una portera; diez 
metros antes ponía los caballos al paso y ordenaba 
abrirla. “¿Cómo sabe que’ ta ahí cuando no se ven 
ni las orejas de los mancarrones”?, preguntábase el 
tape Britos, siguiendo los faroles del coche. 

— Patrón, hemos perdido el rumbo — solían ad- 
vertirle alcanzándolo Dn. Froilán y el Mellau. 

— Los que están perdidos son ustedes ; vamos 
bien. Sigamén no más — contestaba, y proseguía la 
marcha. 


A veces pensaba que del fogón primitivo habían 
salido muchos fogoncitos, que eran como el símbolo 
cada cual de una familia. Y dentro de su ingénita 
modestia sentíase orgulloso de ser el númen tutelar 
de tantas. Hacer el bien, darle de comer a mucha gen- 
te, auxiliar al menesteroso, dejarle una gran fortuna 
a Faustito eran los versículos de su evangelio. En el 
fuerte instinto de posesión, signo de potente vitali- 
dad, de aquel hombre simple y bondadoso, que se 
traslucía en amor del trabajo y de la tierra, entraban 
como ingredientes en no pequeña porción, principios 
morales que nadie le había enseñado. El despliegue 


¿ — ^9 93 



CARLOS 


R E Y L E S 


de sus energías le era tan necesario como el juego a 
los niños. Experimentaba tanto gozo domando el 
campo bruto y transformando la estancia cimarrona 
en industria civilizada, como de mozo domando po- 
tros reservaus y haciendo de ellos pingos de llevar 
una moza en ancas. 

La luna maga convertía el agua dormida en azo- 
gue. Don Fausto dió algunos paseítos por el cuadro, 
vió si Faustito dormía y subió a la azotea y luego al 
mirador. Casa de azotea y mirador era lujo inusita- 
do por aquella época en el campo y aun en los pue- 
blos. Corría un airecito manso y fresco. Tendió la 
vista en derredor. Los confines del Tala Grande se 
dilataban más allá de los horizontes de plata. ¡ Ochen- 
ta suertes de campo ! Sintió, como siempre que subía 
a la azotea y espaciaba la mirada en torno, una sen- 
sación de plenitud vital. “Linda cosa desirse todo es- 
to es mío”, pensó respirando una gran bocanada de 
aire. A veces, desde aquella altura, siendo más pe- 
queño, le enseñaba a Faustito a distinguir los ásperos 
cerros, los puestos más próximos ahorquetados en 
el lomo de las cuchillas, y en lontananza al sur, el 
monte del Río Negro. Cierta vez, teniéndolo en bra- 
zos para que viese mejor, lo interrumpió el niño pre- 
guntándole con inocente crueldad: 

— Papá ... y después que tú te mueras todo esto 
será para mí, ¿no? 


94 



el gaucho florido 


Por la mente de Dn. Fausto cruzó fulgurante la 
idea de arrojarlo de la azotea abajo, pero se dominó 
enseguida y, estrechándolo más, respondió dulce- 
mente : 

— Sí, mi hijito. . . 

— Yo seré el dueño, el que manda . . . 

— Claro ... ¿ Pero tú no querrás que me muera 
yo prontito para ser tú el dueño? 

— ¡ Ah, no, papaíto ! — replicó el niño echándole los 
brazos al cuello — . Yo no quiero que te mueras nun- 
ca, nunca. 

— ¿ Entonses ? . . . 

El chico se encogió de hombros, miró al campo y 
tornó a abrazarlo. 

— “Pobresito, aun me prefiere a todo, después...”. 

— Yo tengo mi estansia. Se llama el Tala Chico, 
pero es muy grande. Si querés vamos a medias en las 
dos y así no tiene nesesidad de morirse ninguno. 
¿Qué te párese? Vení, te la voy a enseñar — y con- 
duciéndolo de la mano le mostró en un rincón del 
patio su establecimiento — . Ahora estoy concluyendo 
las aguadas. ¡Pucha que dan trabajo! 

Las vaquí tas, los caballos, las ovejas eran de ma- 
dera. Los diminutos alambrados de palitos unidos con 
hilo de coser; los montes de ramitas clavadas en el 
suelo. El campo estaba dividido en potreros como el 
Tala Grande. Por aquí y allá veíanse algunas casitas 


95 



CARLOS 


R E Y L E S 


de juguete, los puestos, estratégicamente disemina- 
dos; luego un apretado caserío, la estancia. Allí, en 
su mundo mágico, remedaba Faustito lo que veía 
hacer en la estancia. No faltaba ni el Río Negro. 
Sobre todo ello le dió a Dn. Fausto prolijos detalles. 
Oyéndolo éste pensaba: “Hase lo mismito que yo”. 

— ¿Y cuántas cuadras tiene tu campo? 

— ¡ Huy, miles, lo mismo que el tuyo — y lo miró 
no muy seguro de que Dn. Fausto lo creyese. 

— Es grande. 

— Ya te creo, y lo voy agrandar más comprándole 
a los vesinos. 

“Lo mismito que yo”, t.ornó a repetirse don 
Fausto. 

je 

Una mujer, que se acercaba a las casas, lo sacó de 
sus reflexiones. Aguzó la vista. En la diestra traía el 
pesado rebenque de Ramón. Lo reconoció por el pesa- 
do puño de bola y los gruesos pasadores de plata. 
Por entre los barrotes de la ventana el pardo le al- 
canzó la llave del portón. Ella lo abrió sigilosamente 
y enderezó al dormitorio de aquél. La puerta estaba 
entreabierta. Entró y volvió a cerrar. 

“¿Qué significa esta extraña maniobra?”, pregun- 
tóse Dn. Fausto. Ignoraba la tiranía sultanesca ejer- 


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el gaucho florido 


cida clandestinamente por Ramón sobre el chinerío 
de la estancia, en particular sobre las mujeres que lo 
ayudaban en la cocina y el amasijo, de las que exi- 
gía absoluta sumisión en cambio de los favores que 
les hacía : regalos de comestibles, permiso del patrón 
para tener en el campo algunas vaquitas, que se mul- 
tiplicaban prodigiosamente, dádiva de algún potro. 

En la puerta de las negras, pardas o chinas de sus 
rodeos, clavaba Ramón un clavo. Todas las tardes 
se daba un paseito a caballo y colgaba el rebenque de 
alguna puerta en signo de amor y autoridad. La 
hembra elegida le traía sumisa el rebenque por la no- 
che, entre nueve y diez. De madrugada el pardo se 
hacía cebar mate, regalaba a su pareja con bizcochos, 
guayaba, chocolate y otras golosinas, y antes de acla- 
rar la hacía partir. No se mostraba celoso ni averi- 
guaba si sus odaliscas le eran fieles o no. Lo que 
exigía era obediencia, la traída del rebenque, como 
signo de amorosa sumisión, y además que fueran, 
mientras compartían su lecho, complacientes, alegres 
y ardorosas. 

Sólo las muy acreditadas con el patrón, como Pan- 
cha o Micaela, resistían a los caprichos donjuanescos 
del pardo. A las otras la necesidad las hacía claudi- 
car y se entregaban ellas o, llorando, le entregaban 
a. sus hijas. Nadie se atrevía a delatarlo porque era 
mal enemigo; no se paraba en barras para dañar y 


rvs 97 <L — i 



CARLOS 


R E Y L E S 


todos conocían el ascendiente que, sirviéndose de em- 
bustes y artimañas, ejercía sobre Dn. Fausto. Los 
mismos mayordomos y capataces lo adulaban. Ramón 
se complacía en hacerles sentir a chicos y grandes su 
poder, particularmente a las chinas y a los que juz- 
gaba incapaces de retobarse. A los otros, que eran la 
mayoría, muy rara vez les llevaba la carga.- Dábase 
cuenta cabal de que el pleito, en última instancia, 
se resolvería a facón, y aunque valiente y muy pen- 
denciero de mozo, al entrar en la edad provecta le 
había tomado mucho apego a su regalada vida, te- 
miendo además que hubiera escándalo y que el pa- 
trón se enterase de sus tejes y manejes, porque de 
seguro habría estaqueadura o cepo como le había 
acontecido cierta vez que castigó a un turco merca- 
chifle bárbaramente y sin motivo alguno. 

— ¿ Por qué has hecho eso ? — le preguntó. 

— Tenía el diablo en el cuerpo, patrón. 

— Está bueno; yo te lo voy a sacar. Te hago un 
servisio. Si te entregara a la polisía sería peor. Sabés 
que, hagás lo que hagás, no te voy a despedir, y 
abusás. Quiero haserte saber tamién que si la hasés 
la vas a pagar, y que yo no soy hombre de dejarme 
llevar por delante ni por ti ni por nadie. 

Y sin irritarse, como quien cumple un sagrado de- 
ber, como le corregía a Faustito sus travesuras, orde- 
nó que lo estaqueasen hasta hacerlo gemir y que et 


98 <»>o 



EL GAUCHO FLORIDO 


turco le propinara cincuenta azotes. Cuando lo lleva- 
ron a su dormitorio ya estaba allí esperándolo la sor- 
da médica, con los ungüentos y la salmuera. Durante 
quince días lo tuvo recluido, encargándose de la co- 
cina Pancha. Esto hizo sufrir al pardo más que la 
estaqueadura y los azotes. 




VII 


E L torete enlazado salió de entre la hacienda he- 
cho un ovillo, desenredándose en corcovos y 
gambetas. Un pial de volcao trazó en el aire fulguran- 
te garabato. La armada verticalmente abierta por un 
movimiento enérgico y diestro de la mano gaucha, fué 
a buscar, como obedeciendo a una atracción irresis- 
tible, los miembros del animalito y subió cerrándose 
cada vez más hasta las rodillas: Luego un tirón ma- 
yúsculo y preciso lo hizo dar tremenda voltereta y 
medir el suelo con todo el lomo. 

— ¡ Rubio bárbaro pa’ el seco ! Le sonaron las tabas 
al guacho — exclamó alguien. 

Cuando lo sujetaron para castrarlo y ponerle la 
marca, Florido dejó el lazo y salió de la manguera de 
palo a pique, la cabeza baja, los brazos entreabiertos 
y medio arrollados en forma de asa, el paso breve 
y pulido. El sudor le pegaba la camisa al cuerpo, 
haciendo, junto con el culero que le ceñía las cade- 


c^s 101 



CARLOS 


R E Y L E S 


ras, más fina su ya esbeltísima silueta. Iba reman- 
gado de piernas y brazos; el chiripá muy subido, el 
pie desnudo. El broche del tirador, adornado con 
monedas de plata y oro, parecía ponerle una corona 
de estrellitas en el ombligo y delataba la presunción 
gaucha, que se manifiesta aun vestida de harapos. 

A unos veinte metros de. la tranquera, junto a los 
palos, había una ramadita. A su sombra D. a Justa 
freía tortas y buñuelos para obsequiar al paisanaje, 
mientras Mangacha repartía caña y agua fresca a 
los que llegaban hasta ella chorreando sudor, sedien- 
tos y mascando polvo. 

— Si me dan un poco de agua. . . Vengo echando 
los bofes. ¡Qué solaso! Lindo pa’ secar oiré jones, ¿no 
le párese? 

— ¡Ave María!, tome antes un trago ’e caña; de 
no, se va’ pasmar — observó D. a Justa — . Si está 
hecho una sopa. 

— Pasmarme ... ni que fuera pan resiensito sa- 
cau del horno. Pero ya que usté me invita . . . 

En los bailes que dieron en todos los ranchos de 
la estancia, festejando el triunfo del gateado, y lue- 
go en las fiestas de las hierras, los comentados amo- 
ríos de Mangacha y Florido pasaron por variadas 
alternativas. Él se divertía en darle cocos y hacerla 
rabiar y ella no podía devolverle la pelota, porque 
era pa’ pior. El amor propio la llevó a mostrarse hu- 


102 



el gaucho florido 


raña y díscola con el veleta, sobre todo cuando había 
testigos. Por nada del mundo quería que se fuese a 
creer. . . Estando sola con él solía hacerle reproches 
más o menos velados o se mostraba tristona. Enton- 
ces él la miraba con grande ternura. 

— A usté le gusta atormentarme, ¿ por qué ? 

— ¿Porque me divierte chacotear con las mosas? 

— De juro. 

— No crea, prienda; no lo hago adrede. 

A Mangacha le chispearon los ojos; entreabrió los 
labios y luego, dominándose, se alejó sin decir pa- 
labra. 

— Mirá, rubio, que te estás pasando — le dijo un 
día Pancha a Florido — . No confundás la puerta 
con la ventana. Divertite con las otras, pero a Man- 
gacha respetámela, porque de no vamo a tener una 
de a pie. 

— Pero si es la única que me gusta. 

— ¿Y por eso andás güelta a güelta prendido del 
hosico hasta de las amigas? Había sido sinvergüen- 
sa de veras. No te riás, porque la cosa va de veras. 
En cuanto te descuidés te echo de la cosina. 

Y lo decía como si lo amenazara con echarlo del 
paraíso. 

— Ya estoy arrepentidaso, y aura digamé lo que 
debo haser pa’ contentarla. 

— No te hagás el chancho rengo; vos lo sabés me- 


105 e. — i 



CARLOS 


R E Y L E S 


jor que yo. Pero tené cuidau, rubio; no te vayás a 
topar con el horcón del medio. Si la queré, y la que- 
ré no má, aunque te des corte de que no, ennoviate 
enseguida y dispué te das una güeltita por la iglesia. 
¿Qué desís? 

— Lo pensaré — contestó Florido muy grave, y 
soltó la carcajada y salió disparando porque Pancha 
se agachó buscando una piedra. 

Por su parte Mangacha empezó a hacerle desaires 
y a coquetear con otros mozos. Pero él no se daba 
por aludido. De vuelta de los bailes la linda moro- 
cha no podía dormir. 

Más amable que de costumbre, le dijo: 

— Había sido güen pialador; no ha errau ni un 
tiro de laso. ¿Quiere un amargo? 

— Siendo de su mano ¿ cómo no ? — y luego, cla- 
vándole los ojos, dos pocitos de malicia, añadió — : 
Entonses me ha estau llevando la cuenta ’e los pia- 
les? Yo créiba que no me quería mirar siquiera. . . 
Vean cómo son de engañosas las mujeres. 

A Mangacha le salieron dos auroras en las meji- 
llas. Era acentuadamente morocha, tirando a china. 
Mirándola de cerca, bajo la epidermis turbia parecía 
tener otra piel rosada. Florido la contemplaba con 
deleite. Aunque menos alta, poseía tan lindo cuerpo 
como Micaela, y en el rostro, perfecto y típico de la 


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el gaucho florido 


criollita, un frescor de fruta. Hizo un gesto de impa- 
ciencia y respondió medio amoscada: 

— A que se va a creer, y siempre buscándome la 
lengua. Le gusta enojarme al ñudo. Tome esta torta 
calentita y dejesé de agachadas. 

— Asertó, tesoro; me gusta haserla rabiar, no al 
ñudo, sino porque se pone lindasa. 

— No ve, mama; dígalé que no sea cargoso y en- 
greído. 

— Venga, Florido, — dijo la china, fresca y apeti- 
tosa aunque sobrada de pulpas — sientesé aquí, a mi 
lau, y estese quietito. Tiene rasón m’ hija; en tuita 
ocasión T anda toreando. Si ella juera yo, te ibas a 
divertir, rubio. 

Florido devolvió el mate, adoptando después una 
actitud quebrachona : el sombrero sobre la nuca, am- 
bas manos apoyadas en las caderas, una pierna ade- 
lantada y todo el cuerpo cargado sobre la otra. Cho- 
rreándole la risa por la barba de choclo, contestó: 

— Disen que pa ser güenos amigos hay que pelear- 
se primero. Yo maliseo que, a lo mejor, esta mosa y 
yo vamo a salir queriéndonos. Estoy con gana de 
gritarle envido a ver si sobre el pucho me responde 
quiero. 

— ¡ Pa’ los pavos que está apurau el rubio ! De juro 
se ha figurau que tengo un quiero en la punta de la 
lengua pa’cualquiera que me diga envido. Si se creerá 


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CARLOS 


R E Y L E S 


que soy como la parda Micaela. Grasias po’ el favor. 

— Bien retrucau — exclamó D. a Justa con grande 
complacencia — . No, si no se la v’ a llevar d’ arriba. 

— Sé que no para a mano y por eso mesmo la 
apreseo má. Diga, morocha, ¿cuándo me lo va’ dar? 

— ¿El mate?. . . aquí lo tiene. No se vaya a que- 
mar la boca. 

— No, el sí . . . 

Mangacha se encogió de hombros. Sus ojazos, 
que tenían el fuego de los diamantes negros, le pega- 
ron al gaucho como dos trabucazos a boca de jarro. 
Florido ni pestañeó. 

— ¡ Qué calor ! — exclamó ella para cambiar de 
conversación. 

— Y estando la mar tan serca . . . 

— No sea atrevido, porque le voy a dar con la 
caldera entre las guampas. 

— ¿ Entre las guampas ? . . . ¡ qué barbaridá ! Pero _ 
si tuavía no nos hemos casau, prienda. 

Florido desvió un poco la cabeza sin dejar de sor- 
ber el mate. La caldera pasó describiendo espirales 
de agua hirviendo y fué a estrellarse contra los pos- 
tes de la manguera. 

— Mangacha, ¿te has vuelto loca? Válgale la vista, 
Florido. 

Éste recogió sin apurarse la caldera y se dirigió 
a Mangacha siempre con la bombilla en la boca. Ella 


106 



el gaucho florido 


permanecía como petrificada, una mano en la cabeza, 
la otra sobre los menudos pechos. 

— Aura pa’ que la perdone y seamos amigos como 
el día ’e las carreras, ¿ricuerda?, yo siempre me 
acuerdo, me va’ regalar ese clavel que lleva en el 
pecho. 

La moza, temblando, le entregó la flor. Mirándose 
tierna y hondamente se entraron cada uno en el otro 
por la puerta de los ojos y a los dos les pareció que 
se veían por primera vez. Tomaron asiento sin decir 
nada. Silencio preñado de confesiones. Doña Justa 
tomó la palabra. 

— Ansina me gusta, sentaditos juntos como dos 
novios d’ adeveras. ¿ A qué andar tirándose al codillo 
si ustedes han nasido pa’ quererse y no pa’ pelearse ? 
No hay más que mirarlos. Y qué pareja de apalear 
porotos. Porque si usté, Florido, es, como hom- 
bre, que ni pintau, Mangacha, como mosa, no tiene 
desperdisio. Siendo así es cosa boba cosearse al ñudo. 
Vos, Mangacha, debés ser menos arisca y ligera 
pa’ la pata. Y usté, Florido, menos busca pleitos. 
Yo sé que todo es floreo, arrastrar el ala, pero crea- 
mé — agregó haciendo un guiño cargado con toda la 
gramática parda adquirida en los campamentos — 
llega má pronto a conseguir lo que codisea el que 
hase rir que no el que hase llorar. No olvide que a 


107 



CARLOS 


R E Y L E S 


las mujeres nos gusta que nos hagan cosquillas. . . 

— ¡ Por Dios, mama ! . . . 

— No te espantés m’ hijita; hablo de las cosquillas 
en los oídos, no en los sobacos. Ya sabés que ni soy 
ni me gusta la gente safada, aunque sí, y muchísi- 
mo, la alegre. El gaucho lindo debe ser liberal, reto- 
són, dicharachero y enamorau. Hombre entre los 
hombres; rendido entre la mujeres; juerte pa’ el tra- 
bajo y la diversión; güen bailarín y güen pialador, 
quiero desir, campero y ladino. El paisano atorau me 
apesta. “¿Qué gusanera tendrá?”, me digo, y me 
dan ganas de darle güelta la pisada. El augarse en 
poca agua, pa’ lo gringos chapetones. El gaucho ver- 
dadero nunca se enrieda en las cuartas; sabe cuer- 
pear la mala suerte y jugarle risa a todo, como quien 
anda siempre bien montau. Aura el paisanaje no es 
tan alegre como en mi mosedá. El rancho en que yo 
me crié era el más divertido del pueblo. Mis herma- 
nas y yo, siete por junto, lavábamos y planchábamos 
todo el santo día la ropa de los mélicos. Viviamos 
muy serquita de un cuartel. Por las noches baile. Y 
al baile cáiban los ofisiales, los troperos del Tala 
Grande, gente de mi flor, y los mosos más destengui- 
dos de la sosiedá. Y cómo no, si las siete eramos lin- 
das y de güen trato. Los pretendientes se venían co- 
mo las moscas al dulse. Y a eso iba, Florido; siem- 
pre le llevábamos el apunte al más alegre y disidor. 


c — 108 



el gaucho florido 


Téngalo por sabido: el que hase rir a una mosa ya 
le ha ganau el lau del enlasar. ¿No aprueba? 

El gaucho la oía con delectación. Cuando terminó, 
se dijo: “China tora”, y luego en voz alta: 

— Hay muchas maneras de matar pulgas. A mí 
se me hase que mucho dulse pica los dientes. Al que 
se muestra muy rendido las chinas lo dejan de lau, 
como cosa sigura de la que, en cualquier apuro, se 
puede echar mano pa’ remediar. Es como el man- 
carrón nochero, siempre al palo y al que chicos y 
grandes le pueden poner el basto. El pingo no se 
deja jugar las lloronas por cualquiera. Qué quiere que 
le diga, patrona. Apruebo los caramelos y el mucho 
amor, pero con un poco de juersita. 

— ¡Oigalé al rubio! Había sido dotor de letra 
menuda — declaró D. a Justa, y soltó su carcajada, 
redonda, cristalina, que no cesaba sino con sus fuer- 
zas; una carcajada de muchos rollos, según decía 
Florido, que iban deshaciéndose en el aire uno tras 
otro, hasta quedar estirado todo el lazo. 

— A mí me gustan má las naranjas que los limo- 
nes — se atrevió a decir la morocha, avergonzándo- 
se luego de su propia osadía. 

— A mí al revés — replicó el travieso Florido cla- 
vándole la mirada en los túrgidos pechos — me gus- 
tan má los limones . . . 


«T'-vS) 109 



CARLOS 


R E Y L E S 


Ella bajó los ojos y enrojeció. Entonces la mirada 
del gaucho tornóse dulce y casta. 

Doña Justa lió un cigarrillo de tabaco negro con 
anís, lo encendió en las brasas y se absorbió en los 
recuerdos amatorios de su despreocupada y gozosa 
juventud, plena de amoríos y peripecias sentimenta- 
les, que terminaban siempre bien, porque aparte sus 
encantos físicos, había sido por naturaleza bondado- 
sa, conciliadora ; sabía hacerse querer y respetar y te- 
nía el don de romper amistosamente, sin causar ce- 
los ni tragedias, a pesar de ser sus amantes gente de 
pelo en pecho, milicos o gauchos. En una revuelta 
las siete hermanas fueron a dar a los campamentos, 
únicas escuelas que frecuentaron y donde aprendie- 
ron una ciencia de la vida zumosa y honda que no en- 
señan los libros. Las marchas y las contra marchas; 
las heladas y los solazos; las aventuras, los peligros, 
la existencia patética y pintoresca de las montoneras 
les producía a todas, en medio de las fatigas y los 
sustos, atracción irresistible y ácido gozo. Pero la 
pasión partidaria y guerrera no las llevaba hasta la 
crueldad. Sentían tanta satisfacción del amor propio 
en ser lindas como el que las tuvieran por más colo- 
radas que sangre de toro. . . Por serlo no le hubie- 
ran concedido sus favores a ningún blanco, y ahí 
concluía el partidismo. Con el mismo espíritu pia- 
doso cuidaban, cuando venía a pelo, a los heridos 


£ — vf) 110 



el gaucho florido 


de uno y otro bando, raras veces, porque ellas no se 
sentían enfermeras sino chinas y juzgaban sus fun- 
ciones de más alto rango que las de aquéllas. En efec- 
to, el amor y la alegría tenían conspicuas misiones 
que cumplir en los campamentos. Donde quiera que 
estuvieran las siete hermanas, que un oficialito me- 
dio poeta llamaba “las siete estrellas cabrillas del 
escuadrón”, por diferenciarlas como merecían de las 
otras chinas, oíanse las risas y el guitarreo, nunca 
las disputas. Era para la soldadesca un espéctaculo 
consolador, una promesa de dicha que, entre tantas 
zozobras y rondar de la muerte, reconciliaba con la 
vida. 

Florido se incorporó. 

— Pero no se vaya tuavía, cristiano. Si no ha to- 
mau arriba de tres mates. Aguarde a la media do- 
sena. 

— Los patrones van a desir que estoy hasiendo 
sebo. 

— Voy a pedirle un favor. 

— No pida, tesoro. Soy un esclavo, mandemé. 

— Eso sí, a comedido no se la gana naides. 

— Tengo un potro pa’ domar. Disen por ai que 
usté tiene muy güeña mano. ¿ Quiere darle los prime- 
ros galopes? Y me lo entriega redomón, no má. 

— Y cómo no. Se lo entregaré, no redomón, sino 
bien manso y aseadito pa’ andar. 


ni 



CARLOS 


R E Y L E S 


— L’ arvierto que es muy bellaco. A los domado- 
res de la estansia los ha basurau a todos. Por impo- 
sible lo han dejau. Tiene como ocho años. Yo se lo 
pedí a padrino, pensando que usté podría sacarle el 
diablo del cuerpo y acomodarlo. De no, sólo va' ser- 
vir pa’l cuero. 

— ¿Es un pampa machaso? 

— El mesmo. 

— Lo conosco, lo vide bajar a tres domadores y 
tamién a mi cuñau Sabana, que es jinetaso. Corcovea 
feo. Pero con las nasarenas y charqueando un poco... 

— Yo sé que usté no charquea. 

— Es verdá, no suelo prenderme de las cabesadas 
como gringo mamau. Pero cuando nos desacomodan 
tuitos charqueamos. 

— ¡ Guarda !, ¡ guarda ! . . . — gritaron varias voces. 

Un toro recién castrado había atropellado la tran- 
quera y embestía furioso al grupo de Florido y las 
dos mujeres. Éstas lanzaron un grito y quedaron 
paralizadas. Florido saltó por encima del fogón y es- 
peró al toro agachado y con los brazos abiertos. Al 
bajar el testuz para tirar el derrote, el rubio se le 
arrojó sobre la cabeza y abrazó a las astas arrollan- 
do las piernas para no tocar el suelo. Aquel peso que 
le cayó en la cerviz hizo que la bestia se detuviese 
cabeceando desesperadamente. El cuerpo de Florido 
subía y bajaba. De pronto el mozo clavó los pies en 


c — j) 112 



el gaucho florido 


la tierra ; los músculos se le amontaron en las panto- 
rrillas, los muslos y los brazos ; las manos, como gar- 
fios, se prendieron una del hocico, la otra de un cuer- 
no del toro. Después de forcejear breves instantes, 
Florido le torció violentamente la cabeza y lo volcó 
casi a los pies de Mangacha. De un salto quedó ahor- 
quetado sobre el cornúpeto, que emprendió la ca- 
rrera corcoveando bajo una lluvia de azotes. Cuando, 
vencido y con la lengua de fuera, tomó un humilla- 
do galopón, Florido pasó la pierna por encima del lo- 
mo y se dejó resbalar por los costillares suavemente. 
Dos peones venían corriendo detrás de él. Uno le 
traía el caballo. Iba a empezar la capación de los 
toros chucaros, y el mayordomo lo mandaba llamar. 
Montó de salto y a media rienda, armando el lazo, 
inclinado sobre la derecha y la pierna izquierda 
abierta y dura, sin mirar a las chinas, atravesó la 
tranquera. Mangacha vió emocionada que entre los 
dientes llevaba el clavel punzó. Permaneció estática 
algunos instantes. De pronto se cubrió la cara con 
ambas manos y refugió en el regazo de D. a Justa. 

— ¡Ay, mamita, no sé lo qué tengo! — gimió. 

— Llorá, m’ hijita, llorá — musitó la china con- 
movida — . Yo sé lo que son esas cosas: lágrimas de 
almíbar, lágrimas de miel. ¡ Quién pudiera llorar an- 
sina tuita la vida ! . . . 




VIII 


E N el rancho de Casilda se bailaba todos los sá- 
bados, ya dentro, ya fuera de él, según el tiem- 
po y la cantidad de los bailarines. Los tertulianos 
traían la caña, la ginebra y el guindado. De tiempo 
en tiempo cesaba la música y las parejas se pasea- 
ban conversando por el patio, un espacio de tierra 
limpio de pasto y bien apisonado. Las hermanas de 
Micaela lo regaban a menudo para que no se fuese 
en polvo. Ella cuidaba las plantas que adornaban 
las sórdidas ventanas del rancho. Las flores sobre las 
paredes lóbregas, eran como la risa en el rostro en- 
lutado del Tizón. Aunque menor que sus hermanas 
tenía gran ascendiente sobre ellas, un poco por ser 
la más linda, inteligente, voluntariosa y honesta — 
en esto último las otras, que no lo eran, ponían una 
especie de punto de honor — y otro poco porque era 
la que entendía mejor a la madre, sorda y casi muda. 
Micaela les traducía sus guturales gritos y ademanes 


115 



CARLOS 


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sibelinos a las hermanas y los forasteros, que venían 
a consultarla. La vieja, alta, flaca, de ojos de lechu- 
za y boca desdentada, tenía sus puntas y ribetes de 
médica y adivina. Aseguraban que sabía predecir 
la suerte, indicar el rumbo de una hacienda robada, 
curar el mal de ojo y hacer, como nadie en el Tala 
Grande, bizcochuelo, queso criollo, chorizos, dulce 
de leche y mazamorra. Sólo Pancha le mataba el pun- 
to en las empanadas y los buñuelos. Aquel rancho no 
tenía ni había tenido nunca jefe. Casilda y sus cua- 
tro hijas lo hacían todo, desde el ordeñe hasta el 
amasijo. En los quehaceres domésticos la curandera 
mostrábase exigente y aun despótica. No admitía 
dilaciones ni rezongos. Si alguna de sus hijas mañe- 
reaba prorrumpía en desatentadas imprecaciones, 
que a ellas se les antojaban venidas del otro mundo. 
Fuera del gobierno de la casa, dejaba que cada una 
de las muchachas — así se llamaban ellas mismas a 
pesar de haber dos que habían pasado de los treinta — 
hiciesen lo que mejor les pareciera. Noviazgos y chi- 
coleos, risas y lágrimas, bailongos y farras, la vida 
afectiva y las costumbres licenciosas de su prole no 
la hacían mosquear siquiera. Los pretendientes y los 
amantes entraban y salían y ella parecía no verlos, 
ignorar su existencia; sólo de vez en cuando ponía 
la mano abierta cerca del suelo, y luego, irguiéndose 
y con el índice levantado, hacía signos de enérgica 


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EL GAUCHO FLORIDO 


negación, lanzando a la vez miradas fulminantes y 
airados gritos: 

— Guasch, nooh, ... — que quería decir "Gua- 
chos, no”. 

Cerca del rancho de las Gatas, así las llamaban 
por el óvalo gatuno del rostro y lo engatusadoras, 
corría el Caraguatá, un arroyito que hacía gorgori- 
tos como un sabiá. Ponían la gama de sus verdes en 
las orillas algunos árboles indígenas de los más fron- 
dosos y eminentes, que Dn. Fausto había prohibido 
hachar: sauces criollos, sombras de toro, viraros, 
coronillas. Allí lavaban la ropa y se bañaban las par- 
das. Eran muy aseadas y presumidas en el vestir. 
Siempre lucían lindos trapitos, uñas sin luto y la me- 
lena lustrosa. 

Les gustaba bañarse, caso raro entre el criollo 
hembraje. Por las tardes, concluida la faena, entre 
dos luces, iban tirándose de cabeza al agua. Como 
tenían lindo cuerpo, piernas finas, duros pechos, o 
simplemente por falta de pudor, no se recataban las 
unas de las otras, ni tampoco hacían gran caso de 
los transeúntes que, camino de la estancia, pasaban 
a corta distancia del otro lado del arroyo. Cuando 
era algún conocido, sumergidas en el agua, saludá- 
banlo con la mano, y si estaban en la orilla en ca- 
misa o en cuerpo ocultábanse sin apuro ni aspavien- 
tos entre los árboles o se arrojaban de nuevo al arro- 


cr^£) 117 (L-^ 



CARLOS 


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yo. Un torbellino, una zambullida y reaparecían en 
la superficie sacudiendo la apretada melena. Des- 
nudas tenían el color de las tarariras. Los paisanos, 
que las veían de pasada, sentían como una corriente 
eléctrica desde los pies hasta las raíces del pelo y 
en la retina les quedaba para siempre una imagen 
encantada. 

Los hombres del Tala Grande las querían bien, 
porque eran muy liberales y divertidas y nada apura- 
das para cobrar los lavados. Entre el mujerío goza- 
ban de menos simpatías, tildábanlas de alegronas en 
demasía a ellas y de escandalosos a sus bailes ... los 
más concurridos. A veces las parejas salían al terro- 
so patio y luego, platicando bajito, se alejaban y per- 
dían entre los árboles del Caraguatá. La gata vieja, 
sentada en un banquito fuera del rancho, fumaba, 
tomaba mate de leche y no veía nada o no que- 
ría ver. , 




— Disen que te vas a pasear por ai — le pregun- 
tó Micaela a Florido. 

— Mañana mesmo. Concluyeron las hierras y hasta 
el otoño no tropeamos. Me han dau unos potros 
pa’ domar; ya los he galopeau a todos y me voy a 
pasear con mi tropilla de redomones por delante. 


c — J) 118 



el gaucho florido 


— ¿ De rancho en rancho ? . . . 

— Ansinita mesmo; chineando los arrosino. 

Todos los años por aquella época sentía Florido 
la necesidad imperiosa de libertarse de toda sujeción 
e irse a gauchear. Le pagaban dos libras por cada 
potro domado. No era la apetencia de lucro el im- 
pulso que lo llevaba a caminar. Una especie de aura 
emigratoria, el ímpetu irrefrenable de sentirse abso- 
lutamente dueño y señor de su persona y cambiar de 
querencia por algún tiempo, lo impelía a vagabun- 
dear. Por otra parte, tenía muchas relaciones y le 
gustaba cultivarlas. En todos los ranchos lo veían 
llegar con el mismo júbilo que a la lluvia durante 
las secas. 

— Entonses a vos no hay por donde agarrarte, 
aunque te den cariño. . . y mate ’e leche. 

— ¿ Aquerensiarme con palabritas dulses no má? 
No, prienda, no las voy. Vos te crés que soy Sabana 
o Mansilla o Lusero o Juan. . . A tuitos los tené 
engatusaus y a ninguno le aflojás laso. ¿Querés en- 
tropillarme a mí tamién? 

— Con los otros no voy como con vos, y vos lo 
sabés. No tengo la culpa si se engríen sin rasón. 
Mira Juan, ¿cómo ha llegau figurarse, el pobre, 
que yo podía ser para él otra cosa que una güeña 
amiga ? 

Iban caminando hacia el Caraguatá, Zabana y 


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CARLOS 


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Mansilla marchaban delante con sus compañeras. 

• — ¡ Engatusarlos . . . !, mirálos no má. 

— Sí, andan prendidos con tus hermanas, pero te 
quieren a vos y vos les coqueteas. 

— Entonses no tengo perdón de Dios — y reía. 

• — Eso digo yo. 

— Estás errando feo la picada, rubio. Soy ansina, 
dada y dicharachera con todos, pero no hago nadi- 
ta por engatusarlos. ¿Te eres que mis hermanas iban 
a permitir que les jugase susio? No las conosés. . . 
Capases serían de curtirme a asotes. Pero están har- 
tas de saber que no quiero) seguir el camino de ellas ; 
hoy de éste, mañana del otro; yo sólo seré de uno; 
tengo hecha mi elesión. 

Y poniéndose muy grave y arrimándose más a 
él, continuó con los ojos verdes, de extraña lumino- 
sidad, clavados en el cielo rosillo de estrellas, pero 
claro : 

— Quiero a un gaucho má florido que un rosal, 
perol ese me despresea porque gusta de otra. 

— Te conosco mascarita y no te creo; si no hay 
pruebita no hay amor. 

— Tomá rubio — contestó ofreciéndole la boca, 
que él exprimió entre sus labios como una jugosa 
naranja. 

• — ¡ Mi chino ! . . . 

Parecía de fuego. Con los ojos revueltos y toda 


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el gaucho florido 


tremante, en un erótico chucho, se colgó de Flo- 
rido como de un árbol. Él la estrujó, medio con 
rabia, entre los brazos y sintió contra el suyo, de 
abajo a arriba, el cuerpo fino, flexible y tibio de 
ella. Sin cura de las parejas que los precedían, el 
rubio se dejó caer con su preciosa carga encima so- 
bre el mullido tapiz del pasto. Oyóse, en medio del 
temeroso silencio de la noche, desgarrada y sorda 
queja y después susurro de suspiros y besos. 

— ¡ Entonses habías sido ! . . . 

— ¿Qué te creías?; hasía ahitos que te estaba 
aguaitando. Y vos sin cosear siquiera. Y eso que en 
cuanto me agarrabas pa’ bailar me temblaban las 
carnes y me cubría de sudor. Naides veía nada, ni 
jnis hermanas, que son tan ladinas. Yo sólita con mi 
amor desde los quinse a los veinte, que tengo aura. 
En la. estansia tuitos me creían perdida dende que 
nasí. Y yo reservándome pa’ vos, en medio de las 
dosenas de paisanos que me han arrastrau el ala. 
Eso no estaba en tus libros, rubio. 

—No. 

— Y es ansina. 

La voz sonó de nuevo, grave y opaca. 

Juan y Lucero echaron a andar hacia el arroyo. 

— Mentí el otro día cuando te dije que no me im- 
portaba nadita de ella; la sigo queriendo a pesar de 
estar trensau con la hermana y de andar cortejando 


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CARLOS 


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a Pepa. Pa’ mí que me ha ligau como a vos mesmo, 
Sabana y Mansilla. Justina me asiguró que no ha- 
bía tenido enredo con naides y que sólo gustaba del 
rubio. Estamos frescos. ¡Y vos que te venías en fija 
con tu collar ! ¿ De’ ande sacaste que iba a entregarse 
a vos cuando nos saca el cuerpo a tuitos en cuanto 
nos queremos resbalar ? . . . Mucho “dentrá pa den- 
tro”, mucho “asientaté”, mucho “te voy a pegar ese 
botón”, pero de ái no pasa. A mí me lo dijo clarito 
no má. “Amigos, güeno, pero si pretendés otra cosa 
apuntá pa’ otro lau”. 

El pardo se le había dormido a la caña y estaba 
muy locuaz. Hablaba accionando, lo que no hacía 
nunca sino bajo la influencia del alcohol. Entonces 
se le desataba la lengua, y de noblote y retozón tor- 
nábase busca pleitos y avieso. Había pegado algunos 
tajos y tal cual chirlo en las pulperías del pago, y 
como casi todos los peones de la estancia tenía sus 
cuentas que arreglar con la justicia. 

— Yo créiba, mi invitaba a yerbear tuitas las no- 
ches ; me palmeaba en el lomo cuando le tráiba f ras- 
quitos de olor y pañuelitos bordaus del Paso, y me 
encargó el collar. Y yo se lo regalé no má. ¡ Cristiano 
sonso ! Pegué el tirón antes de pialar y me di contra 
el suelo. Me desía con esa vos de tersiopelo, que es 
una carisia : — “Juan, t’ estoy preparando una novia 
de mi flor”. Yo me sentiba morir de gusto, creyendo 


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el gaucho florido 


que era ella: mesma y luego resultó ser la negra Jua- 
na. Pa’ negros conmigo basta y sobra, ¡ qué pucha !. . . 
Y lo pior, hermanito, es que no me puedo sacar el 
laso. 

En otra ocasión Lucero se hubiera revolcado de 
risa, pero como estaba bramando en el mismo cepo, 
sólo preguntó: 

— ¿Y aura? 

— Y aura gemir en las estacas no má. Contra el 
rubio no voy a dir, contra el gusto de ella sería al 
ñudo; contra Sabana, Mansilla y vos tampoco. En 
este juego compriendo que soy la última carta, pero 
no el único refugau. Eso me consuela, ¡ seré desgra- 
siau!. Pero, ¿qué querés que haga en esta penca un 
negro jetón como yo? Comer cola. ¡Si yo tuviese 
mucha plata ! . . . La plata blanquea al más tisón. 

— La vieja Casilda sabe ande hay. . . enterrada. 
Me dijo Justina que pide sien patacones po’ el se- 
creto. 

En los ojos del negro hubo como una iluminación. 

Regresaron ansiosos, plenos de extraña zozobra, 
como trayendo de arrastro un misterio. PocO des- 
pués llegaron Florido y Micaela, y más tarde Zaba- 
na y Mansilla con sus compañeras. Los músicos se 
habían ido ; de los tertulianos sólo quedaba Barranca 
Abajo. Se había dormido en un rincón abrazado a 
su tranca. Micaela no ocultaba su contento. Los ojos 


125 



CARLOS 


R E Y L E S 


lumbrosos eran ascuas y en las mejillas le florecían 
dos rosas. Sin pudor ni malicia, naturalmente, se 
pegaba a Florido y le mordía los labios. Pero como 
las hermanas hacían lo mismo con sus novios — los 
llamaban así — nadie protestaba, salvo Juan, que no 
tenía palo en que rascarse. 

— Avisen ... — exclamaba de vez en cuando, y 
salía a la puerta y respiraba hondo. Por el alma, re- 
gocijada y blanca, le pasaban impulsos e ímpetus ci- 
marrones, jamás experimentados, que surgían de 
ciertas regiones profundas y recónditas del ser, inex- 
plorables para el pobre Tizón. 

Micaela salió y tornó a aparecer con dos botellas. 

— Aura invitamos nosotras. Guindau y ginebra. 

Puso una mesita en medio de la pieza y se senta- 
ron en torno. Barranca entreabrió los turbios ojos 
y estiró la manaza. 

— Pa’ mí ginebra; eso sienta la caña. 

— Mi compadre ni durmiendo pierde el rumbo. 

— No hay que darle güeltas; estoy mamadaso, 
pero sé andar mamau sin toparme con la gente. Nai- 
des me vido nunca gambeteando ni cáido. ¿No es 
ansina? Ponéme, rubio, una baraja delante o sacó- 
me cuchillo y verás si se me aclara la vista. Así se- 
rnos los gauchos del tiempo viejo. Otro vasito, vamo 
a darle gusto al gañote. Las chinas se las regalo; 
pa’ mí la ginebra. Un día de vida es vida, ¡qué pu- 
cha ! . . . 


124 



el gaucho florido 


Siguieron bebiendo y charlando; mujeres y paisa- 
nos estaban entre dos luces. De tiempo en tiempo 
una de las muchachas salía del rancho y le alcanza- 
ba a la vieja un vasito de guindado. Apurábalo de 
una empinada, limpiábase la boca con el revés de 
la sarmentosa mano y seguía fumando. A las cua- 
tro botellas siguieron otras. Juan, con una en la 
mano, se sentó al lado de la curandera. La enten- 
día a medias y le buscaba la lengua porque quería 
saber algo, algo que le trotaba por el magín; pero 
ella, de pronto, lo miró de un modo enigmático e 
hizo un gesto negativo. Entonces el negro le dió a 
entender sus deseos; quería que le echase la suerte. 

• - " 4 

La bruja se levantó del banco, como despedida por 
un resorte, y le hizo señas de que la siguiera. A pesar 
del bebistraje caminaba sin dar traspiés y muy ergui- 
da. Era más alta que su hijas, todas de distinto pa- 
dre, pero muy parecida. Heredaban de la madre el 
cuerpo flaco, elástico y de pechos erectos, los ojos 
claros, ya amarillosos ya verdes, y el óvalo felino del 
rostro. Entre las chinas y las negras de la estancia, 
petizonas y pulpudas, parecían de otra raza. Sólo 
Mangacha las igualaba en esbeltez, sobrepujándolas 
en hermosura. 

— Me van a echar las cartas; vengan a ver. 

— Ya sabemos lo que te va’ desir. 

— Lo que inoran es el secreto de la plata enterra- 


— s> 125 <L — i 



CARLOS 


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da — exclamó Lucero. — Cuando muchacho oí el 
rum rum. Desían que había que sacarla d’ entre unas 
osamentas y naides quiso averiguar el sitio ni co- 
rrerla. El secreto vale sien pesos. 

Los ojos de los gauchos chispearon, las enérgicas 
cabezas se irguieron, crujieron las sillas. 

— ¿ El qué ? . . . — preguntó Florido incrédulo. 

Lucero confirmó lo que había dicho. 

— ¿Es verdad o cuento ’e vieja? — interrumpió 
el rubio dirigiéndose a las pardas. 

Éstas palidecieron y contestaron afirmativamente. 

• — ¿Y ande es? 

— Sólo ña Casilda lo sabe. ¿Vamo a correrla en 
penca? — propuso Juan. 

— Vamo. . . veinte pesos má o menos aura que 
estamo platudos, grasias al gateau ... — argüyó 
Mansilla. 

Los troperos se incorporaron después de vaciar las 
copas. Micaela le susurró al oído a Florido: 

— No vayas, chino querido. Es cosas de duendes 
y ánimas en pena. 

—¿Y d’ ai?... 

Entraron en el cuarto contiguo. La curandera 
estaba sentada frente a una tosca y retacona mesa. 
En la pared, detrás de ella, veíase una virgen entre 
dos velas encendidas. De las alfajías colgaban mu- 
chos manojos de yerbas secas, varias vejigas de ove- 


126 



el gaucho florido 


ja con grasa de lagarto y venado y un montón de 
plumas de avestruz atadas, que servían de plumero. 
Sobre la cama, una tarima no muy ancha, con col- 
chonete de crin y sábanas blanquísimas, se acomo 
daron los troperos afectando tomar aquello en bro- 
ma, pero en el fondo crédulos y curiosos. Juan ocu- 
paba un banco frente a la mesa. Las cuatro mozas 
se colocaron detrás de la sibila; los rostros encendi- 
dos por extraño fulgor parecían fanales iluminados 
por dentro. 

Aquélla se puso en el rugoso cuello un rosario de 
morrocotudas cuentas. Luego cerró los ojos y sus 
labios empezaron a moverse de prisa. Oraba. Los so- 
nidos guturales se oían apenas; diríase que venían 
del exterior y se le metían como ratones en la cueva 
de la boca. 

— Corth . . . 

— Cortá, Juan — tradujo Micaela. 

El negro cortó. La vieja dejó caer el mazo desde 
cierta altura y salió el as de espadas. 

— Maah. . . 

— Las manos. 

Juan le tendió las manos abiertas palmas arriba. 

La curandera las escudriñó fijamente, absorta, 
mientras su ceño se iba arrugando. Después le metió 
los ojos claros en los ojos negros y de repente lanzó 
un grito y escondió la cabeza entre los brazos. 


127 



CARLOS 


R E Y L E S 


— ¡Güé!, ¿qui hay? — interrogó Juan. 

— No quiere desirte. 

— Entonses es feasa la cosa. . . — y sintió que le 
faltaba la respiración. 

Hubiese querido echarlo a broma, pero la risa no 
quiso salirle. “La ginebra y el guindau me están co- 
seando”, pensó. 

— Vení, jugale risa no má. ¿No ves que la vieja 
tiene un peludo machaso? — le dijo el rubio al 
oído — . Verás lo que me v’ a desir — y ocupó el 
asiento del negro, que enderezó hacia la tarima tam- 
baleando. 

Las mujeres se inclinaron para ver las manos de 
Florido, cortas y fornidas como garras. La bruja 
levantó la cabeza. La pelambrera revuelta y la mi- 
rada hosca le daban un aspecto medusino. Resultaba 
impresionante, aun para aquellos gauchos crudos y 
curtidos. Lo miró. Esta vez los ojos de lechuzón no 
pudieron domar la fría y líquida mirada de los ojos 
azules. 

— ¡ Muleteh, santeh ! . . . — y siguió gesticulando. 

— Mucha sangre — tradujo azorada Micaela. 

— Será de degollar capones — retrucó el rubio 
soltando su rotunda ^carcajada. 

— Vida larga ... a monte. Chinas ansina — y Mi- 
caela mostró los dedos juntos. 

— Eso sí me gusta, pero vamo a lo serio. Y la 


128 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


plata, ¿ande está? Si garante volcamos los sintos; 
el resto es cuenta nuestra. ¿No es eso, caballeros? 

Los hombres se irguieron y apretaron alrededor de 
la mesa. Por la sórdida habitación pasó como un so- 
plo de tragedia. La vieja, después de enterada, afir- 
mó enérgicamente. 

— La plata está enterrada en la Tapera de los 
Duendes — continuó traduciendo Micaela. 

La llamaban así porque se decía que en las ruinas 
de la que fué vivienda del caudillejo Saldada, asesi- 
nado con toda su familia por los blancos, se oían 
ruidos insólitos y veían luces malas. Quedaba en un 
escondido rincón del Potrero de las Casas. Nadie 
pasaba por allí y menos de noche. Saldada era uno 
de los intrusos que Dn. Fausto encontró en el campo 
al adquirirlo. Como había hecho con otros no lo qui- 
so desalojar, y le dejó tener un rodeito tambero y 
una puntita de ovejas criollas. A los tres hijos les 
dió trabajo en la estancia. Cuando la partida de fa- 
cinerosos exterminó la familia el patrón no estaba 
en el pago. Pasaron los años. Un día, de vuelta del 
campo, al entrar el sol, se le ocurrió visitar la Tapera 
con la idea de calcular los postes y los piques que 
necesitaría para alambrarla. Abrojo y Barranca, que 
lo acompañaban, intentaron disuadirlo, pero él se 
encogió de hombros y siguió adelante. 

— Patrón, lu acompañamos hasta los mesmos in- 


. 129 



CARLOS 


R E Y L E S 


fiemos, pero ai no. Con los dijuntos no hay que 
jugar. 

— Está bueno, vayansén para las casas. 

Ansiosos lo esperaron a respetable distancia. Don 
Fausto se apeó, dió unas cuantas vueltas por la Ta- 
pera , alzó un poquito la tapa que cubría el agrietado 
brócal de la cachimba y pudo ver el fondo lleno de 
huesos y despojos de ropas. Se quitó el sombrero y 
estuvo allí parado algunos minutos. Cerró la noche 
húmeda, retinta y calurosa. Don Fausto montó y se 
alejó al tranco. Las orejas y el hocico del caballo 
despedían efluvios de luz. Cuando lo vieron venir 
con aquella iluminación Abrojo y Barranca salieron 
matando. 

El patrón siguió al paso. Al subir la agria cuchi- 
lla, en cuya cúspide se levantaba el caserío, las luces 
desaparecieron. 

Les entregó el caballo a los dos hombres para que 
lo desensillaran. Aquellos criollos, capaces de cual- 
quier fechoría y habituados a arriesgar el cuero, 
temblaban. 

— Qué cuentitas tendrán que arreglar con los di- 
funtos y las ánimas para tenerles tanto miedo — ex- 
clamó riendo el patrón — . Dos serros disparando; 
nunca he visto cosa tan fea. ¡ La gran flauta ! . . . 

— Lo que no vido él — argumentó Barranca bajito 


130 



el gaucho florido 

mientras Dn. Fausto se alejaba — jueron las luses. 
De juro iba segau. 

— Dejuro, pero tamién es sierto que juímos como 
sorros perseguidos de serca por los perros y que no 
debíamos haber juído y meno acompañándolo. ¡Jué 
pucha, resién me está dentrando rabia ! Es la prime- 
ra ves que juyo, ¿y vo? 

Barranca se rascó la cabezota. 

— De las luses malas he disparau tres veses con 
ésta. Si se presienta otra ve el caso, qué querés, ne- 
gro, güelvo a disparar. Y no es miedo de morir, 
es. . . 

Abrojo, luego de reflexionar, confesó: 

— Y yo lo mesmo. 

Con aquel suceso la mala fama de la Tapera su- 
bió de punto y floreció en supersticiosas leyendas. 

— En la cachimba echaron a los muertos, tuitos 
degollaus. Saldaña, malisiando que le iban asaltar el 
rancho en cualquier rigüelta, teniba escondida en la 
cachimba una olla con la plata y adema el anillo de 
tapita de la finada. Allí está tuito debajo de los hue- 
sos. El hombre que le ponga ese anillo a una mosa 
en el dedo del corasón la hará suya pa’ siempre y 
lo seguirá como una perra alsada. 

Micaela, como hipnotizada, interpretaba los gritos 
descompasados de la madre. Tenía los ojos muy 
abiertos, los labios convulsos. Las hermanas solloza- 


151 



CARLOS 


R E Y L E S 


ban sin saber por qué. Los gauchos oían torvos sin 
demostrar sino fiereza, aunque se tratase de arreba- 
tarle su tesoro a la única cosa que podría dar al tras- 
te con su machismo y desamor del pellejo: los 
muertos. 

En el fondo experimentaban vago y supersticioso 
temor y un ímpetu de valentía que lo refrenaba y 
los impelía a desafiar las cóleras del otro mundo. 
Las palabras de la airada bruja parecían imprecacio- 
nes. A todas luces creía en sus anuncios y les daba 
terrible sentido. Un murciélago entró a la pieza, y 
después de trazar en el aire algunos intrincados ga- 
rabatos, se fué. Las mozas prorrumpieron en gri- 
tos; la vieja permaneció impasible, los codos apoya- 
dos sobre la mesa, las manos entrelazadas debajo de 
la prominente mandíbula. 

Zabana dejó caer el puño cerrado sobre la mesa, 
lo que hizo saltar la mugrienta baraja, y amenazó: 

— Si miente ... — y se pasó el dedo índice por 
el cuello. Las miradas de él y de ella se sacaron chis- 
pas — . Y áura vamo a correrla. 

— Vamo, vamo. . . 

En la sala bebieron otra limeta ; carraspearon fuer- 
te y partieron. Iban tan resueltos que las Gatas no 
intentaron siquiera hacerles ninguna objeción ni me- 
nos comunicarles los lúgubres presentimientos que 
las embargaban. 


152 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


Barranca seguía roncando. La gorgona se acostó. 
Las hijas permanecieron donde estaban, silenciosas 
y compungidas como en un velorio. Desde la puerta 
Micaela los veía alejarse. 

— Güelvan prontito — les gritó. 

— Aurita no má, si Dios quiere — respondió Flo- 
rido. 

Lucero iba rezongando. 

— A mí tamién me vió el otro día las manos colo- 
radas y a vos lo mesmo, Mansilla. Siempre anunsea 
cosas fierasas. ¿Coloradas?, será de antes; el que 
má el que meno . . . ¡ Que la tiró ’e las patas ! 

La Tapera distaba unas cinco cuadras del rancho. 
Los troperos avanzaban despacio, la cabeza pesada, 
las piernas flojas. Juan traía una botella en la mano 
y de vez en cuando le daba un beso. A veces le pare- 
cía que el corazón se le paraba. “Asustau no voy, se- 
rá la bebida”, decíase. 

— Vamos a levantar la tapa y echar güesos ajuera 
con cuidau — propuso Florido así que estuvieron 
junto a la cachimba, convertida por los antiguos mo- 
radores de la Tapera en pozo forrado de ladrillo, 
una hiladas verticales, otras trasversales. 

Los tablones estaban podridos y gimiendo se hi- 
cieron pedazos. 

— Paresen quejidos de los di juntos — musitó el 
negro. 


133 



CARLOS 


R E Y L E S 


— A los diablos los di juntos; si no andamos pronto 
no concluimos antes de aclarar — exclamó Mansilla. 

— No sea hereje. Es de malos cristianos insultar 
a los muertos. 

— Apuesto a que mi aparsero tamién les tiene 
reselo. 

— Reselo. . . ni a los vivos ni a los muertos, pero 
sé respetar — contestó Florido reposadamente — . Se- 
rnos pobres, aquí hay plata enterrada sin dueño, va- 
mos a desenterrarla y repartirla. Con eso no ofende- 
mos a naides. 

— Rasón. . . 

Metieron los brazos dentro de la cachimba, pero 
no pudieron alcanzar los huesos. Prendieron un fós- 
foro y los vieron amontonados en el fondo. 

— Tenemos que dentrar — observó Zabana, y vo- 
liando la pierna por encima del brocal se dejó caer 
sobre el hueserío. . 

Lo mismo hicieron el rubio y Mansilla. Juan y 
Lucero los alumbraban con astillas encendidas. Al 
principio anduvieron con cuidado, pero luego, de- 
seando inconscientemente concluir cuanto antes, arro- 
jaban fuera sin ningún miramiento los despojos, los 
huesos, los cráneos, como si fueran osamentas de 
animales. Aquella tarea macabra, lejos de amilanar- 
los, los enardecía. Las lumbraradas de los tablones 
ardiendo les enrojecía la cara y las manos. Juan era 


134 <L^> 



EL GAUCHO FLORIDO 


el único que veía tales cosas. No las tenía todas con- 
sigo porque era supersticioso. Por otra parte apenas 
podía tenerse en pie. 

“Y ellos serení to no má, lo mesmo que si apalea- 
sen langosta muerta”, se decía. “No se miran, no se 
ven. ¡Pucha que están fieros! Se me hase que an- 
dan judiando otra güelta a la familia. Disen que 
Saldaña, los hijos y hasta las hijas hisieron la pata 
ancha. ¡Lindo no má! Tenían un trabuco solo. La 
mayor de las muchachas, según Abrojo, lo cargaba, 
defendida por los suyos ; dispués se lo metía algunos 
de aquellos bárbaros en la mesmísima jeta y lo daba 
güelta. ¡Ah, china! Micaela debe de ser ansina. ¿Y 
por qué no habrá querido desirme la sorda lo que 
vido en mis manos ? Y en las de mi compadre mucha 
sangre. Dende aquí se las veo clarito. Estoy soñando 
o las tiene bien coloradas. ¿Será la tranca? Y mi 
hermano Lusero presensea esta judiada, porque lo es, 
a mí que no me digan, tranquilo viejo. Ni pesta- 
ñea”. 

— Dejáte de hablar solo y alumbrá — -le dijo Luce- 
ro — . En cuanto te descuides le vas a dar a alguno 
con el tisón por la cabesa o te vas a dir vos mesmo 
de narises. ¿No tenés miedo que se te queden má 
chatas ? 

— ¡ Hermanito ! . . . , los estamos judiando. Tomá 
un trago. 


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CARLOS 


R E Y L E S 


Después tornó a volcarse la botella en el abrasado 
gaznate. Tenía los ojos revueltos, el rostro demacra- 
do y la negra piel como cubierta por tenue capa de 
polvo blanco. 

Ya habían sacado casi todos los huesos y la olla 
no aparecía. Con los cuchillos empezaron a hurgar 
el fondo cenagoso de la cachimba. De pronto Za- 
bana se detuvo. 

— ¡Aijuna!, aparesió el dulse ’e leche. No min- 
tió la vieja. Aquí está la olla. 

Juan sintió un escalofrío. “Si sigue asertando es- 
tamos amolaus”, pensó. “¿Pa’ qué me habré metido 
en esta california? Y era yo el má entusiasmau. Ne- 
gro bobo, ¿ querías farra ?, ahí la tené. Aura agarróte 
Catalina que vamo a galopiar. Y mi caballo aplastau”. 

Escarbando a prisa, como los peludos, hicieron 
un hoyo en la tierra y la olla quedó a la vista. 

— ¡La gran flauta que pesa! Como no sea puro 
barro — exclamó Florido, y metiendo la mano la re- 
tiró llena de lodo mezclado con onzas, libras, cóndo- 
res y plata boliviana. 

Olvidándose de los difuntos se pegaron unos ma- 
notazos de contento y rieron ruidosamente. 

— Tomá, Lusero — dijo Zabana levantando la olla 
en alto — . Agarrala del asa y afírmate, porque pesa 
una barbaridá. 

Ayudándose unos a otros salieron de la cachimba. 


136 



EL GAUCHO FLORIDO 


Tizón quedó apoyado en el brocal. Apenas estuvieron 
fuera una luz de rojos bordes y centro azul verdoso 
corrió por el alambrado que cerraba la Tapera y po- 
só en la cabeza del negro. Florido permaneció quie- 
to; los otros, sin ver otra cosa que el globo de fue- 
go, retrocedieron y se dispersaron echando mano a 
las dagas. La luz se vino sobre Lucero, que peló la 
suya y de huida, tambaleando, le tiró una puñalada 
para sacársela de encima. Apagóse el globito. Otra 
mayor surgió bailando frente a Florido. Sin más éste 
empezó a menearle punta y hacha. 

— ¡ Abrite, abrite ! . . . 

— Dale cancha . . . 

— ¡Cristiano bárbaro! ¿no ves que es un ánima 
en pena ? . . . — le gritaban sus compañeros mientras 
la luz seguía bailando delante del rubio. 

— Si tuviera cuerpo la pena se la sacaba yo. No 
juyan, no sean ladeaus. No ven, ya se apagó; si 
son jueguitos al cuete no má. Dise el patrón que no 
le hasen mal a naides. Vengan a enterrar el huese- 
río. Eso si quieren los dijuntos. 

Sus compañeros se acercaron resoplando. De pri- 
sa empezaron a echar los despojos y los huesos a la 
cachimba. 

— Vamos a enterrarlos como la gente y quedamo 
bien con Dios y con los muertos — propuso Lucero 
con alcohólica gravedad. 


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CARLOS 


R E Y L E S 


— Ansina me párese. 

Apenas lo empujaron un poco el brocal se derrum- 
bó y el pozo quedó tapado. 

Se dispusieron a partir. Zabana y Mansilla aga- 
rraron la olla por el asa, para llevarla entre los dos. 

— ¿Y Juan? — preguntó Florido. 

Lo llamaron y buscaron inútilmente. 

— Siguro, cuando aparesió la lus emigró el negro 
con el peludo a cuestas. Pa’ mejor tenía un naco bár- 
baro ... Se lo llevaba hablando solo de ánimas y 
judiadas. Como pa’ buscarlo ’tá la noche sebruna. 

— Yo lo vide salir campo ajuera gambeteando. 

— A estas horas ’tá de güelta en los ranchos. 
Vamo. 

— Vamo. . . allí nos repartimo la plata y tiramo 
el anillo a la suerte. 

— ¿Y estará? 

— De juramente, la vieja no erra. 

Lucero pensaba más en el anillo que en el dinero. 
Las cuatro hermanas no se habían acostado. Sin 
asombro ninguno ni alegría vieron llegar a los tro- 
peros con la olla. Eran muy supersticiosas; creían 
en los menjurges y las brujerías de la vieja y expe- 
rimentaban extraña desazón. Los gauchos se senta- 
ron en el suelo, volcaron la olla y empezaron a hacer 
montoncitos de oro y plata. Sólo el pardo siguió be- 
biendo. A los otros les había entrado una especie de 


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EL GAUCHO FLORIDO 


angurria de dinero, inaudita en quienes nunca mani- 
festaron por él mayor apego. 

— Aura sí, con ésto y las ganansias del gateau y 
juntando podemos salir de pobres. 

Encontraron el anillo de tapita sin que les parecie- 
ra tan extraordinario hecho algo maravilloso, al con- 
trario, todo les resultaba naturalísimo dentro del pla- 
no sobrenatural en que se iba desarrollando aquella 
increíble cuanto estrafalaria aventura. Justina se ha- 
bía hincado junto a Lucero y alumbraba la repartija 
con una vela de sebo. De puro pálida parecía blanca. 
Sus ojos, desmesuradamente abiertos por el terror, 
no podían apartarse de las manos del pardo. 

— Había tenido cuerpo el ánima — insinuó Mansi- 
11a entre burlas y veras — . Tenés las manos bien colo- 
radlas. 

Lucero se miró las manos, iba a mirar las de sus 
compañeros cuando Justina dejó caer la vela y cayó 
ella misma hacia atrás. Florido aquietó el ánimo de 
las atribuladas pardas diciendo tranquilamente: 

— Todos las tenemo lo mesmo; barrito colorau 
no má. 

— A vos no te asustan sombras. 

— No soy matungo espantadiso. 

Tiraron el anillo a la suerte y le tocó al rubio. 
Lucero lo miró torvamente. 


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CARLOS 


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— Se lo juego, compadre, contra sincuenta pataco- 
nes. ¿A que no aguanta? 

— Aguanto, cara o crus, pa’ andar ligerito. 

Ganó Florido tres veces. El pardo, furioso, mano- 
teó el anillo y abalanzándose sobre Micaela intentó 
ponérselo de viva fuerza. Florido se interpuso ame- 
nazador. 

— Respete, compañero; esa no es su china. 

— Mía ha de ser a las güeñas o las malas — rugió 
el pardo, y sin más, en un abrir y cerrar de ojos, sa- 
có la daga y le tiró una feroz puñalada. 

Le sacó el cuerpo, dando un salto de costado y es- 
condiendo la barriga, y con la diestra de filo le ases- 
tó tan fuerte golpe en la nuca que lo tumbó, la cara 
contra el piso. 

— Vean lo que es la bebida, y me tiró a partirme 
no má — , asegúrenlo, de no voy a tener que chu- 
searlo. 

No hizo falta. Micaela se abrazó al rubio y tornó 
a morderle los labios. Cuando salieron del rancho 
venía aclarando. Zabana y Mansilla tomaron el cami- 
no de la estancia. 

— Esta güelta se alsó d’ adeveras la lindura de la 
casa. ¡ Cristiano potroso ! — exclamó el último. 

— Ansinita mesmo. Y es esa la que, de alma, nos 
gusta a todos. ¿Nos habrá ligau? Tiene má artima- 
ña que la vieja. A mi cuñau lo va a dejar de cama. .. 


c — .¿> 140 



EL GAUCHO FLORIDO 


como a nosotros. Hasta el pobre Tisón cayó en la vol- 
teada. ¿A vos te aflojaba laso? 

— Sí, carisias, restregones ; es engatusadora que no 
tienf yunta, pero cuando iba a pegarle el tirón se 
sentaba fiero y me asiguraba que sólo quería amistá. 

— Lo mesmo hiso conmigo y me largó a Dorila, 
y Justina a Lusero, y a vos Clara, que es la más ba- 
rrosa; tuitas lindonas, liberales. . . pero Micaela tie- 
ne el diablo en el cuerpo. 

— Un día la aguaité en el lavadero, escondido en- 
tre los sauses. Cuando la atropellé en fija ¿quedrás 
creer que sacó de entre la piedras la cuchilla de cue- 
rear y se me vino al humo ?, y me hiso recular no má. 

— Mirála, ¿has visto vos besar ansina alguna ves? 
Si da calor. 

Florido y Micaela se dirigían de nuevo al arroyo. 

— Vamo a rematarla bañándonos juntos, ¿queré, 
mi negro? 

— Ya está. 

Mansilla argüyó: 

— No, al rubio no lo deja mirando las estrellas. 
La que le gusta a él es Mangacha. Esa pa’ quererla, 
la otra pa’ el pintoresco. Pero si en cada rancho tie- 
ne una chinita, meta suspirar. A mí me dijo : “Atro- 
pellá; si te hase caso te abro el pingo”. Y a Juan le 
hasía gancho. Es güen gaucho. 

— De ley. 


141 



CARLOS 


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— Pero potroso con las chinas que da dentera. Yo 
soy bastante suertudo y vos má tuavía. Pero ande 
dentra el rubio a tallar, apagá y vámonos. ¿Qué les 
dirá? 

— Ya sabés su versito: 

“A la primera las beso. 

“A la segunda las rindo. 

“A la tersera ... si te vide no me acuerdo”. 



IX 


M IENTRAS Florido, muy paquete y gozoso, 
canturreando décimas y relaciones, cruzaba 
campos y más campos, una flor en la boca, la tropi- 
lla de redomones por delante, comentábase en las 
cocinas de la estancia, con minucia y grande copia de 
reflexiones, las extrañas aventuras de la noche ante- 
rior, lo que las gentes dieron en llamar la farra gran- 
de de los troperos. Era el tema obligado de las char- 
las junto al fogón. Las conjeturas con adobo de su- 
perstición salían de las bocas, rebotaban en las enne- 
grecidas paredes, se reforzaban y entenebrecían den- 
tro de las campanas de los fogones, cubiertas de 
espeso hollín, y caían en medio de las reuniones como 
resonancias del otro mundo. 

Después de dormir tres o cuatro horas Lucero se 
levantó con la cabeza dolorida, el espíritu revuelto y 
entre las cejas el clavo de una idea fija. En vano in- 
tentaba atar cabos y comprender. A veces no sabía 


145 



CARLOS 


R E Y L E S 


si continuaba soñando o estaba despierto; si seguía 
encerrado en el manicomio de la caña o estaba en sus 
cabales. Hosco y ceñudo yerbeaba en un rincón de 
la cocina, pardo sobre pardo, casi fundida la silueta 
obscura en la sombra mulata de los muros. Pancha 
lo sermoneaba. 

— ¿No vido a Juan? — interrumpió de pronto sin 
mirarla. 

— Dejuro está durmiendo el peludo caído por ai. 
Habían sido bárbaros y herejes, ¡la pindonga! Si lle- 
ga a oídos de Dn. Fausto . . . En cuanto se anotisé 
Ramón le lleva el chisme. ¿Ya vos qué te dió por 
meterle a la juersa el anillo a Micaela? Y pa’ mejor 
la remataste tirándole una puñalada a Florido, a tu 
compadre. Rubio desalmau, haserle la pata ancha a 
una lus mala. ¿No sabe que son ánimas en pena? 
Sabana y Mansilla me contaron. Taban mamaus y 
asustaus tuavía. Dispués cayó el rubio, ya pronto pa 
dirse, fresco y rosau como un amaneser. Tá má güen 
moso de bigotito, sólo ansina le gusta a Mangacha. 
Tomó unos mates y salió. Quise retarlo al ñudo. Se 
réiba. No cree en ánimas ni aparesidos. Pero creyó 
en la vieja, ansina son los hombres, y por eso jué 
a sacar la plata de debajo de los muertos. Mal nego- 
sio. Verás vos que la cosa v’ a tener cola. Sabíamos 
los viejos la historia de la Tapera, pero lo de la pla- 


144 



EL GAUCHO FLORIDO 


ta y el anillo ... Y asertó la sorda. ¿ Será divina de- 
recho viejo? ¿Qué desís vos? 

El pardo no respondió. Tenía la bombilla en la bo- 
ca y los ojos clavados en el suelo. 

— Yo que el patrón le quemaba el rancho y la echa- 
ba campo ajuera. Que cura el mal de ojo, el daño y 
otras cosas mirando el frasquito de las aguas, es 
verdá. Puedo atestiguar. Al mesmo Dn. Fausto, que 
no me dejaría mentir, lo curó de la paletilla cáida. 
Por eso, dejuramente, le perdona las brujerías. No 
hase mal a naides, ’tá por verse. Pa’ mí qué tiene 
tratos con Mandinga, y eso a la corta o la larga, 
jum. . . ¿Vos qué pensás? 

Nuevo silencio. Pancha miró a Lucero fijamente : 
“Éste ’tá asustau”, se dijo, y siguió pelando las pa- 
pas y dando vuelta los choclos que asaba sobre las 
brasas, ensartados por la punta más ancha en dos 
palitos. 

Pegó la hebra, le gustaba prosear. 

— Los dotores la erraron fiero. El patrón volvió 
del pueblo má flaco y amariyo que jué. No había 
que haserle: el hombre se diba barranca abajo. Ta- 
bamos esquilando. Casilda se pelaba ochenta ovejas 
por día y eso que estaba preñadasa. Una tarde la 
atropellaron los dolores. Se largó pa’ el arroyo lige- 
rito. Me párese que la estoy viendo caminar apretan- 
do las piernas. Vaquianasa la mosa, porque era mosa 


10 


£ 5 145 



CARLOS 


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lindona, larga y derecha como una caña, pero bien 
empulpadita. Parió, bañó a la criatura, se bañó ella 
mesma y al otro día ya estaba en la cancha con el 
guacho, meta tijera. . . Don Fausto, caminando con 
bastón, se asercó pa’ preguntarle como le diba dien- 
do. Casilda, como quien hunde lesnas en el tarrito 
de la grasa, lo miró. Mirada dura de mujer. Le estiró 
los brasos y le hiso ver que tenía uno má largo que 
otro. La paletilla cáida. Por señas y bufidos le dió 
a entender que lo curaba. Salieron pa’ el escritorio 
y ai no má lo colgó del marco de una puerta; forse- 
jeó hasta igualarle los brasos y dispués le puso un 
parche poroso en el pecho. Y santas pascuas. El hom- 
bre empesó a engordar lindo y parejo. Pero de aí 
a divinar . . . 

Reflexionó algunos instantes, y luego, observando 
a Lucero como si quisiera escarbarle los sesos, pre- 
guntóle : 

— Y en lo de las manos coloradas, ¿ asertó tamién ? 

Lucero instintivamente se miró las manos, olvi- 
dándose que se las había lavado. 

— Tan limpias. 

— A ve la daga. 

El puño de plata parecía incrustado de rubíes. 
Lucero se pasó la mano por los ojos : “¿Estoy soñan- 
do tuavía?”, preguntóse, y los abrió cuanto pudo. 


<rv¿) 146 



EL GAUCHO FLORIDO 


— ¡ Dios nos asista ! — exclamó la negra mientras 
el corazón le corcoveaba dentro del pecho. 

— ¿Lo chusé a mi compadre? 

— De ande, te sacó el cuerpo. 

— No compriendo — . Hizo un esfuerzo de memo- 
ria y agregó arrastrando las palabras — : Ayer lo 
ayudé al casero a carnear, pero con la cuchilla d’ él. 

— Dame. 

Pancha se persignó, le hizo la señal de la cruz a 
la daga y lavóla en agua caliente. La respiración 
acelerada le hacía subir y bajar los disformes globos 
de los pechos y temblar las pupilas. Se inflaba y des- 
inflaba como un fuelle. El pardo la miraba impasible ; 
su mirada turbia no traducía ni atisbos de inquietud, 
a lo sumo una vislumbre de asombro. 

— No compriendo, no compriendo nadita. . . — 
seguía murmurando. 

Las ideas se le embrollaban cada vez más. No po- 
día discernir distintamente los recuerdos reales de los 
embrujos del alcohol, lo sucedido y lo imaginario, y 
quedó como entontecido en su rincón. Le dolía la 
cabeza, de frente nudosa y estrechísima, puerta en- 
tornada por donde no debía de entrarle a los sesos 
mucha luz. Pancha le puso en las sienes unas re- 
banadas de papas y cesó de hacerle reproches, aun- 
que la impavidez del pardo la tenía irritada y con ga- 


147 



CARLOS 


R E Y L E S 


ñas de darle de sartenazos para sacarlo de su frial- 
dad y ponerlo al diapasón emotivo de ella. 

— Florido me dejó, para que te hisiera entriega, el 
resibo de la platita tuya que depositó en la pulpería. 
Nunca pensó quedarse con ella; te asetó el invite 
para darte gusto y evitar la camorra que vos anda- 
bas buscando. Ansina mesmo le tiraste una puñalada ; 
güeno, mejor es no hablar. Las cosas quedan como 
antes de la jugada: la plata es tuya, el anillo de él. 
Salís ganando el siento por siento. Ai ’tá el papel, 
venga el anillo; a vos sólo te iba a servir p’ haser 
algún barro grande. 

El pardo lo sacó del cinto y, sin mirarlo, se lo en- 
tregó a Pancha. 

Entraron a la cocina Saldivia y Barranca. Pan- 
cha, cuya curiosidad era sumidero que no se llenaba 
nunca, aprovechó la coyuntura para seguir sus inda- 
gaciones sobre los sucesos de la noche, e hincarle, 
de paso, el diente al tema escabroso de las luces ma- 
las y los aparecidos. Saldivia relató algunos casos 
muy curiosos que él había presenciado, casos impo- 
sibles, estrambóticos, pero en los cuales creía a pies 
juntos. Después habló de las curas y adivinaciones 
de la sorda Casilda. 

— A mí me curó el mal de costau, es verdá, y en 
las divinansas, sea como sea, siempre me pegó en la 
matadura. Disen que tiene una crus en el paladar.. 


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EL GAUCHO FLORIDO 


Yo no se la vide, pero creo. Soy vejancón, he cami- 
nau mucho y sé que tuito pue ser y que en este mun- 
do hay que estar bien hasta con los duendes. 

La negra y Barranca lo escuchaban absortos. Lu- 
cero no oía u oía sin oir. 

— Cuando me daba las friegas le sudaban las ma- 
nos que era una temeridá. Ansina me diba sacando 
el daño. Trabajaba juerte la vieja. Y encaprichada, 
¡pucha digo! Una ves, que no podía pararme los 
dolores, pegó un grito, se vino al suelo y dentro a 
patalear. Y entonses se me jueron. Si, señor, es ver- 
dá. Con la ayuda de Dios o del Diablo ella siempre 
sale con la suya. ¿Cómo no voy a tenerle fe? Hay 
que respetar al juerte. Muchos le tienen ojerisa al 
santo botón. Nunca, le ha hecho mal a naides y ha 
aliviau mucho enfermo. Lo demá son cuentos. 

— Sí, ha aliviau a mucho dolorido, pero pa’ naides 
ha tenido nunca una palabra cariñosa, ni una bondá. 
Sabrá curar, pero haserse querer . . . 

— Palabras cariñosas. . . ¿por qué no le pedís a 
un güey que vuele? Como v’ hablar si es muda? 

— Güeno, vos me entendés. 

— ... y en cuanto a eso de haserse querer, no es 
pa’ todos la bota ’e potro. Unos nasen agrasiaus, 
otros con cara de taba culera, siempre matando es- 
peransas. Casilda es de esta laya. En cambio vos te 
rís y nos llevás de calle. 


149 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Agarra ese trompo en la uña — exclamó Ba- 
rranca. 

— Grasias por la flor. Es que yo soy güeña dere- 
cha, y ella de güeña, vos me entendés, güen corasón, 
no tiene nada. Hase años que la conosco y no la pue- 
do ver nunca sin chucho. Y vos, Barranca, ¿ por qué 
no fuiste con los otros a la cachimba? 

— Taba durmiendo, pero aunque hubiera estau des- 
pierto, había pegau la sentada. Con los vivos me atra- 
co ande quiera y como quiera. Pero con los di juntos 
ni a bañarme. Lo mesmo le pasa a tu negro — y sol- 
tó una carcajada como un trueno. 

Sonó la campana, campanadas solemnes y a una 
cariciosas, como las de la iglesia; campanadas fir- 
mes que regulaban la vida de la estancia. Eran las 
doce en punto. Tirando la cuerda a las horas preci- 
sas, ni un minuto más ni un minuto menos, al pardo 
Ramón le parecía que mandaba, que impartía órde- 
nes terminantes. Por eso era tan puntual. 

Los troperos fueron cayendo a la cocina. Pancha 
repartió los platos. Faltaba Juan. 

— Voy a buscarlo — dijo Lucero sordamente, y 
salió. 

Pero no pudo encontrarlo por ninguna parte. Pre- 
guntó, inquirió, nadie lo había visto. Sin premedi- 
tado propósito, como un sonámbulo, enderezó hacia 
la Tapera, caminando lentamente bajo la brasa del 


150 



EL GAUCHO FLORIDO 


sol. Se veía ondular el aire caldeado. Del suelo ama- 
rilloso negruzco, del suelo barcino, recaliente, agrie- 
tado por la seca, aquí y allá trascendía un vaho, ar- 
doroso, ahogador. Cuando pasó frente al rancho de 
Casilda la vió parada en la puerta, los brazos caídos 
a lo largo del cuerpo, los ojos fulgentes. 

— “. . .que la parió”, se dijo sin detenerse ni sa- 
ludarla. “¿Me estaría aguaitando?”. 

Escudriñó con aguda mirada de rastreador los al- 
rededores de la Tapera, y luego, en cuclillas, las hue- 
llas de las pisadas, invisibles e inextricables para el 
que no fuera un baqueano, en torno a la cachimba. 
A veces se erguía, se echaba a la nuca y tornaba a 
colocarse sobre los ojos el gacho cantor, el gacho de 
alas cortas, quebradas adelante y atrás, y sujeto por 
el barbijo, un cordoncito que usaba por detrás de la 
cabeza y no por debajo de la barbilla — era una mo- 
da de Florido — y volvía paciente y tesonero a su 
ocupación. Ahora en el rostro del mulato, como en 
un mapa, aparecían las líneas geométricas, las llana- 
das, los hondones, las rotundidades, los ríos, los ma- 
res, el territorio, en fin, del esfuerzo mental que es- 
taba haciendo y de la procesión que le andaba por 
dentro. 

— “Aquí ’tán las güeyas del negro; era el único 
que llevaba alpargatas. Taba sentau en el brocal y 
yo del otro lau de la cachimba, cuando aparesíó la 


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CARLOS 


R E Y L E S 


lus y se me vino ensima, como a comprarme los vi- 
sios. Aquí rnesrno dejé la olla, ’tán patentes la pati- 
tas. Reculando atorau y encandilau le tiré a las per- 
didas una puñalada y juí, aquí caigo y allí me le- 
vanto. Las pisadas ’tán claritas. Al dirse la lus sobre 
el rubio, que empesó a menearle fierro al ñudo, por- 
que el ánima le sacaba el cuerpo de lo lindo y lo 
teniba medio deslumbrau sin duda, salí de apuro. 
Pero, ¿por dónde juyó Juan? El cascote no deja ver 
las giieyas. Pa mejor el pisoteo, cuando desmoronamo 
el brocal, las misturó tuitas. Dejuro rumbió campo 
ajuera. Güelta a lo mesmo, d’ entre los yuyos no po- 
día salir sin dejar la rastrillada. Por aquí salimos 
nosotros. Mansilla y Sabana con la olla marchaban 
adelante. Florido y yo detrás. Yo diba a las gam- 
betas como ñandú asustau. Las giieyas ’tán claritas; 
pero de Juan, ni el olor. ¡ Pucha negro desgrasiau ! 

Aburrido de dar vueltas y revueltas y de torturar- 
se inútilmente, sentóse en una de las monstruosas 
raíces del ombú. El coposo árbol era lo único que 
había quedado en pie y con vida después de la ma- 
tanza de la familia Saldaña y el incendio de los ran- 
chos. El bochorno le pesaba al pardo sobre las recias 
espaldas como un poncho de invierno. Entornó los 
ojos, empezó a cabecear y se durmió, reviviendo, 
en angustiosa pesadilla, las escenas de la noche que 
más lo habían impresionado, pero como sacadas del 


152 



EL GAUCHO FLORIDO 

quicio y barajadas al tun, tun. Despertóse malhumo- 
rado. 

— Y si no apárese ¿qué le voy’ haser yo? A lo me- 
jor ’tá en las casas de güelta ¿de ande? O se jué con 
mi compadre. 

Era domingo. En la pulpería, donde se corría una 
penca, encontró al peón de Mangacha, el cual se ha- 
bía cruzado con Florido. Éste iba solo. 

— ¿Y por aquí no lo vido al negro? 

— No, por aquí no anda. 

Los troperos, con la jugarreta, se habían olvidado 
de Juan. 

“De sonso no miré si el recau ’taba debajo de 
la tarima”, pensó. Dormían en el mismo cuarto, una 
cueva, él, Viraqué, Juan y otro peón. El basto, pro- 
lijamente arrollado, con las otras garras: cincha, 
bajera, jergas, caronas, cojinillos, sobrepuestos de 
cuero de carpincho, pretal, todo sujeto por el cin- 
chón estaba allí. Bien engrasaditos veíanse colgando 
de fuertes estacas, clavadas en la sórdida pared, el 
lazo, el maneador, las boleadoras, un par de espuelas 
de plata y otras de hierro. El lienzo del muro, que 
correspondía a cada tarima, ostentaba otros enseres 
semejantes. Sentíase un tufo acre. El piso de tierra, 
el techo de paja negrosa, las paredes lobunas ensom- 
brecían la poca luz que entraba por el vano de la 
puerta, reducida y sobada por manos grasosas. 


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CARLOS 


R E Y L E S 


El pardo se sentó en su cama, una tarima pelada 
donde disponía convenientemente el apero para dor- 
mir, y estuvo cavilando. De súbito, levantóse brus- 
camente y salió. 

“Güeno, que lo campé otro” — díjose. 

En la pulpería apuró dos vasos de caña y se fué 
a ver la partida de taba, en que estaban empeñados 
sus compañeros. A pesar de lo que se había propues- 
to, en cuanto topó con ellos preguntóles : 

— ¿No han visto a Juan? 

— Como pa juanes ’tá la cosa ; nos ’tán pelando — 
respondió Viraqué. 

‘‘Güeno, que lo campé otro”, — tornó a decirse, 
dispuesto a imitar la despreocupación de los demás. 
Y echó mano al cinto, mientras concluía: 

“Cuando quiera apareserá, y de no que se lo lle- 
ven los demonios; ¡qué tanto amolar!”. 

Copó la parada, hizo el primer tiro primorosamen- 
te preparado y echó culo. Se emperró y siguió per- 
diendo lo mismo que Saldivia y Viraqué. En cambio 
Zabana y Mansilla clavaban suerte casi tiro a tiro. 
Sin embargo jugaban con inusitada parsimonia, sin 
querer llevárselo todo por delante como hacían siem- 
pre, movidos por el ávido y bravo ímpetu del tahúr 
para quien toda ganancia es poca y el riesgo pequeño. 
Después de la california reanudaron la partida de ta- 
ba. La magia del huesito los atraía poderosamente. 


<T^k3 154 



EL GAUCHO FLORIDO 


Representaba el azar, la Esfinge, la emoción concen- 
trada de la lucha por la vida, una válvula de escape 
para el preso impulso de poseer y dominar. Los que 
habían ganado a las carreras reforzaron el juego, 
entre ellos Abrojo y Barranca, jugadores impeniten- 
tes, como casi todos los paisanos, y a todo juego: 
naipes, gallos, carreras, pero sobre todo a la taba, lo 
más azaroso, contundente y ácido. Al doblar la tarde 
tuvieron que interrumpir la jugada; no estaban aún 
hartos ni los que ganaban ni los que perdían y orga- 
nizaron varias partidas de truco y de monte para 
después de comer. 

La peonada se repartió por las cocinas con algunos 
de los forasteros; otros de éstos quedaron en la pul- 
pería, que también era fonda. Antaño intentó don 
Fausto suprimir el juego y particularmente la taba, 
pero como la gente se iba a otras pulperías y el 
lunes muchos peones volvían tarde o no volvían, y los 
domingos todo el mundo andaba con cara de entie- 
rro, desistió. 

Lucero, más empacado todavía que por la mañana, 
ganó su rincón. Comían comentando enfebrecidos los 
incidentes del juego y de la penca, que había ganado 
Barranca con un potrillo de la hacienda mejor doma- 
do y afilado que los otros concurrentes. 

— Y a todo esto, Tisón sin apareser — exclamó 
Pancha. 


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CARLOS 


R E Y L E S 


Sólo entonces pensaron en el negro. 

— Como hasta el otoño no tropiamos y aquí han 
concluido pa’ nosotros los trabajos de primavera, se 
habrá ido por ai — conjeturó Zabana — . A veses le 
da la loca por caminar, como a mi cuñau. 

— El apero ’tá en el cuarto. Al negro lo campié al 
pepe; por los alrededores de la Tapera y en la Ta- 
pera mesma no hay rastro de salida; las güeyas de 
nosotros cuando nos vinimos con la olla, las ve un 
siego. Las de Juan no, y tienen que estar. Volando 
no salió. Vos, Mansilla, lo vistes pasar juyendo, ¿no? 

— Siguro, pero la tranca y el naco no me dejaron 
ver pa’ ande rumbiaba, campo ajuera, tal vé. 

— Si no se jué, tenía que estar aquí. La cosa se 
está poniendo fierasa, — los ojos de la negra se hi- 
cieron dos aros blancos como los de hueso que le col- 
gaban de las orejas — , con tal que no se haya cáido 
al arroyo o en algún sanjón y esté estropeau o 
muerto. . . 

— Dejáte, negra, de dijuntiar a la gente — gruñó 
Abrojo — , siempre andás maliseando cosas feas. A 
lo mejor tá en el rancho de las Gatas. 

— No diba a dirse al otro mundo ni a ninguna 
parte sin dejar rastro — interrumpió Lucero som- 
brío. 

— La vieja Casilda le miró las manos, dispués 
los ojos y se tapó la cara. Algo malo vido. 


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EL GAUCHO FLORIDO 


Callaron. Silencio ahito de malagoreras interro- 
gaciones, obscuras ansiedades, temores ariscos, que 
Saldivia interrumpió diciendo: 

— Mañana lo campeamo; aura vamo a verlas ve- 
nir — y salió seguido de los otros. 

Al pasar por delante de su cuarto Lucero abrió la 
puerta, miró y cerróla nuevamente. 

— Ya güelvo — les gritó a sus compañeros diri- 
giéndose al rancho de las Gatas. Quedaba un poco 
más allá de la pulpería. 

Las traviesas y gentiles mulatas tomaban el fresco 
sentadas en dos rústicos bancos, uno a cada lado de 
la puerta, que tenían por respaldar un tablón dispues- 
to horizontalmente, contra el muro de la criolla vi- 
vienda. Micaela cantaba acompañándose ella misma 
con la guitarra. Sus dedos pisaban las cuerdas con 
precisión y firmeza y rasgueaba muy graciosamente. 
La voz, voz de su raza, sin volumen, pero aguda y 
bien timbrada, suspendió el ánimo de Lucero y lo hi- 
zo detenerse para escuchar mejor. Le gustaba la mú- 
sica tanto como a las pardas. Tocaba el acordeón 
primorosamente y la flauta, que él mismo fabricaba 
con un trozo de caña y papel de estraza. Tenía finí- 
simo oído y también, aunque rudo e ignorante, una 
verdadera sensibilidad musical. El acordeón y la flau- 
ta amansaban sus instintos bravios, aunque anduvie- 
se *de mala vuelta y con ganas de pelear. Y como tal 


¿^9 157 



CARLOS 


R E Y L E S 


cosa sucedía a menudo y no quería comprometerse 
ni armar escándalo en la estancia — le tenía grande 
apego a la querencia y le inspiraba mucho respeto el 
patrón — veí ásele frecuentemente tocando lejos de 
los otros peones, la cabeza baja, los ojos cerrados. 
Le conocían el andar y no se acercaban. 

Al verlo llegar cesó la música, incorporáronse las 
gatas y fueron entrando en la boca negra del rancho, 
una a una, como las lechuzas en la cueva. 

— Güe, ¿ me dan con las puertas en las narises ? 

— ¿ Y qué te esperabas vos dispués de la farra que 
armastes anoche? — le contestó Justina sin abrir. 

— A un mamau no se le lleva el apunte . . . Perdo- 
nen si he faltau. 

— Ya te creo que has faltau. Güeno, ¿qué queré? 

— ¿No vieron a Juan? 

—No. . . 

Lucero permaneció algunos instantes indeciso an- 
te la puerta cerrada y luego encaminóse a la pulpería. 
De pronto, sin que ningún raciocinio la precediera, le 
relampagueó por la mente la insidiosa observación 
de Mansilla, cuando la repartija de la plata: 

“Entonses había tenido cuerpo el ánima; tené las 
manos bien coloraditas”, y se las vió así y oyó como 
la apagada resonancia de un lamento. La afirmación 
que a punto seguido había hecho el rubio: “Barrito 
colorau, no má; todos las tenemos lo mesmo”, lo 


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el gaucho florido 

tranquilizó unos instantes hasta que se dijo : “La da- 
ga en alguna parte entró. Sentí la risistensia; ¿oí un 
suspiro o jué la tranca? Y las go titas de sangre en 
el mango ¿de ande las saqué?” Y se le volvieron 
a enredar las ideas y los recuerdos : “Mansilla lo vi- 
do pasar juyendo, güeno, ¿y las güeyas? Volando 
no salió. Como no se lo aiga tragau la tierra . . . ”. 
Quedó paralizado. De golpe, atando cabos rápida- 
mente, dedujo con claridad extraña a su pereza men- 
tal: “La tierra, la cachimba, dejuro se me vino en- 
sima con la lus y yo encandilau, al juir, le prendí 
fierro y lo mandé al poso. No hay má que lo he 
matau . . . ¡ Perdonóme hermanito !”. 

Antes de aclarar se dirigió a la Tapera, provisto 
de un marrón y una pala ancha. Echó afuera los 
escombros, apartó los huesos sin premura ni asco y 
apareció el cuerpo del pobre Tizón. Tenía una he- 
rida de la cual había manado copiosa sangre, ahora 
coagulada, en la boca del estómago. Respirábase un 
aire mohoso y podre. Lucero se hincó con el som- 
brero quitado y tuvo así como vagos deseos, obscuras 
ansias de rezar, pero no recordaba ninguna oración. 

— Perdonóme, hermanito — mumuró al mismo 
tiempo que su mirada se detenía codiciosa en el bro- 
che de plata y oro que adornaba el cinto de Juan — 
tabamos por haser un cambalache, con mi redomón 
rosillo. ¿Pa’ qué queré sinto aura? No es pecau sacar- 


159 



CARLOS R E Y L E S 

teló y llevármelo. . . como ricuerdo. ¿No te párese, 
hermano? Sería herejía dejar aquí al ñudo no má 
esa prienda que tanto te acompañó. 

Y posando tres dedos sobre el metal frío, reflexio- 
nó algunos instantes. Después, retirando la mano len- 
tamente, díjose: “Me párese que lo voy a carchar. 
Mejor es que se lleve las priendas. Yo he carchau 
sólo en la guerra por nesesidá. Hermanito, perdóna- 
me si te maté. No vide, jué sin querer”. 

Se incorporó dispuesto a salir de la cachimba. De 
súbito tornó a encorvarse y le sacó el cinto, la daga 
y los dos relojes. 



X 


F LORIDO iba contento, sentíase libre, más dueño 
y señor de su persona que cuando tropeaba. 
Arreando hacienda tenía obligaciones que cumplir, 
órdenes que obedecer. Con la tropilla de redomones 
por delante, atravesando campos a su antojo, no. 
Era como si tuviese abiertas las porteras de todos los 
horizontes. Podía rumbear por aquí o por allá; dor- 
mir al raso o bajo techo; arrastrarle el ala a muchas 
chinas. Pero, aparte las perspectivas seductoras de 
gozo y libertad, una especie de aura emigratoria, una 
necesidad orgánica lo incitaba periódicamente a par- 
tir y vagabundear. 

Churrasqueó y durmió la siesta, tres horas de sue- 
ño, en la Isleta de la Paloma, galopó cuatro de los 
redomones más nuevos, y fué a hacer noche y a en- 
tregar un potro, ya enfrenado, al puesto del Chara- 
bón, distante sólo seis leguas del Chajá. Al otro 
día, con el sol alto aún caía al rancho de la Moro- 


I \ 


C >S) 161 



CARLOS 


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cha, montado en el pampa de ésta. Lo tenía de rien- 
das y mansito de abajo. 

— Así me gusta. Me dijo: “A eso de la seis voy 
a caer por allá”, y son las seis en punto. ¡ Qué clava- 
da! Y en mi redomón. Tá más lindo aura, levantau 
de barriga. ¿No manotea? 

— Perdió esa maña. Pero pa’ la patada al estribo 
es como lus. 

Mangacha acercóse con cautela y le rascó la frente. 

— Pampa, sea comedido con la flor del pago — de- 
cía Florido palmeando al redomón en la tabla del 
robusto cogote, y luego, pegándole un disimulado pe- 
llizco, agregó — : Diga si hay alguna mosa más linda 
que su patrona. 

El pampa sacudió la cabeza de izquierda a derecha 
y viceversa. 

— ¡ Pero si sabe hasta hablar ! . . . — exclamó sor- 
prendida y gozosa — . Vea, mamita. 

— Apeesé y dentre — invitó D. a Justa desde la 
puerta del comedor. Y con empaque y humos de 
conocedora, afirmó — : V’ haser un flete como los de 
mi tiempo, un flete de cargar con lansa. Desensille 
no má. 

Florido dirigióse a la ramada. Al pasar junto a la 
pipa del agua el pingo pegó tremenda espantada, que 
a otro menos jinete lo hubiera traído al suelo. El ru- 
bio no apretó las piernas siquiera, y luego, corrién- 


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el gaucho florido 


dolé las lloronas por los ijares y las paletas, lo hizo 
saltar el pértigo varias veces. 

— Había sido de mala intensión. 

— Medio segatón no má — y le bajó las garras y 
le desató la cola. 

Nunca montaba sino de cola atada. Sabía muchas 
suertes de “quebrar el marlo” : nudos camperos, nu- 
dos de tropear, nudos barreros, nudos de caer a Ta- 
blada, nudos de chinear, los más historiados y profu- 
sos de trencitas, cadenetas y adornos de crin, que 
hacían de las colas primorosas filigranas. 

— ¿Y cómo le va diendo, prienda? 

— No tan bien como a usté. 

— Ya le trajeron el soplo. 

— Dejuro. . . el puestero, que fué con el carrito a 
la estansia a llevar la cuerada del mes. El hombre 
volvió hasiéndosé cruses. 

— Será asustadiso como el aporreao. 

— . . . y usté tan fresco. ¿No le tiene reparo a las 
luses malas, las ánimas, los lobisones? 

— Soy ansina. . . porque tengo la consensia tran- 
quila tal vé. 

La Morocha llevaba puesto el pañuelo que le había 
regalado Florido y una cinta celeste en la cabeza. 

— Me gusta verla lusiendo esos colores. Pero usté 
antes era colorada ¿y aura? 

— Y aura soy blanca. 


£ — 163 



CARLOS 


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— ¿ Y de ande vino ese cambio ? — preguntó, me- 
tiéndole los ojos escrutadores y maliciosos en los 
limpios y serenos de ella. 

— Es un secreto — respondió sosteniendo la mira- 
da de él, y sonrió. 

Al mozo le pareció que en el rostro de Mangacha 
salía el sol. 

— De veras, siempre que la veo me da un gustaso 
bárbaro. ¿No malisea qué será eso? 

— ¿Tanto como cuando vé a Micaela? 

— Má, mucho má ... y dispués le diré, tesoro, que 
no es lo mesmo. Micaela me gusta pa’ la farra. Chi- 
na alegre. Fuma, juega y chupa como un macho. 
Con usté, prienda, es otra cosa. La apreseo de otro 
modo. A veses se me hase que ando tiemito por que- 
rerla. 

— Venga, Florido, a agarrarlo por la cola al si- 
marrón — gritó D. a Justa — . Dentre, sientesé en esa 
silla de cuero peludo, medio retacona, pero comodasa. 
Aquí, ande me vé, las fabrico yo mesma. Ningún 
carpintero las hase a mi gusto. Las sillas son como 
los matungos, tienen buen o mal andar. Esa es de lle- 
var en la mano un vaso de agua al trotesito sin de- 
rramar una gota — y le soltó los rollos a su risa. 

— ¡Linda comparansa! 

— Y por la estansia ¿siguen cueriando ovejas? 

— Alguna que otra de las que quedaron entecadas 


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el gaucho florido 


dispués del temporal. Como sesenta mil al tacho, 
¿ se dan cuenta ? 

— Pobre patrón, la suerte le anda jugando susío. 
A prinsipios del año la rigolusión : carneadas a gra- 
nel, alambraus en el suelo, robos de caballerías, ha- 
siendas misturadas. . . En el otoño el grano malo, 
meta cueriar, y dispués de las esquilas el temporal y 
la mortandá de ovejas. Y aura la seca, ¡pistola!. . . 

— Y él pa’ adelante siempre, como si nada. Hom- 
bre entero. Con el mayordomo, que no quería dir 
solo a verlo de puro asustau, lo anotisiamos del estra- 
go que le estaba hasiendo el temporal en las majadas. 
Yo con otros peones habíamos estau recorriendo los 
potreros má sercanos, y nos tráiba de testigos. Ni 
mosqueó. “Tá güeno, ponéme toda la gente a cue- 
riar”, le ordenó a Dn. Froilán, que estaba má amari- 
llo que una vela. “Yo me encargo de las majadas de 
la estansia. Vos, los capatases, los puesteros y la peo- 
nada del resto. Dejáme a Saldivia y los troperos. 
Repartí bien la gente. Dies hombres d’ ausilio a cada 
puesto. Andá ligerito”. 

Dicho esto, Dn. Fausto subió al mirador y reco- 
rrió con un anteojo de larga vista el campo cubierto 
de puntos blancos, el tendal de corderitos perecidos 
a las primeras de cambio, mientras se afanaban en el 
imposible empeño de seguir a las madres, empuja- 
das furiosamente por el viento y que se iban abando- 


165 



CARLOS 


R E Y L E S 


nándolos. Se arrollaban en el suelo y morían llamán- 
dolas con balidos cada vez más espaciados y débiles ; 
ovejas muertas formaban montones en las orillas de 
los arroyos o contra los cercos y los alambrados. 
Había cesado de llover y parado el viento, pero ha- 
cía frío, frío que como una malla de hielo parecía 
envolver la mañana de límpido cristal. Su resplan- 
deciente hermosura hacía más patética la tragedia 
del Tala Grande. 

“¿Y ahora?”, preguntóse. “Ahora, remediar lo 
que tenga remedio. Las muertas no tienen más cura 
que sacarles el cuero. Algo es algo. ¡Las que van a 
morir si no las favorese el tiempo! Pero vamos a 
tener lindos días de sol; las ovejas entumidas podrán 
salvarse, si Dios quiere”. 

Volvió a mirar en otras direcciones. “Lo menos 
he perdido el sesenta por siento, sin contar la borre- 
gada ¡ qué sogaso ! . . . y lo que puedo perder todavía. 
¡Cuánto desvelo inútil! Primero tuve que concluir 
con el espartillo, los cardales, y mejorar las pastu- 
ras: Grandes quemasones de campos y machasas 
manadas de muías ; después vacas y caballadas, y por 
último ovejas y vacas. Ahora que estaba todo bien 
preparado, buen campo, buenas aguadas, buenos 
alambrados, abrigos naturales, un temporal me arma 
este desbarajuste. Hay que empesar de nuevo”. 

— Y usté, Florido, ¿no tropea este verano? 


166 



EL GAUCHO FLORIDO 


— No hay má hasienda gorda. Aprovecho para con- 
cluir mis redomones y pasear. 

— ¿Cuándo va’ sentar el juisio? 

— Pa’ la güelta — contestó sin asomo de burla — , 
aura tengo una platita y voy a ver si la aumento. 

— Pasará por acá, siguro. Tengo unas ganas locas 
de montar mi pampa; como no me baje. 

— No le crea, si es jinetasa. 

— La vide un día apartando terneros. Se le jué al 
mancarrón la sincha a las verijas y ai no má se cas- 
có y empesó a soltar pilchas, hasta que se desensilló. 
¡ Y esta mosa sentadita en las cruses muerta de risa ! 

— Si hubiera sido el pampa me aventa lejos. Ese 
sí se hamaca feo. La ves pasada se rompiba los dien- 
tes contra el suelo en cada corcovo. No al ñudo ba- 
sureó a tuitos los domadores. Pero a usté no lo des- 
acomodó siquiera, y eso que le iba coloreando las pa- 
letas con las lloronas y meneándole sotera. En los 
simbronasos le saliban las monedas brincando del 
bolsillo de la blusa como ovejas de los bretes. ¡Qué 
juersa de animal! Y usté de pierna abierta. Me pá- 
rese que lo estoy viendo — ■ y se quedó rememorando 
la escena. 

A los ocho días de la hierra y la capación en el 
Chajá, debía empezar la doma de la potrada nueva 
en la estancia. Era la orden del patrón, que nunca 
adelantaba ni postergaba las fechas de los trabajos 


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CARLOS 


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ordenados por él. Había cuatro domadores perma- 
nentes; no hacían otra cosa que galopar baguales 
todo el año, pero principalmente en la primavera y 
el otoño. Durante el verano y el invierno los arroci- 
naban. Apenas enfrenados se los entregaban al ma- 
yordomo, y con aquellos redomones, que apenas obe- 
decían a las riendas, tenía la peonada que ejecutar 
las peligrosas faenas camperas : enlazar, bolear, apar- 
tar, arrear, atravesar a nado arroyos y ríos, lidiando 
frecuentemente con haciendas tan chucaras que sólo 
a pechadas y mangazos obedecían. El ganado del Ta- 
la Grande era manso, pero no así las novilladas que 
Dn. Fausto adquiría para invernar en otras estan- 
cias y entre las que venían toradas de ocho a diez 
años completamente cimarronas, orejanas, sacadas 
con perros de los montes. A fuerza de pararles ro- 
deo se amansaban, no sin que algunos pingos que- 
dasen en la brecha como florecidos de rosas. Cierta 
vez, sacando del monte hacienda alzada, perdió el 
patrón tres caballos en un día. 

A los potros no se les daban los primeros galopes a 
campo abierto sino en la manguera grande del esta- 
blecimiento. Si algún domador caía no hacía falta 
correr detrás del bagual y bolearlo. Por otra parte 
se abreviaba la tarea. Dn. Fausto no asistía general- 
mente a las domadas, pero ese día, sabiendo que Flo- 
rido iba a jinetear el pampa, estaba allí sentado en 


cr"vS> 168 



el gaucho florido 


la manguera, conversando con el mayordomo. Ha- 
bían acudido como a una fiesta casi todas las chinas 
de la estancia, entre ellas Mangacha, que él, como 
una gran distinción, hizo sentar a su lado. Era la 
preferida de sus ahijadas y tenía muchas. De un co- 
rral pegado a la manga sacaban los potros enlazados. 
Al pasar la tranquera tomaban la disparada : un pial 
de volcao, un seco y al suelo. Cuando sacaron al 
pampa, colocóse Florido a la derecha de aquélla. 
Apenas iniciada la carrera, para que no se desfoga- 
se, lo pialó, poniéndole luego el bozal, el torturante 
“bocau” y las pesadas riendas. Antes que se endere- 
zara del todo, Abrojo le agarró con la mano derecha 
una oreja, suave como el terciopelo, y con la izquier- 
da el hocico, y, afirmándose bien, dijo: 

— Ensillá, rubio; de aquí no se va’ mover. 

Era como si estuviese atado a un ombú. Florido 
le colocó las jergas, luego las caronas y después el 
basto, y empezó a apretarle la cincha poco a poco, 
hasta partirle la barriga en dos. Bufó el pampa y 
quiso manotear, pero el dolor no lo dejó. La mano 
del negro le apretaba el belfo como una terrible mor- 
daza. Florido terminó de ensillar y montó con tanta 
suavidad y haciéndose tan liviano que seguramente 
el potro no se enteró. 

— Si se tendrá fe — había observado el patrón — 


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CARLOS 


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bombacha blanca, blusa blanca, vincha blanca como 
para que se vea bien si lo revuelca. 

— Me párese imposible que no lo baje; los ha ba- 
sureau a tuítos los domadores y hasta el mesmo Sa- 
bana que lo he visto jinetear en pelo los potros má 
bellacos. Verá, patrón, qué manera fierasa de corco- 
vear. Y qué poder. Naides le h’ aguantau má de sin- 
co o seis saltos. 

Don Froilán hablaba bajito, como si estuviese co- 
municando de prisa un secreto, y escupiendo a menu- 
do. Escondido en el hueco de la mano tenía un ciga- 
rrillo; de tiempo en tiempo, disimuladamente, le da- 
ba una pitada y echaba el humo hacia arriba para que 
no le fuese al patrón. 

Los domadores habían interrumpido la tarea; los 
troperos lo mismo. Florido empuñó las riendas y el 
cabestro, revolió el rebenque y gritó: 

— Suéltelo a esa maula, ¡ abra, ba, ba, ba ! y le me- 
tió las nazarenas y le cruzó las carretillas de un 
rebencazo. 

En cada corcovo el pampa se levantaba un metro 
y medio del suelo y hacía un cerrado arco. Corcovea- 
ba a la derecha en redondo, como si se buscara a sí 
mismo, de repente a la izquierda en la misma forma 
o a los dos lados a la vez, o tomaba la carrera y, en 
medio de la furia, se convertía en un epiléptico ovillo 
y tiraba una serie de descompuestos y tremendos sal- 


170 



el gaucho florido 


tos. Las lloronas le coloreaban las paletas y los so- 
bacos; el rebenque subía y bajaba implacable. En el 
aire Florido abría las piernas, haciendo gala y alarde 
de su dominio sobre el bruto, y al tocar la tierra le 
clavaba los “fierros”. 

— No lo fasilités, que te va a bajar — no pudo 
por menos de advertirle el patrón, vivamente intere- 
sado en que su crédito saliese airoso. 

— Sólo que se parta en dos pedasos, y ansina mes- 
mo pué que salga jineteando en uno — respondióle 
a gritos entre los corcovos el rubio — . ¡ Abra, ba, ba, 
ba. . . ! 

— ¡ Gaucho quiebra, criollo lindo ! — murmuró don 
Fausto complacido, recordando de golpe y todo a la 
vez las gauchescas hazañas de su juventud : las jine- 
teadas en pelo de los potros “reservaus” de todas las 
estancias conocidas, la lidia con el “ganau alzau” en 
los montes, las tretas de que se valía para sacarles 
el bulto a las partidas de bandidos, que durante las 
guerras infestaban la campaña, saqueaban las estan- 
cias y despojaban a los caminantes. 

Bellaqueando furiosamente, recorrió el pampa la 
manguera bajo una lluvia de azotes y espolazos, que 
lejos de hacerlo amainar, excitaban su furor. Tenía 
el hocico ensangrentado y los dientes rotos de los 
golpes que daba contra la tosca del piso; los ojos in- 
yectados en sangre, los i jares tensos. Ondas de tem- 


rvs 171 



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blor le recorrían la sudorosa piel. Las fuerzas lo 
abandonaban, defendíase, como los pugilistas que 
se sienten desfallecer, acudiendo a los recursos y tru- 
cos ilícitos, patadas a los estribos, mordiscos a los 
pies. Florido esquivaba, arrollando las piernas y co- 
rriéndole como burla las espuelas por la frente. Al 
fin, domeñado y sin alientos, tomó la carrera de los 
potros vencidos, derecho al cerco. El apadrinador 
quiso desviarlo, pero Florido le gritó: 

— Dejeló, no má. 

Y pegándole al pampa un formidable mangazo 
entre las orejas lo hizo rodar como una pelota. Él 
salió corriendo con el cabestro en la mano. 


Al declinar la tarde Mangacha lo invitó 2 ver la 
huertita que cultivaba ella misma: unas cuantas hi- 
leras de maíz dulce, repollos, lechugas, zapallos, to- 
mates; un cuadrito de papas, otro de sandías. 

— Tengo tamién mis plantitas de flores, me gustan 
tanto como a usté. Mire este rinconsito : rosales, cla- 
veles, malvones, violetas, jasmines, cuanto Dios crió. 
¿ Sabe cómo lo llamo ? Pues Florido. 

— Dende aura le voy a llamar Mangacha a mi 
ventana florida. 


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el gaucho florido 


Se agacharon para destruir unos bichitos que ha- 
bían subido a los rosales. 

— ¿Y las gallinas no le atropellan la güerta? 

— Las saca carpiendo el cusco. 

Estaban muy juntos; a veces sus manos se roza- 
ban y el más turbado parecía él. “Llegó la hora de 
la pruebita”, se dijo, pero la confianza y la cordiali- 
dad de ella impidieron cuajar las intenciones peca- 
minosas. “Es al ñudo, ésta no es como las otras; la 
quiero y respeto demasiau pa. . . Y yo tengo que 
desirle algo, ¿qué le voy a desir? No estoy acostum- 
brau a este juego”. 

Se incorporaron. Mangacha cortó un pimpollo y 
se lo puso al mozo en el ojal. Él le agarró las manos 
con tanta ternura que ella no tuvo fuerza para re- 
tirarlas ni quiso intentarlo. 

— ¿Ricuerda lo que le dije, chacoteando aquel día 
en la manguera? 

— Maliseo que esta mosa y yo, vamo a salir que- 
riéndonos. ¿No jué ansina? 

— Ansinita mesmo. ¿ Y ? . . . 

• — Ya ve que no he olvidau. 

Dulcemente la trajo hacia sí y la besó sobre los 
labios trémulos. Ella apoyó la cabeza en el fornido 
pecho de él y murmuró apenas: 

— Ansina . . . 


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En el horizonte color gris de laguna, el sol ponien- 
te flotaba como un camalote de fuego. 

— ¿Me queré? 

— Por tuita la vida — contestó la Morocha levan- 
tando los ojazos para verlo. 

A pasos lentos se dirigieron a las casas. Doña Jus- 
ta estaba sentada en su silla de buen andar contem- 
plando el paisaje. 

— Aquí me tiene todos los días aguaitando la sa- 
lida y la dentrada del sol. ¡Linda fiesta! Los paisa- 
nos, por lo rigular, no tienen ojos pa’ tamaña lin- 
dura. 

— Tienen. . . a las calladas; si hablan se ruempe 
el encanto. 

Entraron. La china lució en la comida sus habili- 
dades culinarias y charla retozona o muy sesuda, 
porque era mujer de buen consejo, despierta, mali- 
ciosa y sabedora. Para todo tenía cabal respuesta. 
El zumo más alquitarado de la experiencia pueblera 
y gaucha se hacía verbo y carne en ella. Los campa- 
mentos, los bailongos, las andanzas entre gentes muy 
diversas, los amores le habían dejado como un gra- 
nito de sal con el que sazonaba sus discursos y filo- 
sofías. Nunca condenaba, siempre encontraba razo- 
nes para disculpar las debilidades o errores del pró- 
jimo. A eso se debía que todos la quisieran bien, in- 
cluso la vieja Casilda, que la había asistido dos o tres 
veces. 


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el gaucho florido 


Mangacha, feliz, reía por cualquier cosa. Florido, 
en vez de chacotear y buscarle la lengua, mostrábase 
obsequioso y rendido. Quisieron después de la comi- 
da ponerle en aquella pieza, que era comedor y sala, 
un catre para dormir, pero él prefirió hacerlo en su 
recado afuera. 

— Me gusta dormirme contando las estrellas. 

— Hasta en eso es bien Florido. 

— Va’ pasar algunos días con nosotros, ¿no? Eso 
jué lo prometido. 

— Usté manda. 

— Me ayuda’ atar las dos vaquillonas que tengo 
resién paridas y yo lo ayudo en la doma. 

— Ya está. 

— Aura no puedo echar mano del puestero; lo 
tengo tuito el día con el peón, curando la hasienda 
agusanada. Año bravo pa’ la queresa. 

Prácticamente, era Mangacha la puestera. Las ór- 
denes sobre los trabajos de la semana se las enviaba 
a ella el patrón por escrito, para que lo enterase al 
puestero, que no sabía leer; y los informes semana- 
les que exigía de éste como de los otros puesteros, 
dando cuenta del estado de los campos, las aguadas, 
las haciendas, el agua caída y muchos detalles más, 
los redactaba la moza con grande escrupulosidad. 
Además hacía cumplir las instrucciones del patrón 
al pie de la letra, mantenía las majadas libres de sar- 


c >£ 175 



CARLOS 


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na y criaba buen número de guachos, por todo lo 
cual decía aquél que era el mejor puestero de la es- 
tancia. A veces le llevaba ella misma los informes. 
Entraba al escritorio y se dirigía a Dn. Fausto di- 
ciendo con las manos juntas: 

— ¡La bendisión, padrino! 

— Dios te haga una santita. 

La besaba en la frente sin levantarse, para lo cual 
tenía que inclinarse ella; hacíala sentar luego y le 
dirigía mil preguntas, que la linda morocha contes- 
taba al hilo, categóricamente. Cuando la mortandad 
de ovejas, después de las últimas esquilas, se atrevió 
a decirle: 

— Padrino, si todas las majadas tuvieran un co- 
rral de piedra donde abrigarse después de peladitas, 
yo creo que habría poco que cueriar, aunque las aga- 
rrase un temporal como en esta güelta. Ansina salvé 
yo la majada del puesto; sólo perdí algunos cor- 
deros. 

— Tenés rasón. Voy a levantar un corral en cada 
rodeo. A las pocas vueltas ellas solas buscarán el 
abrigo. Te apuntaste un tanto, Mangacha. Lástima 
que no hayas nasido varón. Te habría hecho un ma- 
yordomo de primera. 

Y los corrales se estaban levantando. 

Cuando quedaron solas, D. a Justa, mirando mali- 
ciosamente a Mangacha, interrogó: 

-¿Y...? 


176 



el gaucho florido 


La morocha, riéndose, se puso el dedo índice so- 
bre los labios. 

En los días siguientes, al caer Mangadla a la co- 
cina, encontraba a Florido con el fuego encendido, 
el agua hirviendo y el mate pronto. La moza, a fin 
de desempeñarse más cómodamente, en la ordeñada 
sobre todo y la cura de las ovejas, usaba desde pe- 
queñita chiripá o bombacha y botas coloradas de sue- 
la gruesa. Esta indumenta, lejos de hombruno as- 
pecto, dábale resalte a los femeninos encantos de su 
cuerpo, todo proporción justa y esbeltez. Tenía las 
piernas finas, impecablemente torneadas, las caderas 
ceñidas, pero mórbidas, el talle de avispa, los pechos 
pequeños y firmes, los movimientos rítmicos y grá- 
ciles como los de un gurí. Florido la contemplaba 
con delectación, pero sin angurria sexual. Aquella 
hora de intimidad antes de empezar las tareas del 
día, junto al fogón amigo, cuyo calorcito amable in- 
vitaba a abrirse y franquearse, les ofrecía seguro e 
inefable goce, gozo tranquilo y cordial. Apenas le 
daba el rubio el primer chupetón a la bombilla de 
plata y oro, alhaja de D. a Justa y que podía contar 
muchas historias amorosas, decíale ella: 

— Dame tu chupa, pues — y armando un cigarri- 
llo lo encendía en una brasa y se lo entregaba hu- 
meante. 

No habían vuelto a besarse ni a hablar de sus amo- 


i* 


177 



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res, sino por alusiones vagas y remotas, pero cuanto 
se decían, por el tono y el acento con que se lo de- 
cían, era así como la envoltura, la cáscara seca que 
guardaba la ternísima pepita del “te quiero”. Por 
tal arte, sin esfuerzo ni formalismos convencionales, 
naturalmente se declaraban de la mañana a la noche. 
Todas las palabras y todos los gestos les servían para 
el caso. A los nombres galantes : tesoro, prenda, que 
Florido empleaba hablando con las chinas, agregó 
otros más cariciosos, que jamás le había prodigado 
a ninguna: Mi amor, corasonsito, patronsita, torca- 
sa. Ella lo llamaba indistintamente Flor, Florido o 
rubio. 

Al venir las barras de plata del día, una tenue e 
indecisa claridad por el Oriente, se encaminaban al 
tambo. Florido la ayudaba a atar y manear las va- 
quillonas chácaras. Luego se iba al corral donde lo 
esperaban sus redomones, y de a pie, con mucha pa- 
ciencia y hablándoles siempre, les daba rienda, ma- 
noseaba y enseñaba a cabrestear. A veces les ponía 
manea redonda o potrera para impedirles patear y 
sacarles las cosquillas. Una hora después caía la mo- 
rocha a darle una manito para galopear los potros 
más ariscos. Al calentar el sol volvían a las casas. 
Él ganaba la cocina; ella su cuarto para asearse y 
aparecer a la hora del almuerzo ataviada con las pren- 
das de su sexo, trapitos humildes, pero donosos, fal- 


178 



el gaucho florido 


das sin perifollos y blusas que ella misma se confec- 
cionaba. Había tomado algunas lecciones de corte 
con la mujer del maestro, española lista y mañosa, 
que cosía para todas las chinas de la estancia y le ha- 
cía además la ropa al marido. Ambos eran oriundos 
de Gijón, menudos, arrugados como ciruelas y ce- 
trinos. Habían pasado muchas miserias antes de lle- 
gar al Tala Grande y se encontraban allí como en 
la gloria desde diez años atrás, ahorrando cuanto 
podían para redondear una buena pelota y volver a 
la tierra. 

—El apaño, esa es la fija. El resto, tonterías • — 
afirmaba el maestro. 

A pesar de ser muy buenos no gozaban de la de- 
bida consideración entre las gentes de la estancia. 
Los tachaban de roñosos, gran crimen para gauchas 
de la vieja cepa. 

Por las noches, después de comer, sentábanse al 
fresco. Doña Justa solía tocar el acordeón para que 
Florido y Mangacha bailasen. Llena de cándida vo- 
luptuosidad se abandonaba ella en los brazos de él, 
y como no usaba ceñidor alguno y las telas de vera- 
no eran muy tenues, el mozo palpaba con la diestra, 
cual si estuviera desnuda, las mórbidas carnes del 
dorso, suavemente hendido de arriba a abajo, y sen- 
tía que los duros pechos de la Morocha se achataban 
contra el ancho tórax suyo. A veces le pedían que 


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CARLOS 


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cantara. Aunque tenía fama de guitarrero y cantor 
no se hacía de rogar. Primero le dedicaba a D. a Justa 
muy rendidamente, con gauchesca cortesanía, algu- 
na décima del tiempo viejo. Los alcoholes del re- 
cuerdo la mareaban y hacían suspirar hondo. 

“Mi doña Justa que viva, 

“ponga atensión y repare, 

“va’ ver cómo se lamenta 
“entre prisiones un ave. 

“Antes quiero que usté sepa 
“que es Florido quien le canta; 

“soy la tierra que usté pisa 
“y el polvo que usté levanta”. 

Y seguía la décima. A Mangacha le cantaba que- 
jumbrosos estilos, dolidas canciones, y para variar 
y hacerla reir algunas milongas compadronas. 

“Vamos a ver mis caballeros 
“si se puede o no se puede, 

“muchas veses rejusila, 

“relampaguea y no llueve. 

“Si un teru, teru, teru, 

“si un perro te pega el grito, 

“si un cangrejo te hase 
“chascharaschás con el pico”. 


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el gaucho florido 

— Lo vamo a estrañar de vera — le declaró doña 
Justa la víspera de partir. 

— Lo mesmo yo a ustedes. Taba aquerensiau. ¿A 
quién no le gusta el dulse ’e leche? Lo que güelva a 
entregarles el pampa me quedaré dos o tres días. 
¿ Asetan ? 

— Ansina juera pa’ siempre — se le escapó a la 
morocha, y se quedó contemplando la noche de plata. 

Doña Justa los dejó solos. 

— ¿Me queré, corasonsito? 

— Ya te lo dije, Flor; por tuita la vida. Es la pri- 
mera ves que quiero y será la última. Eso me da 
miedo, porque inoro si vos sos consecuente. Tenés 
fama de picaflor. 

— No me h* esperimentau ; hast’ aura no había 
querido a naides. Sólo puedo desirte, torcasa, que 
a vos te quiero y te quiero querer. Siempre juí en 
todo de la sujesión. No me gusta que me aten a soga, 
menos que me pialen. En tuita ocasión me estoy sa- 
cando el laso. Pero con vos colijo que me ataría yo 
mesmo gustoso — echóse el gacho a la nuca y aña- 
dió : — En cada uno de nosotros hay dos gauchos : 
uno que tira pa’ las casas, el otro pa’ 1 campo, cam- 
po ajuera. De moso la tierra se le hase chica al crio- 
llo. Dispués los coscorrones de la suerte y las cache- 
tadas del destino en las carretillas lo hasen rumbiar 
pa’ las casas. Obligau por la nesesidá, porque si se 


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CARLOS 


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retoba no come, amaina, se agringa y, como disen 
los puebleros, se hase gente el paisano, pero deja 
de ser gaucho. Y yo quisiera ser gaucho y gente. Me 
gustaría tal ve, nunca he pensau en la cosa, tener mi 
rancho, mi china querendona, que se llamaría Man- 
gadla, mis vaquitas, mis ovejas, mis gurises y ser 
al mesmo tiempo libre como el pájaro, que no tiene 
má jaula qu’ el monte ni más conchavo que cantar. 

— Rubio, la jaula es el nido, el conchavo alimento 
pa’ los pichones, el trabajo la ley de Dios. El pája- 
ro no es má . libre que nosotros. Si algún día nos ca- 
samos — , tené por entendido que yo t’ esperaré siem- 
pre — aquí mesmo podemos vivir con independen- 
sia, hasta ande cabe. Vos sabés que padrino no es 
un patrón pa’ naides y sí un padre pa’ todos. Le 
gusta qu’ el paisano avisau se haga libre y trabaje 
por su cuenta. Ansina hiso él de moso. Por eso, en 
cuanto algún puestero tiene algunos ríales amonto- 
naus, le dise: “Vamo a haser una sociedá pa’ que 
aumentés tu capitalito”. Y ya tené un hombre parau. 
Lo mesmo hará con nosotros. Yo tengo una puntita 
de vacas y otra de ovejas, aumento del regalito que 
me hiso cuando me sacó de pila. Tamién tengo una 
platita a rédito. Vos sabés trabajar, tené unos pesos, 
’tas muy acreditau. Te haría asosiau o comprador 
de novillos o mayordomo en este puesto que v’ a ser 
estansia sigún me dijo. Pero eso será pa’ má ade- 


<r , >v9 182 



el gaucho florido 


lante. Mientras maduran las uvas sólo hay que pen- 
sar en quererse. Yo sólo pienso en eso. Soy felís que- 
riendoté, no pido má. Rubio, quiero ser pa’ vos nido 
y no jaula. 

— Venga, mi vidita, a mis brasos. Recueste la ca- 
besita aquí, ajá, aura duermasé tranquila, mientras 
le canto el arroró. 

Mangacha iba haciendo, como un niño mimoso 
que busca caricias, cuanto él le decía. Luego fué en- 
tornando los ojos con manso deleite y se durmió. 

— Esta sí que es güeña y derecha. Si no me voy 
a baraja con una prienda así es que ando con el paso 
cambiau o soy sonso derecho viejo. Pero ¿seré capás 
de sujesión, de cumplir tantas obhgasiones, sin que- 
rer reventar la soga y levantar el poncho? “Los pá- 
jaros no son má libres que nosotros”, rasón. El tra- 
bajo no me asusta; pa’ mí el má duro es diversión, 
pero los compromisos con éste, con el otro, con to- 
dos, se me hasen cadenas. ¿Adonde irá el güey que 
no are? Sabido, pero queda la elesión y la mudan- 
sa. ¿Y si por evento me da la biarasa de dejar la 
querensia y dirme con mi tropilla de redomones? Y 
güeno, me iré. Mangacha siguro comprenderá. Y 
dispués cada estasión su pastura; no voy a tener 
potros a quienes ponerles el basto ni chinas que cor- 
tejar tuíta la vida. Tamién de eso ando aura medio 
asqueau. Las chinas, la que no verdona y desabrida 


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CARLOS 


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me va a pareser pasada. Y Micaela, ah, ¡Micaela!... 
El gaucho debe picar de flor en flor y volar. Y mi 
prienda, pobresita, tan confiada. Eso me ata má. 
Cuando digo que yo solo voy a ponerme la coyun- 
da. . . 

Se durmió con la preciosa carga en los brazos. 
El albear los sorprendió así. La noche, por la puerta 
del oriente, se recogía las faldas y se iba del baile. 
Palidecían las estrellas, al igual de las mozas tras- 
nochadas, y abandonaban la nocturna fiesta por mi- 
llares. Un gallo cantó, mugieron los temeros en el 
tambo, las lecheras les respondieron incorporándose 
con las ubres llenas de leche. 

Doña Justa se asomó a la puerta, y contemplando 
a los novios: 

— ¡ Eso sí es vida ! — murmuró. 



XI 


C UANDO yo desiba que las divinasiones y las 
brujerías de Casilda iban a tener cola, ustedes 
se réiban y aura están de jeta colgando. A Juan nai- 
dtes duda que se lo tragó la tierra, güeno. Sabana y 
Mansilla, alegando una parada con los hermanos Pi- 
ris, que eran cuatro y se le vinieron como a cobrar- 
les los visios, tuvieron que chusearlos, y aunque los 
presentes declararon en favor d’ ellos, marcharon 
pa’ la jefatura, güeno. Lusero anda medio falto y 
hasiendo de las suyas por las pulperías, güeno. Las 
Gatas tuvieron unas paperas bagualas y dispués por 
no sé qué cuestiones quisieron ahugar a la madre, 
que metía uña y diente de lo lindo, güeno. Si no es 
por Abrojo, que oyó los gritos y las apasiguó a re- 
benque, a estas horas taba la vieja de pata 'estirada. 
El cristiano má porrudo no tiene otro remedio que 
malisear que en todo esto anda Mandinga metiendo 
el rabo. A mí que no me digan. 


c — i) 185 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Sí, no hay que darle güelta ; aquí están pasando 
cosas muy raras. Se acabaron los bailongos y el gui- 
tarreo. Las cosinas paresen velorios. Sólo se oye ha- 
blar de lobisones, luses malas y duendes. ¡ Pucha di- 
go! En las noches oscuras no salgo de aquí pa’ mi 
cueva si no de daga en la mano. 

— De mucho te iba a servir contra las ánimas. 

— No le hase, Pancha; eso impide que se le aflue- 
jen a uno del todo las tabas. 

— Yo tamién la pelo — aseguró Barranca — pa’ 
mostrar la crus. Otra cosa es al ñudo. El otro día, 
sin ir má lejos, me desperté con sé y juí hasta 
la pipa pa’ tomar un poco de agua. De güelta vide 
un bulto grande en el suelo; quise darle lau, pero 
de un repente se alsó, se me vino ensima y me aco- 
modó tremendo vejigaso que me dejó sumbando los 
oídos. Me dió rabia y con tuíta mi juersa le mandé 
guardar la rebalosa hasta la ese. Entré como si juese 
en la paja y me acomodó tres o cuatro vejigasos má, 
que me dejaron sordo y alelao. Entonses pensé en 
los duendes y le mostré el mango de la daga, disien- 
do medio juertesito: “Crus, diablo”. Pues, amigos, 
han de crer, pegó un salto pa’ atrás, se hiso chiqui- 
to y disparesió. 

Discutieron un rato sobre si la aparición sería áni- 
ma, duende o el diablo. Barranca se inclinaba a creer 
lo último. 


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el gaucho florido 


— Si hubiera sido lobisón me priende los dientes. 
Sólo el diablo hase diabluras pa’ divertirse. De no, 
¿a qué venían los vejigasos? ¿Y por qué naides se 
me arrima dende que salgo de aquí mostrando la 
crus? 

— ¿ Y cómo acontesió la pelea de las Gatas ? 

Abrojo refirió una larga historia, pimentada con 
las observaciones y ocurrencias de la negra. Des- 
pués de la macabra aventura de los troperos y las 
hablillas y los obscuros temores que suscitó en la 
estancia, las gentes empezaron a demostrarles a la 
bruja y las hijas no disimulada tirria, que pronto 
se transformó, aguzada por las cavilaciones y las 
supercherías, en enconada hostilidad. Les atribuían, 
sin asomo de dudas, las cosas malas que iban suce- 
diendo. Les quisieron incendiar el rancho, y lo ha- 
brían hecho si Dn. Froilán y Ramón no lo impidie- 
ran. El peón casero se negó a llevarles la carne so 
pretexto de que la vieja le iba a hacer mal de ojo. 
Zabana, Mansilla y Lucero, por diferentes razones, 
dejaron de frecuentar el rancho. Anunciaron un bai- 
longo para festejar la falsa noticia que corrió so- 
bre la aparición de Juan y no fueron ni los músicos. 
Cuando cayeron enfermas de anginas nadie las vi- 
sitó, y todos decían: “Castigo ’e Dios”. Aquella in- 
quina injusta las tenía ya apenadas, ya irritadísimas. 
Sólo Casilda permanecía impasible. Las hijas mur- 


187 



CARLOS 


R E Y L E S 


muraban, celebraban largos conciliábulos y mostrá- 
banse desabridas con ella. Su extraño mutismo, mi- 
radas oblicuas y el negarse a dar ninguna explica- 
ción, las ponía fuera de sí y atemorizaba al propio 
tiempo. No la comprendían, no la habían compren- 
dido nunca. Creían en sus virtudes de saludadora y 
adivina, pero no sabían si ello era cosa de Dios o del 
diablo. A veces la tenían por loca y perversa, otras 
por cuerda y santa. Las miradas de lechuza las he- 
laba, pero adoraban aquellas manos flacas y del co- 
lor de los alcauciles, que al posarse en el punto do- 
loroso del cuerpo, calmaban el sufrimiento. Era dura, 
áspera y nada propicia a las efusiones sentimentales, 
pero cuando una de las hijas caía enferma no se se- 
paraba de su lado ni de día ni de noche. Cada vez 
que la paciente abría los ojos la veía tiesa, la cabe- 
za alta sobre el cuello largo, las miradas hundidas 
como dos chairas en el techo de paja. ¿En qué pen- 
saba? No se atrevían a sospecharlo siquiera. Así 
como una cerrazón de misterio la envolvía y sepa- 
raba de ellas y de los otros. 

Por las noches, antes de acostarse, oraba puesta 
de rodillas, la cara apoyada en las manos, las manos 
descansando en la mesita retacona, sobre la que se 
veía siempre la mugrienta baraja de cuero, indus- 
tria charrúa. Nunca se sentaba a comer sin persig- 
narse y besar el pan, ni guardaba las monedas de re- 


£> 188 



el gaucho florido 


galo que recibía por sus curaciones o las complacen- 
cias de sus hijas con los forasteros, sino luego de 
hacerles la señal de la cruz. Todos los días, al entrar 
el sol, después de la farra de los troperos, dirigíase 
a la Tapera y dejaba una vela encendida en el faro- 
lito de latón que ella misma había clavado en el 
ombú. 

— ¿No compriende, mama, que con esas idas y ve- 
nidas da lugar a que hable la gente? — le dijo Mi- 
caela. 

— Como si no tuviéramos bastante con lo que ya 
disen — añadió Justina. 

— No sacan el cuerpo como si estuviéramos apes- 
tadas — agregó Dorila. 

— Y todo viene de aquella noche maldita — con- 
cluyó Clara. 

— Ansina es, ansina — confirmaron juntas. 

Y quisieron impedirle que fuese a la Tapera, pero 
ella se abrió paso a viva fuerza y partió agitando los 
brazos en alto como dos serpientes. A la vuelta las 
hijas la increparon duramente, y como la gorgona, 
furiosa, empezara a repartir moquetes a diestra y 
siniestra, se lanzaron sobre ella vomitando insultos 
y palabrotas soeces. Al oir los gritos, Abrojo, que 
había ido por aquellos contornos a atar un caballo 
a soga, corrió al rancho, y a rebenque, porque no 
entendían de otro modo, deshizo el nudo rabioso de 
las mulatas. 


<r>vs 189 



CARLOS 


R E Y L E S 


— A Micaela le había dau el mal y taba en el suelo 
revolcándose. Justina, al verla, pegó un* grito a lo 
chajá y se vino abajo con la pataleta tamién. Ha- 
bían tenido las dos unos muslos de mi flor, ¡ la gran 
flauta !, y los pechos chiquitos ; má que pechos pare- 
siban brevas moradas. ¡Qué lindura! 

— No seas safau, negro viejo, y seguí viaje. 

— Yo no podía sujetarlas a las dos pa’ que no se 
lastimasen ni hisieran añicos los vestidos. Y ai acon- 
tesió una cosa dina de contarse y que me asombró, 
aunque estoy curau de espantos. A la sorda le corría 
la sangre de los arañasos por las arrugas como si 
jueran arroyitos, y teniba la boca ensangrientada de 
un colmillo que le habían volau, el último que le que- 
daba. Pues ansina mesmo, ¿han de crer ustedes?, 
se hincó en medio de las hijas, que estaban a los ma- 
notasos y las patadas y le puso a Micaela una vaina 
de cuero entre los dientes y un pañuelo a Justina, 
pa’ que no se tronchasen la lengua, dejuro, y empe- 
só a pasarles suavesito no má, suavesito, las manos 
por el corasón. Estaban desnudas de medio cuerpo 
arriba 'y yo sofocau de adeveras apenas atinaba a 
tenerles las manos apretaditas, ¿ a que no saben dón- 
de?, sobre el empeine, ¡la pindonga!, y pa mejor 
medio escarranchau en las piernas de las mosas, una 
pata sobre cada una, pa’ que no cosearan a la vieja. 
Situasión apuradasa y como pa’ haserle perder el 


c — 190 



EL GAUCHO FLORIDO 


andar al mesmo San José. A pesar de ser largo y 
juersudo apenitas podía sostenerme de puro encan- 
dilau en aquella postura. 

Todos reían como si les hicieran cosquillas. 

Abrojo tiró el sombrero al suelo para reirse más 
a gusto. 

— Gregorio siempre jué prosiador. Mucha sofo- 
casión, mucho encandilamiento, pero nunca suelta. 
¿No es ansina, Pancha? — exclamó Barranca gui- 
ñándole el ojo. 

— No — , dijo Pancha sonriendo y acariciándole 
las motas al negro — . Mi negro siempre jué gallo. 

— Agarrá ese sorrillo por la cola. Y dejá seguir 
el cuento o nu acabo nunca. 

— ¡ Pucha, digo, hasía tiempo que no nos reibamos 
de tan güeña gana ! 

— ¿Ande iba? ¡ah!, ya caigo. Las chinas se que- 
daron quietitas y quietitas empesaron a llorar, mien- 
tras la sorda les arreglaba el pelo y la ropa. Dorila 
y Clara se misturaron al grupo medio enarcadas de 
lomo como ovejas sufridas, y besaron a la madre y 
a las hermanas. Comprendí que estaba de má y rum- 
bié pa’ juera mi acalorau. 

— No, si lo tengo asigurao. Casilda es atorada, 
pero no mala. Yo la conosí mosona. Era rara, arisca 
y amiga de formar rancho aparte. ¿Qué pito iba a 
tocar en las riuniones, siendo sorda y muda? Pero 


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CARLOS 


R E Y L E S 


eso no le impediba tener cría todos los años. En 
cuanto le gustaba un paisano no andaba sentándose 
en la retranca; se réiba y se ponía lindasa y rum- 
biaba pa’ 1 rancho mirando pa’ atrás. 

— Yo una ves la alcansé, le recosté el pingo a la 
paleta y le grité: “Vamos” — dijo Barranca echán- 
dose hacia adelante y levantando la mano derecha 
como los corredores, y luego volviendo a su posición 
confesó — pero se sentó feo . . . 

— Miren al tinorio, queriendo echar güeñas. 

— ¿Y de ai? ¿O vos te eres, Pancha, que tuíta la 
vida me vieron las chinas barrigudo y vejancón? 
Tuve mi tiempo, de moso era como una simbra. Pre- 
gúntale a tu negro. 

Las pulpas de la negra, acompañando a su rostro, 
bailaban de risa. 

Como obscurecía temprano, se comía a las siete 
y prolongaba la tertulia hasta las diez, yerbeando y 
prosiando al amor de la lumbre. La reserva y el si- 
lencio del gaucho se quemaban y hacían humo en el 
fogón. La alegría del fuego y el ámbito amigo los 
invitaba a franquearse; hasta Viraqué y Lucero, los 
más reconcentrados, tornábanse locuaces y retozo- 
nes. Junto al fogón experimentaban las dulzuras del 
compañerismo. Allí las viejas amistades se acriso- 
laban y soldábanse las nacientes. La estancia engen- 
draba una especie de ciudadanía y solidaridad gene- 


192 



el gaucho florido 


rales, que reforzaba cada fogón con timbre propio, 
parejo al que caracteriza a los pueblos y las ciudades 
de un mismo país. Afinidades de categoría, trabajo 
y gustos dividían los peones, para reunirlos luego en 
grupos de aptitudes y mentalidad distintas. Los te- 
mas de las conversaciones y hasta el lenguaje varia- 
ba de grupo en grupo, marcando como el diagrama 
del tono vital de cada uno. Entre el fogón de Pan- 
cha, que reunía la flor del gauchaje de la estancia y 
el de los peones de más humilde sueldo o los gringos, 
habíase establecido ascendente valoración. La cocina 
de los troperos ejercía visible y no resistida influen- 
cia, que iba desde el vestido hasta el hablar. El re- 
pertorio de temas era allí más numeroso; la charla 
más variada; el vocabulario más rico y pulcro. Pan- 
cha, habituada a las costumbres de misia Carlota, 
que detestaba las palabrotas y las expresiones gua- 
rangas, había substituido los ajos y las cebollas por 
otros términos equivalentes, pero no sucios, que le 
había oído al patrón. Aclimatados en la cocina de 
los troperos pronto fueron recogidos por las otras, 
penetraron en los comedores de los cuatro capataces 
e hicieron su entrada triunfal en la escuela. Así se 
hicieron de uso corriente en la estancia y luego en el 
pago, caracho, pucha, la gran flauta, la pindonga, 
pistola, además de otros decires que los troperos 
traían de Tablada, de las correrías por otras estan- 


13 


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CARLOS 


R E Y L E S 


cias en busca de novillos y hasta del Brasil, a la 
vuelta de las tropeadas que hacían a Pelotas dos ve- 
ces por año. En el último viaje importaron, junto 
con dos vocablos nuevos, algunos objetos de plata 
labrada, que al punto se hizo de moda en la estancia, 
y un baile exótico. 

— Y tan luego en estos istantes faltan los tres com- 
pañeros má alegrones. Si estuviera el rubio aquí de- 
juro había encontrau algún medio de remediar las 
cosas. 

— ¿Y qué querés que hisiera? Como no esté ta- 
mién con la bala adentro. 

— No, a ese no le dentra la bala, ta curau. Lo hu- 
biera sosegau a Lusero; le habría aconsejau a Casilda 
que no alborotase a la pionada con tanto paseo a la 
Tapera. 

— ¿Y d’ ande sacás vos — tronó Abrojo fruncien- 
do el carnudo entrecejo — que el alumbrarle velas 
a los di juntos sea pecau? 

— ¿Qué estás disiendo, negro? 

— Lo que oís. Cada tarde deja una vela ensendida 
en la Tapera. Lo que nosotros creíbamos lus mala, 
era lus güeña de Casilda. Y digo güeña porque 
dende que alumbra se acabaron las otras ilumina- 
siones. 

— Esa es la cosa — aseguró Barranca — . Al salir 


<r^£) 194 



el gaucho florido 


de aquí pa’ el catre vicheo pa’ allá y no he güelto a 
ver má que una lus. 

— Yo lo mesmo. 

— El casero, que’ andau espiando a la vieja, me 
contó hoy mesmo lo que susedía. Yo no había que- 
rido nunca mirar, ni ésta tampoco. Pa’ esas cosas 
sernos amoladasos los dos. Aura que sabés, negra, 
debías llevarle a Casilda una dosena de velas pa’ que 
las prienda en nombre de todos nosotros, y vos aga- 
charte a resar. 

— Mañana mesmito le doy dos al pardo Ramón 
pa’ que se las entriegue. Es el único que llega al ran- 
cho. ¿Qué andará tramando? Nada güeno de juro. 
Lo que me sorprende es que no le aiga llevau el chis- 
me al patrón. Las Gatas le habrán pedido que no le 
diga. Y de Lusero no se sabe nada. ¿Por dónde an- 
dará aura? 

La puerta se abrió y apareció el mulato. Hacía un 
mes que faltaba del Tala Grande, había enmagrecido 
y la flacura acentuaba la saliente de los pómulos, el 
hundimiento de los ojos, de suyo cavados, y el plie- 
gue severo de los labios violetas. Pancha dejó caer 
al suelo el plato que limpiaba. “Si párese un guará”, 
pensó. Miradas inquisidoras le buscaron a Lucero 
los esquivos ojos. 

— Güeñas — murmuró y fué a sentarse a su rin- 
cón. 


195 



Silencio embarazoso. 

— ¿ Sos vos o tu sombra ? 

— Yo mesmo, en carne y güeso. 

— Casualmente Pancha preguntaba por vos cuan- 
do aparesistes como un fantasma. ¿Y de ande salís? 
— interrogó Saldivia. 

— De por ai. 

— Dejuro no has comido. ¿Querés? Tuavía tengo 
un poco de puchero. 

— Si usté me dá. . . 

— Asercá el plato. 

Echándose el poncho de verano hacia atrás, obe- 
deció. 

• — Y de Juan, ¿no te has anotisiau? 

Hizo un gesto negativo. 

— ¿Entonse se lo tragó la tierra no má? 

— Usté malisea algo, ¿no? 

— ¡ Maliseo, maliseo !, si no se ven güeyas de’ 1 en 
la Tapera ni salió de la estansia es que se lo tragó 
la tierra. 

— Eso mesmito digo yo — murmuró sordamente. 

— Pero vos se me hase que sabés má que yo. 

— Tal vé. . . 

Abrojo se impacientó. 

— Soltá lo que tenés en el buche. Te conosco la 
renguera. Hase tiempo que andás a las agachadas. 
Aquí tás entre machos, hablá clarito. 


c — s£> 196 



EL GAUCHO FLORIDO 


— ¿Manda o pide? Yo no tengo má que un patrón. 

— Vas a tener dos. Andás buscando que te trillen 
la parva y yo, guachito, te voy haser ese favor. 

Los hombres se interpusieron. Como quien aparta 
aguas se abría paso. Pancha se abrazó a él y le dijo 
bajito : 

— No le hagás caso, negro, ¿ no sabés qu’ está . . . ? 
— e hizo como si se atornillase el dedo índice en las 
sienes. 

Lucero siguió comiendo tranquilamente. 

— Cuando estén aquí mis aparseros hablaré. Que- 
daron desensillando. Aurita no má dentran. Otra 
presita, patrona. 

— ¡Pucha!, ¡qué hambruna tenés! 

— Hase dos días que no como a gusto. Me viene 
persiguiendo la polesía. Les hise una gambeta pa’ el 
lau de Bustillos y allá van meta y ponga. 

— ¡ Otra papa a la olla ! ¿ Y por qué, cristiano ? 

— Por peliar. En las pulperías me buscaban camo- 
rra pa’ esperimentar al que le hiso la pata ancha a 
una lus mala. Al santo botón era desirles que no ha- 
bía sido yo, sino mi compadre Florido. Y como tra- 
gaba saliva y prudensiaba me creían flojón y se pro- 
pasaban de lo lindo. Hasta que desidí haserme res- 
petar y empesé a repartir planchasos y algún tajito. 
En la última atracada creo que se me jué la mano. 
Me vide un poco apurau. 


197 



CARLOS 


R E Y L E S 


Y ? 

— Juyo al monte. Al comisario, que nos tiene una 
ojerisa bárbara dende que le ganamos al overo men- 
tau, no me entriego. « 

■ — Si te vienen persiguiendo los mélicos, contá con 
nosotros — dijo Abrojo ya manso. 

Entraron los troperos muy circunspectos y les die- 
ron a todos la mano tiesa. Zabana y Mansilla, de 
vuelta del pueblo, se encontraron con Florido que 
venía al trotecito muy paquete y con un clavel en la 
boca. Sólo habían estado algunas horas detenidos, 
gracias a una carta que llevaban de Dn. Fausto y 
otra del pulpero. Por el camino le contaron al rubio 
la desaparición de Juan y lo que sucedía en la estan- 
cia. Florido frunció el ceño. 

— Desde la farra todos andamos con el paso cam- 
biau, menos vos. No cabe duda que la vieja nos ha 
hecho algún daño. 

Florido no contestó. Tomaron el galope y en silen- 
cio llegaron a la estancia. 

— Ya están aquí los presos y Florido. Los hemos 
estrañau una barbaridá. ¡Quiera Dios que nos trai- 
gan un poco de alegría! Aquí tamos bastante tristo- 
nes. Les estoy asando un churraquito; no los es- 
peraba. Aura comemos a las siete. Asientensé. Y a 
todo esto, ¿no han visto a Juan? Párese que Lusero 
sabe ande está. 


198 



el gaucho florido 


— ¿Entonse aparesió? Yo estaba temiendo que se 
lo hubiera tragau la tierra o volau pa’ el sielo de un 
pique — exclamó alegremente Zabana — . Desinos qué 
hay. 

Lucero vaciló algunos instantes. Habíase propues- 
to callar para no echarle más leña al fuego de las 
habladurías, pero ya no podía con su terrible secreto. 
Era un come come que no lo dejaba vivir, y sentía 
que a lo mejor, con un trago demás, se lo iba a con- 
fiar a cualquiera a fin de sacarse aquella carga de 
encima. 

— Ansina hubiera rumbiau p’ arriba, pero matu- 
rrangueó y rumbió pa’ abajo. Tá en la cachimba — 
contestó sombrío y con la mirada perdida y como 
enredada en el recuerdo — . Entre los cuatro lo en- 
terramos ... sin saber. Dejuro al querer juír de las 
luses malas el pobre negro, que estaba mamadaso, se 
jué al poso. . . ayudau por el viaje que le mandé a 
la lus mala al querer juir yo tamién. 

Pancha se pegó dos tremendas palmadas en los 
opulentos muslos y empezó a zapatear gimoteando : 

— ¡Pobresito Juan. Tan güeno! 

— ¿Quiere desir que lo enterramos vivo? 

— Vivo no, que estaba muerto. 

— ¡Pucha digo!, es pa’ volverse loco. Y vos ¿có- 
mo sabés que estaba muerto? 

En la semi obscuridad de la cocina, alumbrada por 


199 



CARLOS 


R E Y L E S 


una vela de sebo y la luz mortecina del fogón, el par- 
do refirió las inquietudes, las sospechas, y luego los 
tristes descubrimientos que había hecho en la Ta- 
pera. Los muros ahumados, sombrosos, aumentaban 
el patetismo de la escena. Sobre el fondo de tintas 
sordas, cobraban vivo resalte los toques de luz, sobre 
la mitad de un perfil, un ojo siniestro o la punta de 
una bota. Fino como un estoque, un rayito convertía 
en brasa el broche de plata y oro de Tizón, que lle- 
vaba puesto el pardo. 

— Antes de salir de la cachimba, — concluyó — 
pensé sacarle el sinto y llevármelo como ricuerdo. 
¿De qué le diba a servir al pobre Juan? Ademá nai- 
des entierra a los muertos con las alhajas. Pero me 
paresió que lo diba a carchar y retiré la mano y me 
enderesé, dispuesto a dirme. De un repente, no sé 
qué me dió, y le saqué ligerito no sólo el sinto sino 
la daga y la cadena con los dos reló. Les jurQ que 
no tuve mala intensión ni pensaba en cosa ninguna. 
El que diga lo contrario miente y miente. ¿Qué 
juersa me empujó? No lo sé tuavía. Ai siguro hubo 
endiabladura. Aquí ’tán las priendas; el sinto tiene 
la plata que teniba, onse pesos. Mientras las lleve 
ensima, no acabaré de soñar con el pobre Juan — y 
una a una fué dándoselas a Pancha, para que se las 
entregase al pulpero y éste las pusiera junto con la 
plata que le había correspondido a Juan en la re- 
partija. 


rvs 200 (t^i 



el gaucho florido 


— No se aflija, compadre — hemos tenido disgra- 
sia, pero adrede no cometimos ningún delito. No 
hay por qué atormentarse. Verán como el patrón 
nos dise lo mesmo. 

— En fija — afirmó Barranca. 

— No hubo delito en sacarle las alhajas. Yo hubie- 
ra hecho igual. Pero la erró feo en no desirles nada 
a los compañeros. 

— Cuando diba a abrir el buche me dió virgiien- 
sa. Pensé que había carchau a mi hermano; quise 
pensarla y ya empesé a enredarme en las guascas y 
a darme contra los postes. 

— La mala suerte empiesa a castigarnos como si 
jueramos culpables. Usté, compadre, perseguido; mi 
aparsero y mi cuñau obligaus a chusear pa’ defen- 
der el cuero, y los cuatro acusaus por Manduca de 
haberles robau la plata a los muertos. Al que le han 
salido callos en las manos de robar se figura que 
tuitos sernos raspas. A mí he sabido que me tienen 
sentensiau. Anda disiendo que en la primera rigüel- 
ta me va’ haser bramar en las estacas. He de velo pa’ 
crelo. j Miren qué lonja apolillada pa’ cortar tientos! 
Lo que no cosea el porrudo, es que yo tamién se la 
tengo jurada y en cuanto lo encuentre medio cortau... 
La judiada que me hiso haser por el comisario del 
Mataojo, que es el entenau, le va’ costar carita. Jué en 
la pulpería de los Tres Caminos. Yo le había entre- 


<r^f> 201 



CARLOS 


R E Y L E S 


gau la daga al pulpero, sigún ordena la ley, y bebía 
mi vasito de caña. De un repente entró el comisario 
seguido de Manduca y cuatro mélicos. 

“Dese preso”, me dijo, y me abocó la pistola. 

Como teniba la consensia tranquila, le pregunté 
sin alterarme: 

“¿Y por qué, señor comisario?”. 

“Por ladrón de caballos”. 

Debe haber equivocasión. Soy Florido, un gau- 
cho honrau, trabajador y conosido en el pago. Trai- 
go cuatro redomones, aquí tan las guías. 

“Son sinco, falta una”, retrucó. 

“Y cómo ha de tenerla si viene entropillau mi pi- 
caso, y yo no lo he vendido”, alegó Manduca. 

— He llegau aquí con sinco caballos. Estos pai- 
sanos no me dejarán mentir. Al pulpero le pedí per- 
miso pa’ soltarlos en el potrerito, dispués de montar 
y darle rienda al que le traiba ya manso pa’ él. Él 
mesmo lo montó y vió los otros. Y me ayudó a lle- 
varlos al potrerito, ande no había ningún mancarrón. 
Desenfrenamos y nos volvimo aquí. 

El comisario comprendió que la perdía y se hiso 
el enojau pa’ disimular. 

“Marche, en la comisaría se le tomarán declarasio- 
nes. Tenemos otras cuentitas que arreglar. Traigan- 
lé alguno de los sotretas d’ él y lo ensillan, les dijo 
a los mélicos. 


<r^9 202 



el gaucho florido 


— Me tuvieron veinte horas de plantón de cara a 
la paré y con dos mélicos atrás. Se réiban de mí, me 
llamaron compadrón y sarnoso. 

“Ansina son los del Tala Grande, balaqueadores, 
pero en cuanto les aprietan las clavijas, ai lo tenés, se 
dejaría degollar como un borreguito”. 

— Comprendí que el ser juerte consestía en aque- 
lla ocasión en aguantar y aguanté. Como no pudie- 
ron probarme nadita me diban a soltar cuando dijo 
Manduca, que estaba medio pasau : 

“Ché, hermano, con éste tenemos que haser un es- 
carmiento. Vamos a esquilarlo pa’ que aprienda a 
respetar. Cabo, traigamé una tijera. Yo mesmo lo 
voy a pelar. Se lo prometí en aquellas carreras y 
cumplo. 

— El comisario se réiba. Manduca me pegó un ti- 
rón del pelo y yo aflojé el cuerpo y me dejé dir a 
tierra, hasiendomé el desmayau. Se escarranchó so- 
bre mí y me esquiló como quiso. Dispués se levantó 
y me pegó con el pie, y yo quietito. 

“Pueden retirarse”, les dijo a los mélicos, “y dé- 
jenlo salir no má; si acaso lo ayudan a montar. Vaya, 
amigo, no sea tan flojo, levántesé; tá en libertá. Y 
pongasé el sombrero pa’ tapar la pelada. 

— Y se sentaron otra vé. Yo agarrandomé de una 
silla y hasiendo que me costaba una temeridá levan- 
tarme, me enderesé y di algunos pasos tambaleando 


203 



CARLOS 


R E Y L E S 


rumbo a la puerta. Teniban las pistolas sobre la mesa, 
al alcanse de la mano, y el rebenque de Manduca en 
el medio. A cada paso me detenía como abombau y 
ellos a las bromas. Ansina me juí asercando, y cuan- 
do estuve a tiro pegué un salto, le casé la mano a 
Manduca y de revés le acomodé un mangaso al comi- 
sario, que quedó quieto, y otro al suegro. Les estuve 
repartiendo leña hasta que quedaron bien dormidos. 
Los registré pa* vasiarlos allí mesmo, pero no teni- 
ban puñal. 

Al concluir le temblaban los labios y la expresión 
de su rostro era tan fiera, que aquellos gauchos sin- 
tieron extraña desazón. 

— Les dejé el vellón por unos cuantos ríales... 
mangasos y estas pistolas — y quitándose el pañuelo 
de colores, que a modo de vincha le cubría parte de 
la frente y la cabeza, añadió riendo — : Vean la es- 
quiladura; como pa’ chinear me han dejau — y sol- 
tó su habitual carcajada. 



XII 


E STÁ Saldivia? — entró preguntando el pardo 
Ramón. . 

— Aquí estoy. 

— El patrón te llama. 

Saldivia salió corriendo. 

— ¡ Güe !, ¿ qué quedrá desir esto ? Estoy como man- 
carrón castigau por la cabesa y que siempre T anda 
mesquinando — dijo Pancha, y abriendo la ventana 
agregó — : El patrón se ’tá paseando por el escrito- 
rio de manos en los bolsicos del pantalón. Mala se- 
ñal. Y ¿qué estoy viendo? Casilda y Micaela senta- 
dlas, mirándolo achuchadas. ¡Jesús María!, ¡la que 
se va a armar ! 

Callaron. Sólo se oía la respiración ruidosa y los 
suspiros de la negra, Lucero se escarbaba los dien- 
tes con la punta de la daga. Florido, Zabana y Man- 
silla comían el churrasco tranquilamente, los otros 
yerbeaban con los ojos duros puestos en el fogón. 


c — <£) 205- 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Y güeno, yo me voy antes que caiga el comi- 
sario. 

— Dejáte estar, Lusero; vamo a ver lo que dise 
Saldivia. 

Tardó una hora en volver. 

— ¿Quí hay? 

— En cuanto dentré me hiso que les contara con 
pelos y señales lo que había susedido en la Tapera. 

“¿Pero como sabías vos?”, le preguntó a Casilda 
asercándoselé a la oreja, “que en la cachimba había 
plata enterrada?” 

“Devino, patrón; me tapo la cara, la pienso y de- 
vino”, respondió la vieja a los gritos. 

“Qué vas a divinar; no me vengas con cuentos. 
Te he dicho que no creo en agüerías”. 

“Devino, patrón, le juro que devino”, retrucó la 
sorda taconeando. 

“No puede ser. Vos sabías algo”. 

“Sabía que Saldaña teniba una platita y una olla 
de tres patas y la mujer un anillo de tapita. Pensan- 
do una vé, vide la olla con la plata y el anillo en el 
fondo de la cachimba. De eso naides me avirtió 
nada”. 

“De vina, padrino, de vina. Cuando la finada patro- 
na murió en el baño, al ver venir el coche a la dis- 
parada se tapó la cara y dijo: Misia Carlota ha 
muerto”. 


<r^3 206 



el gaucho florido 


El patrón quedó pensativo. Después, volviendo a 
acercarse : 

“¿Y por qué no quisistes desirle a Juan lo que le 
veías en los ojos?” 

“Lo vía muerto en el fondo de la cachimba”. 

— Yo me quedé alelao. Ansina mesmo tuve juersa 
pa’ desir: Lusero campeando a Juan y no viendo 
güeyas coligió que se había caído al poso. Sacó el 
escombro y lo encontró. Y le conté lo que vos venís 
de contarnos porque al patrón hay que desirle la ver- 
dá pa’ que no lo agarren de sorpresa los otros. Ta- 
mién le conté las judiadas que te hisieron a vos, Flo- 
rido. Y estuve asertau como ya verán : 

“Me párese que estoy soñando”, dijo el patrón pa- 
sándose la mano por la frente. “¿Y de qué murió al 
fin el pobre Juan, de la herida u augau? 

“Del pecho; lo que asigura Lusero son figurasio- 
nes. Anda medio falto del disgusto. No hay herida. 

— Cuasi me caigo redondo. 

“¿Tás sigura?” 

— La vieja se tapó la cara un ratito y afirmó ri- 
suelta : 

“Sigurisima”. 

— En eso dentro Dn. Froilán con un julepe bárba- 
ro, disiendo medio atorau que el comisario de la se- 
sión y el del Mataojo querían hablarle. El patrón hi- 
so pasar las mujeres a la sala, les dijo que esperaran 


207 



CARLOS 


R E Y L E S 


allí y en cuanto se presentaron los polesías, sin dar- 
les la mano ni of reserles una silla, como hase con 
todo bicho viviente, les ganó el tirón y les dijo tran- 
quilo viejo no má, pero con esa risita que le arrem- 
puja un rincón de la boca pa’ arriba cuando está 
medio incomodau : 

“¿Ustedes vienen por Florido y Lusero? Güeno, 
pueden desirle al jefe que no he querido entregár- 
selos, pero que si él lo desea se los llevaré yo mesmo. 
De paso lo pondré al tanto de los enjuagues de uste- 
des con Manduca pa’ perseguir a mi gente sin nin- 
gunísima rasón . . . como no sea la de ser testigos de 
muchas cosas que a ustedes no les conviene que se 
sepan. ¿De ande sacan que a los gauchos de esta tie- 
rra se les puede buscar pleito, tratarlos de ladrones y 
hasta esquilarlos por burla sin arriesgar el pellejo?”. 

— Los comisarios quisieron alegar, pero Dn. Faus- 
to los atajó con la mano y siguió viaje. 

“Ya sé que Florido los curtió a mangasos a usté 
y a Manduca, y qué querían que hisiera dispués de 
la judiada, ¿que les diese las grasias? Si hubiera te- 
nido siquiera un cuchillito de cortar tientos los abre 
en canal. Cualquier hombre de virgüensa habría he- 
cho lo mesmo, ¡qué amolar! En cuanto al sabandija 
de Manduca, diganlé que no me ande buscando por- 
que me va’ encontrar. Tuavía no me ha pagau 1’ ha- 
sienda robada que me vendió. Los resibos tán firma- 


208 



el gaucho florido 


dos por ustedes. Papelitos cantan. Podría haserlos 
mandar a los tres con una barra de grillos a Monte- 
video. No lo hago porque no me gusta haserle daño 
a nadie. Pueden retirarse”. 

— Los mosos dieron media güelta mascando rabia. 
De pronto, el del Mataojo, que es medio ideoso y 
de avería, se encaró con el patrón y le pidió permiso 
pa’ hablarle. 

“¿ Me permite dos palabras ? En lo del robo de ca- 
ballos, el plantón y la esquila falté a mi deber, sí se- 
ñor. Había comido un cordero al asador y bebido bas- 
tantito. Mi suegro desageró, desía que se trataba de 
un gaucho compadrón, peleador y ladrón. Pero de- 
jemos eso a un lau. . . Y los mangasos tamién. Nos- 
otros veníamos a llevarlos presos porque hubo derra- 
mamiento de sangre en las pulperías y en la farra de 
la Tapera un muerto. Lusero’ andau lusiendo las al- 
hajas del finau. Tamién hubo robo”. 

“Si hubieran querido robarlo nu diban a deposi- 
tar la parte que le correspondía a Juan en manos del 
pulpero, ni Lusero hubiera hablau del asunto, ni di- 
ba a lusir las priendas en ve de esconderlas. Jué una 
negrada. Los ladrones no obran ansina”. 

— ¡ Patrón viejo ! — exclamó Abrojo — siempre el 
mesmo, siempre dispuesto a haserle una gauchada al 
pobre ! 


14 


209 



CARLOS 


R E Y L E S 


— El comisario, levantando la vos — continuó Sal- 
divia — bufó engallándose: 

“Esas son cosas que nosotros tenemos que aviri- 
guar. Pa’ algo sernos la autoridá. No hemos venido 
a oir sermones”. 

— Aquí el patrón sonrió juerte. 

“¿ Ustedes la autoridá, que no hasen otra cosa que 
cometer injustisias y encubrir las fechorías y los 
robos de Manduca y repartirse la plata con él?”. 

— Viendo que la cosa se estaba poniendo fierasa, 
pelé la daga debajo del poncho y me aserqué pa’ d en- 
trar a las obligadas, mientras ño Froilán remolinia- 
ba por allí como gallo entortau, y vide, cuando qui- 
sieron haser armas, que Ramón, Casilda y Micaela 
los asujetaban por detrás y que el patrón, casandolés 
la mano derecha a los dos, les levantó los brasos y se 
los torsió hasta haserlos gritar, ; juersa de hombre!, 
al tiempo que les desiba: 

“Quietitos o les ruempo los brasos. No olviden 
que aquí en mi casa la única autoridá soy yo”. 

— En esto dentro corriendo Faustito de camisa 
hasta los pies. Clavó una rodilla en tierra y apuntán- 
doles con ese vinchester, que no acaba nunca de es- 
cupir balas, les gritó : 

“En cuantito se muevan los dejo secos a los dos. 
Abrite, papá”. 

— Y miraba fiero y mostraba los dientes blanqui- 
tos. 


210 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


“Vayasé, amiguito, a la cama”, ordenó el patrón. 
“¿Quién lo mete en estos bailes?”. 

“No, papá, mientras esos no se vayan, no. Conmi- 
go no van a jugar. Van a pitar del juerte. Abrite, 
pues . . . ”. 

— ¡Jué pucha, gurí guapo! El patrón no pudo me- 
nos que rirse. Yo teniba ganas de rir y de llorar, an- 
sinita mesmo. . . 

“Ya oyen lo que ordena el patronsito. Acompañá, 
Ramón, estos hombres al cuarto de güespedes”. 

— Les habían sacau los revuelveres y salieron sin 
desir ni pío, refregandosé los brasos, medio desco- 
yuntan. El patrón le dió un beso en la frente a la 
ahijada, la palmeó a Casilda, que teniba en la mano 
una cuchilla machasa, y agarrando al gurí y sentán- 
dolo sobre las rodillas lo abrasó y besó. 

“¿Entonse usté iba a defender a su papá? Tá güe- 
no, pero en estas cosas no tienen que meterse los ni- 
ños. ¿Te das cuenta de lo que es matar un ser huma- 
no a tu edá?” 

— Faustito le puso las manos en los hombros, se 
echó pa’ atrás, y con los ojos muy abiertos, respon- 
dió : 

“¿Y vos hubieras dejau matar a tu papá pudiendo 
salvarlo? ¿Y yo te diba a dejar matar a vos de boca 
abierta? No embromés, papá, tás chocheando”. 


c 211 



CARLOS 


R E Y L E S 


“Güeno, mañana hablaremos de eso. Aura a la ca- 
inita, porque va a tomar frío”. 

— El patrón volvió a rirse y me dijo: 

“¿Y qué te párese a vos de esto, Saldivia? Y lo 
peor es que no he sabido qué contestarle”. 

— Era una picada sin salida, patrón. 

“Hiso bien y hiso mal. No hay que engreírlo, de 
no, ¿quién lo sujeta?”. 

— Y me palmeó y me dió las grasias. Y me acom- 
pañó hasta la puerta. Yo, de puro boleau ¡ pucha di- 
go!, no supe contestarle. 

— El gurí es de ley — aseveró Florido — estoy 
siguro que si sacan armas les priende bala. Y gene- 
roso como el padre. Nu hay día de amasijo que no 
nos traiga una ponchada de panes y biscochos. 

Siguieron hablando de Faustito. Lucero permane- 
cía silencioso y parecía no oir. De súbito lanzó un 
juramento de los que nunca se oían en aquel fogón 
y se incorporó de un salto. 

— ¿Y yo qué voy’ haser aura? De puro bruto he 
comprometido a todos, mesmo al patrón, mesmo al 
niño. ¡No partirme un rayo! Me ’tán dando ganas 
de coserlos a puñaladas a los comisarios a ver si me 
compongo. Porque no hay que darle güeltas, a mí me 
han dañau. De nantes no era ansina. Apenas salidito 
de la cáscara tuve mala bebida, pero respetaba los de 
1’ estansia. Y aura hago unos barros. . . A Juan, di- 


rvs 212 



el gaucho florido 


ga lo que diga la vieja, lo herí yo. ¿Y cómo no diba 
a ser yo? Sentí el quejido, vide la herida. Jué sin 
querer, señal que estaba dañau. A mi compadre le 
tiré a partirlo, estaba mamau, pero sin daño no ha- 
bría hecho tamaña barbaridá. Y todos me despresean 
y no al ñudo. La primera Micaela, y yo la quiero a 
caerme muerto. Lo mesmo a usté, compadre ; me ha- 
ría matar ande quiera por sacarlo en ancas d’ un 
apuro, y en cuanto chupo un poco lo envideo y Y ofen- 
dería pa’ peliarlo. Yo debía dirme al monte ande no 
hubiera caña ni gente. ¿Qué voy’ haser en esta perra 
vida ? Barro y más barro — y tornó a incrustarse en 
su rincón, jadeante de haber hablado y accionado 
furiosamente. 

— Cálmate, Lusero, aquí naides te despresea. No 
seas ansina. 

— Tiene rasón ña Pancha; no tenés por qué afli- 
girte. No has cometido ningún delito. De lo que acon- 
tesió aquella noche entre vos y yo ni me acuerdo, ni 
nunca me acordé. 

— ¿De adeveras, compadre? 

— Lo apreseo como de nantes y má tuavía porque 
lo veo afligido. Pero es al cuete descorasonarse. Dis- 
pués de la noche negra, la madrugada clarita. Nin- 
gún criollo de nuestra laya se ahuga en un dedal. Y 
todos son dedales en este mundo. Hay que jugarle 
risa a la mala suerte, pero eso sí, andar bien montau. 


<r^v£) 213 



CARLOS R E Y L E S 

Miren lo que me pasa a mí : estoy má comprometi- 
do que naides y dende mañana me verán rir y cha- 
cotear como siempre, lo que no priva que cuando lle- 
gue l’ocasión. . . Conviene a veses aflojar pa’ pegar 
el seco má juerte. Usté lo sabe, compadre, porque es 
tan güen pialador como el mejor entre los mejores. 

— ¡Pucha digo con la labia del rubio! Abre la 
tranquera y salen las ovejas de los bretes brincando 
y blanquitas como arresién esquiladas. Crélo, Lusero ; 
te ’tá hablando como un hermano. ¡Qué caracho!, 
aquí tuitos sernos hermanos y si tuviéramos el pico 
d’ él te desíamos lo mesmo. 

— Es que a mí me pasan cosas como pa* golver ta- 
rumba al má pintau. 

— Tás impresionau con la muerte de Juan. Lo des- 
enterraste y lo golviste a enterrar. Has andau con el 
finau a los tientos como quien dise, meta cavilar. Y 
dispués ¿quien t’ asigura que fuistes vos el que lo 
hirió? Yo tamién le menié hacha y punta a la lus. 

El pardo levantó la cabeza y volvió a exaltarse. 

— Juí yo no má; no quiero que naides cargue con 
mis culpas. Si no juese sido yo no se me aparesería 
Juan tuítas las noches en cuanto sierro los ojos. 

“Hermanito, perdonáme, vos sabés que te herí sin 
queré, que nunca pensé quedarme con las priendas”, 
le digo, y él se rí y me muestra los reló, la daga y 


s 214 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


el sinto. Es porfiau a dejarlo pa ’1 otro año. Le estoy 
tomando rabia. 

— Aquí no hubo culpa, disgrasia sólo. Si nos per- 
siguen juímos al monte. ¿Qué le párese, compadre, 
dentrándole los dos a los mélicos ? y soltó su redonda 
carcajada. 

— A mi compadre ¿cómo le van a resestir las chi- 
nas si los hombres mesmos no lo resisten ? — excla- 
mó Lucero, mirándolo cariñosamente. 

Salieron de la cocina, en comitiva caminaron unos 
cien pasos en dirección a la Tapera, hasta ver clarita 
la luz de Casilda. 

— Allí está quietita y mansa — le dijo Viraqué a 
Lucero pasándole el brazo por el cuello. 

— La sorda vieja — sentenció Pancha — es la úni- 
ca que ha hecho lo que se debía : prenderle velas al 
finau y encomendarle a Dios el alma del di junto. Te- 
nías rasón, Gregorio. Mañana mesmo todos nosotros 
vamo a derretir sebo y haser velas. 

Los gauchos respiraron hondo. 

& 


. Lucero, a poco de acostarse y mientras Viraqué y 
el casero roncaban de contrapunto, se levantó, y con 
la cantimplora de tropear entre las manos, sentóse 
junto a la puerta. 


<r^s> 215 



CARLOS 


R E Y L E S 


“Es al ñudo”, se dijo, “siempre lo veré lo mes- 
mo. La cosa no tiene güelta”. Le pegó unos cuantos 
besos al frasco y continuó: “Tá visto que mi herma- 
no, haga lo que haga, no me perdona; que las Gatas 
me han endemoniau y que yo voy’ armar cualquier 
día un batuque grande. L’ estoy tomando rabia a 
tuito el mundo. El negro es porfiadaso, devolví las 
priendas, confesé y Juan en las mesmas, rí que te rí. 
Es como pa’ desenterrarlo y degollarlo de oreja a 
oreja. Y Micaela me despresea y en las pulperías me 
hasen uñitas pa’ ver si arrollo el lomo o no tengo cos- 
quillas. Sólo esta pansa”, concluyó acariciando la can- 
timplora, “tiene cosas güeñas pa ’l pobre Lusero. 
Lástima que ya ’tá a las boquiadas”. 

Siguió pensando y siguió bebiendo. 

“Andar a monte, pero ni ansina mesmo va’ dejar 
de crusificarme. Tengo dos muertes peliando cara 
a cara. Eran dos taitas mentaus y me quisieron 
arriar con el poncho. Me defendí, los mandé pa ’l 
otro lau y nunca m’ acuerdo del caso. ¿ Y pa’ qué diba 
acordarme? Si se toparon con el horcón del medio 
no jué culpa mía. Y aura, inosente, ando como borre- 
go loco : güelta y güelta. Es que con el negro eramos 
lo mesmo que hermanos. Nos ayudábamos en tuíta 
ocasión. ¿No es sierto, hermanito? Lo tuyo era mío 
y lo mío era de vos. Hasta nos repartíamos las chi- 
nas. Y los dos queríamos a Micaela y hablábamos de 


<T"n^ 216 — i 



el gaucho florido 


ella afligidos, pero sin selos. Si la cosa hubiera sido 
con cualquiera de los otros, nos habíamos atracau y 
a estas horas no miacordaba má y eso que a los com- 
pañeros les tengo cariño y no es sonsera. En particu- 
lar a mi compadre Florido. ¡Criollo lindo!, guapo 
como las armas y güen amigo. Lo quiero y lo respeto 
y a pesar de eso me gustaría atracarme con él, . . por- 
que lo envideo y soy de mala entraña tal vé. ¡ Hijo 
de una gran flauta ! 

Un perro cimarrón vino a echarse junto a él. 

“Dichoso vos, Lusero, qu’ estás juntito a ella. 
¿Me venís a buscar de parte de tu patrona? Los 
tiempos han cambiau, viejo. Aura no tengo dentra- 
da en el rancho ande te llevé mamonsito tuavía y te 
pusieron mi mesmo nombre como ricuerdo”. 

La luna semejaba la delgadísima hoja de una hoz. 
La noche habíase empolvado de sombras claras. 
“Ansinita mesmo tiene el cuero Micaela”, pensó 
Lucero mirando al cielo. “Si no juese por ella sería- 
mos como chanchos con el rubio. Que lo quiera a él 
y no a mí, me corre la sincha a las verijas y ya 
m’ agacho a bellaquear. 

Un hombre se alejaba pegándose a las paredes. 
Lucero, reconociéndolo, lo siguió. Se dirigía al ran- 
cho de las Gatas. Llegó a la puerta y golpeó quedo. 
Micaela abrió y se abrazó al rubio. 

— Mi chino querido, te estaba aguaitando como 


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CARLOS 


R E Y L E S 


la tierra reseca a la lluvia. Me aseguraste que el mes- 
mo día que llegaras vendrías a verme y cumpliste. 

— Cumplir es mi ley, tesoro. 

— ¿Te has acordau de mí? 

— Ya te creo, al atar deser. . . 

— Yo tuíto el día — , y le mordió los labios con 
amorosa furia — . Dentramos, mi negro. 

Entraron. Micaela tenía la cama en la pieza que 
era comedor y sala. En los días de baile la sacaban 
y ponían en el cuarto de las hermanas. 

— Desime ¿cómo te ha ido? Antes dejáme que te 
bese como aquella noche, ¿t’ acordás? — y tornó a 
acariciarlo con frenesí hasta quedar jadeantes y co- 
rno ebrios los dos. 

Lucero, tomando infinitas precauciones, logró 
acercarse a la puerta que Micaela dejó entornada, 
porque hacía ruido al cerrarla. El perro se echó jun- 
to a él. 

— ¿Me querés, mi chino? 

— ¿Y de no, diba a estar aquí? 

— Se corre la vos que te has ennoviau con Man- 
gacha. 

— ¿Y de ai? Eso no priva que te quiera a vos. 
Ella es mi novia, vos mi china. Y tuavía eso del ca- 
sorio tá lejos. 

— Con lo que me dés me conformo, rubio. Y su- 
seda lo que suseda no dejaré de ser tuya. Soy yo la 


218 (jyo 



el gaucho florido 


que te debe agradesimiento dispués de aquella noche. 
Nunquita la olvidaré aunque no me quisieras y me 
hisieras sufrir; no, no, nunquita la olvidaré. Pa’ vos 
me estaba reservando y juí tuya y juistes mío y juí 
dichosa pa’ tuíta la vida. ¿Entendés, Florido?, pa’ 
tuíta la vida. Cuando te casés y seas felís, porque 
estoy segura que Mangacha te sabrá haser felís — 
sólo la flor del pago podía mereserte y convenirte 
pa’ mujer — te pido que no olvidés del todo lo que, 
como china, juí, soy y seré pa’ vos. 

— Por má bien que me vaya, nunca te olvidaré. 
Pero te diré, Micaela, que a veses me asusta cariño 
tan grande, que yo no puedo comprender sino a 
medias. Soy muy tarambana. Si me caso o me voy 
a otros pagos, ¿qué va’ ser de vos? 

— El ricuerdo y el cuidau de tus flores y quedo 
contenta. 

— Sos un tesoro, chinita; no tenés presio. Pero yo 
nunca podré darte lo que meresés. Hay otros que te 
quieren con má empeño. 

— Vos no sabés, Florido, que querer a uno es el 
asco de los otros. 

Lucero tan pronto echaba mano a la daga como 
se tapaba la boca para que no se le escapase un so- 
llozo. 

— Soy y seré tuya, tuyita. Aura me apreseo má 
que de nantes. Se me hase que te llevo en el cuerpo 


rvs 219 



CARLOS 


R E Y L E S 


y que me ofenden tocandomé. Ya vé si me gusta el 
baile, pues he resolvido no bailar má. 

— Yo quisiera, prienda, que cuando me casara te 
casaras vos tamién. Sabana, Mansilla, Lusero te 
quieren, pero es mi compadre el que te quiere má y 
sufre como un condenau. Yo lu he visto llorar, y 
cuando un criollo de esa laya llora . . . Por agradar- 
te dejaría la bebida, el juego y se haría un hombre 
derecho. Estoy siguro. Y tendrías a tu lau alguien 
que te sabría haser respetar. Entre tus hermanas y 
la vieja estaría temiendo por tu suerte. Ai, ande lo 
ves, barullento y ligero p’al cuchillo, es el de mejor 
cofasón y sin peresa pa’ el trabajo. 

— Mi amor es una lindura, que mesmo por vos, 
rubio, no me lo dejaría quitar. Con él sólito soy y 
seré dichosa. Te lo güelvo a repetir: La que quiere 
a uno ahórrese a los otros. Soltero o casau, muerto 
o vivo, seré tuyita. Eso tampoco estaba en tus libros 
y es ansina. 

A Florido le pareció oir afuera como un quejido. 

— ¿Oistes? — preguntó. 

— Es mi perro, siempre duerme ai. A Lusero lo 
quiero como a un hermano, y hermanos es lo que 
sernos, asigún asiguró la vieja, que nunca miente. Ni 
él mesmo lo sabe. Hase poco que lo supo la vieja y 
me lo dijo. De gurisito se lo llevaron del rancho. 
Muerto el padre, el mulatito, dispués de haber andau 


220 



el gaucho florido 

rodando como bola sin manija, de pago en pago, 
cayó a T estansia pidiendo conchavo “pa’ toda clase 
de trabajos de campo”. Teniba dies años. A padrino 
le cayó en grasia y lo tomó. Pero él me quiere de 
otro modo, lo mesmito que* 1 pobre Juan; me codisea 
pa bien desir, y eso aunque no jueramos hermanos 
no podría ser. Tuyita y solo tuyita, hasta que me 
muera. Pero vamo a otra cosa, ¿queré, mi chino 
lindo?; vamo a quererno. 

— Ya está. 





Entró ni comedor» «rolttctili» pe* l>v FVíaíUiv 
thtdó con grande afecto ni patrón y » Fawsrito y 
*tnnn le* tcmlió la punta óc kv¡¡ «fotos a kvs comisa* 
5», Y *e quitó U boina* cm» que $ók> hacia, vicíame 
' ^ Ekusux £ate k> puso al tanto de k> qwe había 



CARLOS 


R E Y L E S 


ocurrido en la Tapera y de su propósito de celebrar 
allí la misa. 

— Yo que vos, papá, la convertía en sementerio. 

Miró a su hijo algunos instantes y luego pregun- 
tó sonriendo: 

— ¿Qué le párese, padre? 

— Lindo no más. 

— No se cómo no caí antes en la cosa. 

— Tampoco yo. Escuela, capilla, sólo faltaba el 
sementerio, esto es, sepultura cristiana. Faustito tra- 
vieso, pero tener ideas buenas y mucha caridad. 

— Tengo interés en que ustedes vean el cuerpo del 
pobre Juan. Las armas las tienen ahí, en la sala. Va- 
mos a montar; acompañólos, Faustito. 

Los comisarios siguieron al niño muy graves y 
dignos. 

— Mala gente, mala — refunfuñó el cura ponien- 
do los enormes y colorados puños sobre la mesa. 

Tomaron el trote, escoltados por los milicos y 
unos sesenta peones. Las familias más respetables y 
el chinerío, formando grupos menudeaban el paso 
corto y rápido de las criollas camino de la Tapera. 
Casilda y sus hijas se habían cortado solas adelante. 
De pronto el patrón sofrenó. 

— Otra desgrasia. Allí hay un hombre colgando 
del ombú; siganmé — y arrancó. 

Algunos minutos después Florido se le acercó y 
le dijo : 


(T'vs 224 



el gaucho florido 


— Es el pobre Lusero, patrón; se ha matau — e 
hincaron espuelas. 

Llegaron corriendo, lo tocaron, estaba frío. Tenía 
los ojos saltados de las órbitas, como dos globos san- 
guinolentos, y la lengua amoratada le pendía de la 
boca. Florido tuvo la impresión de que se había es- 
tirado enormemente. Pegó un salto y cortó el ma- 
mador. Zabana y Mansilla recibieron el cuerpo y lo 
depositaron en el suelo cuidadosamente. Luego se 
quitaron los gachos y permanecieron silenciosos mi- 
rando el cadáver. 

— Éste ya no nesesita la estaqueadura que le an- 
daba pidiendo el cuerpo — dijo el más gallito de los 
comisarios. 

Los troperos los miraron fijamente y avanzaron 
un paso hacia ellos. 

— ¡Hij os de perra ! . . . — murmuró Florido. 

Afortunadamente se acercaba el patrón, el som- 
brero en la mano, el rostro severo y triste a la vez. 
Permaneció recogido algunos minutos, y besando a 
Lucero en la frente se alejó cabizbajo. Los troperos 
también lo besaron, tranquilos, trocada repentina- 
mente la ira por la ternura, una ternura insospecha- 
da en aquellos hombres de pelo en pecho. El cura 
oraba hincado. Quejidos, sollozos, lamentaciones, 
fueron en crescendo a medida que llegaban las muje- 
res. Casilda y sus hijas rodearon al difunto, dando 


15 


<r^9 225 



CARLOS 


R E Y L E S 


señales ciertas de viva aflicción. Sólo los comisarios 
permanecieron indiferentes, los chambergos encas- 
quetados, hablando y fumando como si tal cosa. En 
posesión de sus armas sentíanse de nuevo autoridad. 
Hasta las mujeres empezaron a mirarlos rencorosa- 
mente. 

La misa fué simple, humilde, sin más ornamentos 
ni pompas que la majestad de la naturaleza. El cura 
se había puesto sobre la indumenta criolla la vieja 
sotana de lustrina, que usaba lo mismo en verano 
que en invierno, y una casulla muy remendada, pero 
blanquísima. Aclaraba, los vestidos y los trajes de 
vario color hacían que el albo altar pareciera surgir 
de un prado florido. En el momento de elevar el cá- 
liz salía el sol y hubo como un místico incendio en 
la testa del rústico sacerdote. Éste, terminada la. 
misa, recorrió la extensión que había de ser cemente- 
rio, dando hisopazos a diestra y siniestra. Don Bau- 
tista, su paisano y grande amigo, y el maestro, que 
era muy religioso, lo seguían a respetable distancia. 
Entre tanto los gringos sacaban el escombro de la 
cachimba, mientras los troperos abrían las sepulturas, 
de Juan y Lucero, una junto a la otra. 

Alrededor del cuerpo de Juan se arremolinó la 
gente. La vieja Casilda mostró la boca sellada por 
un cuajaron de sangre, que se extendía por el pecha 
formando como una costra. La levantó con la punta. 


226 



el gaucho florido 


de los dedos y apareció la ropa intacta. No había 
herida. 

— ¿ Han visto ?, — les preguntó secamente el pa- 
trón a los comisarios. 

Después su mirada adquirió la firme serenidad 
habitual y empezó a dar vueltas por el cementerio, 
experimentando el íntimo goce de haber convertido 
aquel sitio de atribulaciones y horror en lugar de 
santo reposo, donde a su gente le sería grato visitar 
a los deudos y amigos y dormir en la querencia el 
último sueño. 

“Aquí, pensó, irá la calle de entrada, espasiosa 
y bordeada de sipreses ; allí una cortina de eucaliptus 
y álamos para sujetar los vientos, y allá la calle 
transversal. De tanto en tanto, un hibiscus de flores 
blancas. Y todo el terreno sercado de ligustrums. 
Quedará muy lindo”. 

Saldivia lo sacó de su ensimismamiento pregun- 
tándole si deseaba asistir al entierro de Juan. Hizo 
un gesto afirmativo y se fué acercando. 

— Adiós, compadre — dijo Florido al descender 
a la fosa el cajón de tablas sin cepillar. 

— Hasta pronto, Juan — murmuró Saldivia. 

Terminada la ceremonia, el patrón, cubriéndose, 
tomó a Faustito de la mano y se dirigió a la volanta, 
donde el tape Britos los esperaba. Éste le entregó las 
riendas y corrió en busca de los caballos ; dióle vuel- 


r'vf) 227 



CARLOS R E Y L E S 

ta el sobrepuesto de aguará a los dos aperos, porque 
Dn. Fausto tenía por cosa de gauchos poco adver- 
tidos sentarse sobre los pellones calientes, y montan- 
do de salto en uno de los caballos y con el otro de 
tiro salió chato trás del coche para abrir la portera 
cercana. La peonada, menos los troperos, que se 
quedaron para velar a Lucero, formando grupos con 
un capataz al frente se dispersaron en distintas di- 
recciones. A poco, resonancias, ecos lontanos y movi- 
mientos de hacienda avivaron el campo soñoliento 
aún. El hopa, hopa de los peones se fundía con el 
grito de los teros y los mugidos de las reses, que por 
cuchillas y llanos acudían a los rodeos, humeantes 
como si salieran de un baño caliente. 

La calma volvió a reinar en el Tala Grande gra- 
cias a las medidas del patrón. Con la tétrica Tapera 
de los duendes desapareció la fauna alucinada de las 
almas en pena y las luces malas. Tres cruces velaban 
por la paz de los muertos. Desde lejos, al pasar, las 
gentes los saludaban sombrero en mano. La estancia 
entera, cual si quisiera olvidar malas pesadillas y 
sacarse al sol las pulgas de las supersticiones, entró 
en un período de afiebrado ajetreo. 


228 (L^~i 



EL GAUCHO FLORIDO 


El patrón salía al campo entre tres y cuatro de la 
mañana. El aparte y destete de la ternerada exigía 
tensa y prolija atención. Había que tener en cuenta 
la edad y el crecimiento de los terneros, el estado de 
las vacas antes de apartarlos, y se apartaban todos 
los años por aquella época diez o doce mil. La gente 
volvía a las casas cerrada la noche, o dormía al raso 
o en los galpones de algún puesto. En cada uno de 
éstos tenía el patrón su dormitorio reservado, que 
olía a limpieza: paredes encaladas, aunque el revo- 
que fuese de barro; piso de ladrillos pulidos por la 
escoba y el fregoteo. El moblaje, pintado de verde 
como la puerta, se componía de dos camas de hierro, 
una mesa de pino, un lavabo y cuatro sillas. Cuando 
el trabajo sufría algún retardo y no podía llegar a 
tal o cual puesto, churrasqueaba y pernoctaba en la 
ladera de alguna cuchilla. El continuo y rudo trajín 
lo obligaba a marchar seguido de cuatro o cinco tro- 
pillas y a mudar de caballo hasta tres o cuatro veces 
por día, lejos de la estancia, lejos de los puestos, en 
los confines del campo donde no había corrales. Pero 
esto no lo detenía ; formaba corral de gente, una rue- 
da de hombres con los brazos en cruz y agarradas las 
manos, de las que colgaban los rebenques y los arrea- 
dores, mantenidos en suave balanceo a fin de inspi- 
rarles respeto a los pingos, siempre nuevos, ariscos 
todavía y que no paraban a mano. Alguno de los 


c — *9 229 



CARLOS 


R E Y L E S 


capataces los enlazaba y entregaba por turno a los 
peones, revoleando el lazo sólo lo indispensable para 
que no atropellasen y se llevaran la gente por de- 
lante. En cuanto al patrón, que de tiempo en tiempo 
hacía algún tiro de bolas o de lazo para enseñar, no 
revoleaba poco ni mucho. Cuando algún capataz 
erraba dos o tres tiros, y erraban todos los capata- 
ces, decía apeándose del coche: 

— Dame el laso, que te voy a enseñar. 

Hacía una armada no muy grande, conservando 
buen número de rollos en la diestra, el resto en la 
izquierda, y se ingeniaba, girando en el centro del 
corral, para que la caballada tornase rápidamente, 
pero sin formar pelotones, hasta que se cortaba el 
caballo elegido solo o con dos o tres más. Entonces 
disparaba el lazo con tanta velocidad y maña que 
no le daba tiempo de sentarse ni apresurar la ca- 
rrera. Los rollos se deshacían rítmicamente en el 
aire siguiendo la armada que, como un chimango 
soltando plumas tras de su presa, caía sobre el bruto. 
Un tirón a tiempo y quedaba cerrada, no en el co- 
gote, sino debajo de las carretillas, de donde era 
más fácil dominarlo. Los peones, guiñándose el ojo, 
sonreían. Si el capataz era Saldivia, “¡Pucha di- 
go!”, exclamaba rascándose la cabeza. Luego en el 
fogón comentaba: 

— ¡Y desir que no lu he visto en nunca de los ja- 


230 



el gaucho florido 


mases errar un tiro ! Cuando el flete se corta y él lo 
sigue un poquito medio agachau y con el braso tie- 
so y le manda la armada como un balaso, es al ñudo 
que se encoja, ya está enlasau. Y si por evento se 
sienta y güelve, se rigüelve con él y se lo encaja de 
revés. ¡Pucha digo! ¿Quién es capás de eso sin fa- 
llar ni una ves? Naides, ni el mesmo rubio, que le 
ha tomau los puntos. ¡Y pa’ las bolas! ¿Ricuerdan 
el otro día, cuando Sabana quedó colgau del estribo 
dispués de una costalada que no tenía levante? Sa- 
limos chatos tras de’ 1 tres o cuatro de nosotros, ar- 
mando los lasos. Apenitas nos tendimos cuando pa- 
saron sumbando las boleadoras del patrón, y el ca- 
ballo, con Sabana de arrastro, quedó mesmamente 
maniau. ¡ Cristiano bárbaro ! Quién se hubiera atrevi- 
do a mandarle las tres Marías en ese caso ... Y to- 
do en un abrir y serrar de ojos. ¿Taba con las bo^ 
leadoras en la mayo ya? ¿Divinó qu’ ibas a quedar 
enganchau? El asunto es que no nos dió tiempo 
ni’ armar el laso. En las bolas ni pensamos. 

— El matungo, a las patadas, no me dejó cortar 
la estribera. Me conté entre los muertos. Miré pa’ 
atrás desesperau y vide al patrón cortau con las bo- 
leadoras en la mano, meta espuela. Me tapé la ca- 
besa. Le sonaron los güesos al mancarrón y se paró 
forsejeando al ñudo. Se tiró corriendo, manotió las 
riendas y de un tirón me sacó la bota con cuasi la 


231 



CARLOS 


R E Y L E S 


pierna. Yo quedé medio asonsau, pensando en mi 
estribo de plata torsido, cuando llegarón éstos y me 
dieron aire. 

“Quedá, Florido, acompañándolo hasta que se le 
pase el mareo. No tiene nada. Te voy a mandar mi 
cantimplora con Britos pa’ que le dés un trago. Los 
otros vengan. Vamos a seguir el aparte”. 

— Hise de tripas corasón, tastavillando me levan- 
té y le di las grasias. 

“No hay de qué, Sabana — , me contestó suave- 
sito — otra ves serás vos el que me ayude a mí. 
Pa’ eso estamos”. 

— Y montó como él hase, sin poner la mano de- 
recha en la cabesada, sino el arriador de punta en 
el basto. Y se jué. Yo me quedé mirándolo hasta 
que dentro al rodeo. Nos costó Dios y ayuda sacar 
la bota del estribo y medio acomodarlo. Dispués le 
pegamos dos besos al chifle, caña paraguaya de mi 
flor, y montamos. 

De noche en los fogones comentaba la peonada 
los incidentes del día y sobre todo las proezas de 
los troperos, que eran los más camperos y mañosos 
por estar siempre en contacto con el patrón, a quien 
no le gustaba que trabajasen a lo bruto sino con in- 
teligencia y yeito. 

— Cuando convenga ser bárbaros no hay que an- 


252 



el gaucho florido 


darse por las ramas. Y a veses conviene — , senten- 
ciaba — pero sólo a veses. 

El patrón hizo poner el señuelo contra el viento 
y empezó el aparte en un rodeo de dos mil vacas. 
Al principio, reuniéndose las parejas de apartado- 
res, sacaban los terneros, que ya se habían desteta- 
do solos, en grupos de quince o veinte, luego de seis 
u ocho y finalmente de a uno, cuando el ternera je 
crecido y los guachos empezaron a escasear. Eran 
ocho yuntas bravas y apenas si podían dar abasto a 
sacar los terneros que el patrón les indicaba, por- 
que perdían mucho tiempo corriéndolos, a menos 
que lograsen sacarlos desde el principio como enca- 
jonados entre los dos caballos. Eso buscaban, pero 
no siempre lo conseguían. 

— Nos falta una yunta y ya se nota. A veses me 
párese ver pasar corriendo serenitos, como hasían 
los pobres, a las sombras de Juan y Lusero. A vos, 
Faustito, se te sientan los terneros porque te apurás 
mucho en pegárteles. 

— Pero sé meterles la pata. 

— Hasta por ahí . . . Luego te voy a mostrar. Dé- 
jenlo para lo último — les gritó a Saldivia y Man- 
silla, que venían renegando tras de un ternero. Se 
les había refugado tres veces — . Saquen este otro. 

Y se dirigió hacia el peón que atajaba el rodeo 


253 



CARLOS 


R E Y L E S 


en una parte por donde se escapaban las vacas en 
busca de los hijos. 

— Camine unos veinte pasos para allá al trotesi- 
to largo, aja; vuelva para aquí con el mancarrón 
amartilladito, eso es, y siga caminando de un lado 
al otro sin parar. Así se ataja rodeo y no clavan- 
dosé en un solo sitio como un poste. 

Los mugidos aturdían, el polvo ahogaba e impe- 
día ver y el patrón seguía impertérrito su tarea. Se- 
mejaba ya un jinete perdido en las nieblas, ya un 
bulto informe. 

Al cabo de dos horas largas de talle les ordenó a 
los apartadores: 

— No hay más, vayansé al siñuelo. El ternera je 
anda con ganas de emigrar. No refugués, Froilán, 
las vacas que hayan entrado del rodeo. En el pique 
de unas cuantas cuadras que le vamos a meter al 
aparte, irán bajando a la culata y se refugarán so- 
las. Faustito, vamos a enseñarles a estos criollos 
cómo se aparta un guacho mañero. 

Pronto dieron con él y lo hicieron orillar. 

— Vamos a llevarlo más lejos, por aquí se refugó 
tres veses y sería cosas de maturrangos insistir. No 
te apurés, ilevá tu flete en una pata y en cuanto te 
grite: “Vamos”, atropellá a pegarte al costillar, me- 
dio al sesgo, de no lo vas a aventar lejos. Despasi- 
to no más. . . ¿Estás pronto?, bueno. ¡Vamos, Faus- 


234 



el gaucho florido 


tito, ba, ba, ba!. . . Ya está en la jaula. Meniale es- 
puela en las ancas mientras yo lo llevo de la cola y 
lo calso con el pie. 

— Cualquier día se va a sentar — ; gritó Faustito 
radiante de contento — va como en un estuche. 

— Ahora — dijo el patrón al llegar al señuelo — 
golpéale la boca a tus amigos. 

En un triquitraque dispuso la gente, y, entre el 
griterío de la peonada y el castañeteo seco de las 
pezuñas, sacó el aparte a todo correr en dirección 
a la portera del potrero vecino. En el rodeo queda- 
ron las vacas mugiendo por sus crías. Cuatro peo- 
nes las sujetaban para que no se fuesen al agua, be- 
biesen y se pasmaran. 

Padre e hijo ganaron la volanta. Don Fausto sacó 
del delantal de ésta un pañuelo de yerbas y le quitó 
el polvo a las botas de Faustito e hizo lo propio con 
las suyas. Esta prolija operación la repetía a la vuel- 
ta de cada rodeo, amén de quitarse y sacudirse el 
poncho y enjuagarse la boca. Y siguieron viaje. A 
la hora indicada, después de haber destetado la ter- 
nerada de varios rodeos, llegaron a la Isleta de la 
Paloma, circundada en gran parte por un arroyito. 
“que se pasaba la vida payando con los pájaros y 
los sauces cantores”, como había dicho cierta vez 
con su lenguaje pintoresco, el pobre Tizón. El par- 
do Laderecha asaba un corderito. El sol caía a pi- 


<r^9 255 



CARLOS 


R E Y L E S 


que despojando a los árboles del poncho liviano de 
la sombra. Las calandrias, los venteveos y los mir- 
los no cantaban, pero el arroyito seguía payando. 

— Sólo a eso de las tres llegará el aparte. Tene- 
mos tiempo de bañarnos, almorsar y dormir una 
siestita. ¿Qué te párese? 

— Lindo, ¿y después enserramos los terneros? 

— Eso es. 

— ¿Cuántos habrá? 

— Alrededor de mil quinientos, y nos faltan como 
seis mil que destetar. Este año pasamos de catorse 
mil. 

— ¡ La pindonga ! . . . ¿ Y los capatases traerán mu- 
chos? 

— Otros mil quinientos. Con todo formaremos el 
terser depósito. ¿Has visto cómo está el potrero? 

— Puro pasto verde. 

— Lo mismo que el Serró Chato y el Caraguatá 
en los que pusimos los primeros depósitos. Los hise 
talar con la mulada para tener ahora buenas pastu- 
ras. De día los tengo a pastoreo abierto y de noche 
los ensierro para que no anden caminando a lo lar- 
go de los alambrados y algunos se escapen y vuelvan 
a la querensia. Así se desarrollan bien y de paso 
alivio para el invierno los rodeos de cría, impido 
que los toros estropeen las terneras y que los terneros 


<r^v¿) 236 



el gaucho florido 


se enflaquescan corriendo detrás de las vacas. Dan 
trabajo estos bichitos. 

— Dan — , afirmó Faustito grave y resueltamente, 
y luego, adoptando un tono picaresco, añadió: — 
pero también dan platita. 

Don Fausto rió de buena gana como sólo reía con 
su hijo. El que sólo hablaba para dar órdenes se 
complacía en departir largamente con el chico, ex- 
plicándole las faenas camperas y por qué razón él 
trabajaba de un modo distinto a los otros estancie- 
ros. 

— Se mueren de viejos hasiendo siempre lo mis- 
mo; la experiensia no les enseña nada. 

A veces discurría Faustito sobre sus estudios. Ya 
había rendido examen de cosmografía, física y ma- 
temáticas, obteniendo notas sobresalientes. El pa- 
trón callaba, lo oía atento y se sentía orgulloso de 
que su hijo hablase como un doctor. “A éste no lo 
van a bolear así no más las gentes de levita. Si yo 
pudiese dejarle mi experiensia como le voy a dejar 
las estansias”, decíase, sintiendo admiración mezcla- 
da de extraño respeto hacia el mocito, que había de 
ser a muy tierna edad y con muchos años por delan- 
te, infinitamente más rico y poderoso que él. 

El aparte se acercaba a la manguera. El patrón 
ordenó que lo arrimasen despacio y formando calle. 

— Así, sin apurarlo, los bueyes adelante, ajá. No 


257 



CARLOS 


R E Y L E S 


atropellen, más despasito todavía. Alto. Dejen que 
el ganado piense. 

Se puso el cabo del arreador debajo de las asen- 
taderas y empezó a contar. Al llegar a ciento le hacía 
un nudo a la sotera y empezaba de nuevo. Luego 
sumó los nudos. Salieron justos mil quinientos ter- 
neros. 

— ¡Qué chanta! — exclamó Faustito. 

— La costumbre — , contestó simplemente don 
Fausto — pero no creas que siempre son chantas, 
como dises tú. Suelo equivocarme por dos o tres de 
menos, nunca de más. 



XIV 


E L paisaje del Tala Grande, merced a las obras 
y mejoramientos que incansablemente introdu- 
cía Dn. Fausto, cambiaba de aspecto continuamente 
como de colorido la piel del camaleón. Proseguía di- 
vidiendo los potreros; alambrados rectos de cinco 
hilos cruzaban los viejos cercos, formando geomé- 
tricos y plásticos dibujos. Los nuevos puestos, de 
muros encalados, ponían crudas pinceladas albas en 
los vagos horizontes, en tanto que los bretes de tra- 
bajar hacienda grande y los montes de eucaliptus 
les hacían rudo contraste con sus notas opacas. El 
teléfono unía lo& puestos con la estancia. Éstos fue- 
ron dotados de pequeños baños para curar las ove- 
jas, potreritos especiales de aislamiento y una cha- 
cra. En muchas de ellas lucía el opulento maíz su 
airón de oro. Se hablaba de tambos, cremerías, que- 
serías. La palabra de orden era aumentar las leche- 
ras, las gallinas y los cerdos de cada puesto. 


c — ^9 239 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Hay que curar la sarna más con la higiene que 
con el remedio. Así los peones trabajarán menos y 
ganarán el doble. Hay que formar avenales para 
rematar pronto el engorde de los novillos atrasados 
en el invierno o salvar la hasienda flaca. Hay que 
incorporar las pequeñas industrias rurales a la es- 
tansia, a fin de sacarle mayor rendimiento a la tie- 
rra. Nesesito hombres competentes y que por su pro- 
pia conveniensia se interesen en la prosperidad del 
establesimiento. Nesesito transformar los puestos 
en estansuelas y los puesteros y los peones en habili- 
tados. La estansia y el gaucho que se queden atrás 
van al muere — solía explicar el patrón, y continua- 
ba introduciendo novedades. 

Lo que produjo tanto asombro como los bretes y 
el teléfono fueron las máquinas esquiladoras y las 
agrícolas. Ante aquellos adelantamientos una vaga 
ansiedad les embriagaba el ánimo a los gauchos más 
gauchos, particularmente después que varios pues- 
teros se declararon incapaces de tanta mecánica y 
fueron substituidos por gringos o criollos de gran- 
de familia. 

— El patrón, criollo viejo, no prefiere a los grin- 
gos; tiene nesesidá de hombres camperos y al mes- 
mo tiempo capases de trabajar en los bretes, esquilar 
a máquina, sembrar un pedasito ’e tierra, cuidar las 
majadas como Dios manda. ¿Quién de nosotros no 


240 



EL GAUCHO FLORIDO 


es capás de eso? Miren al Mellau. Lo que ganaba 
como primer capatás no le daba cuasi pa’ sostener 
la tropilla de hijos que le ha dau la mujer, y ai lo 
tienen en Bustillos habilitau en la cosecha, los ter- 
neros, los serdos, la lana y en cuanto Dios crió. Y 
como el hombre tá interesau agacha el lomo y le 
mete arau y rastra a la tierra y hase parir hasta los 
postes. Se lo pasa colgau del teléfano, pidiendolé al 
patrón, en cuanto maulea alguno, toros y carneros 
maiseros, y el patrón se ri y se los manda sobre el 
pucho y dise: “El Mellau, en las parisiones, los va’ 
tirar lejos a los gringos”. Si no me hubiese elevau a 
capatás de estansia pa’ remplasar al Mellau, j pucha 
digo!, ya le estaba pidiendo un puesto. Pero la voy 
a dir pensando. En esta perra vida hay que saberse 
dar güelta y acomodarse. 

— No cabe duda qu’ el habilitau, si no es muy ru- 
do por demá, cuida mejor los intereses que le con- 
fean pa’ que haiga aumento y dentre a ganar juer- 
te. Las manadas y los rodeos finos rinden má que 
T hasienda ordinaria, sabido. Las máquinas esqui- 
ladoras son primorosas, todos trabajamos con ellas 
lindo y parejo y nos quedamos, los de la estansia, 
con las latas que se llevaban las comparsas de es- 
quiladores. Por otro lau se hase má trabajo en dos 
horas dentro de los bretes qu’ ajuera en una semana. 
No es ni carrera. La otra tarde antes de bajar el sol 


16 


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CARLOS 


R E Y L E S 


habíamos destetau tres mil terneros y separau las 
vacas gordas de las flacas. Pa’ capar, marcar, sea 
caballo o toro, no se presisa enlasar, ni voltear. 
Pa’ formar una tropa no hase falta correr, pechar, 
ni ser jinete. S’ acabó 1’ hasienda chúcara. De los 
corrales grandes pasa el ganau a los chicos, de los 
chicos a los bretes y de ai al embudo, y el patrón ma- 
nejando los timones mandadas reses ande quiere. 
Tuíto tá muy lindo y es mejor, la estansia rinde má. 
Pero aura ser campero y ser maturrango es lo mes- 
mo. El laso, las boleadoras y toda la sensia del gau- 
cho van quedando de lau. El patrón quiere ayudar- 
nos a todos. ¿Cómo se va’ arreglar si ande se nese- 
sitaban sincuenta hombres con dies sobran ?, — con- 
cluyó Florido, y estirando las piernas clavó las es- 
puelas en el suelo. 

— Desageras, Florido; nosotros le haremos falta 
siempre y, como quiera que sea, buscará modo de 
acomodarnos. Ya nos ha enseñau a apartar muy sen- 
taus en la plataforma de los bretes. ¡Pucha digo!, 
si paresemos obispos. Vos mesmo sacastes el otro 
día una tropa parejita. Sólo hubo que refugar dos 
o tres novillos. Por el lomo, a la pasada, presisa co- 
noser lo gordo. Pa’ eso se nesesita ser campero y 
no es sonsera. Los italianos clavan ai el pico. Lo 
mesmo en tuíto el trabajo de a caballo. Son baquia- 
nos en lo que sea siembra, cosecha, levantar el pas- 


<T"vS> 242 



el gaucho florido 


to seco, haser parvas. Ningún paisano d’ esta estan- 
sia se enrieda en esas guascas. Cuando aprendimos 
a manejar las horquillas los tiramos lejos. Las ahor- 
quilladas de Abrojo paresían árbolés. Y cargando 
bolsas los dejamos de lengua ajuera. Má fásil será 
pa’ nosotros hasernos chacareros ’e ley, .que a ellos 
medio gauchos no má. ¿,Vos que pensás, Sabana? 

— La corro con mi cuñau. Tuíto tá muy lindo. Yo 
apreseo los adelantos de la estansia. El patrón quie- 
re hasernos asosiaus y darle de comer a mucha gen- 
te. Compriendo. Trabajando ansina el campo rendi- 
rá mucho má. Pero yo me pregunto: ¿qué pitos ni 
qué flautas vamos a tocar aquí los gauchos crudos, 
los gauchos sin güelta, dispués de algunos años? El 
fierrocarril llega a Molles, pronto estará en el Paso 
de los Toros. Poco nos quedará que haser a los tro- 
peros. Por el tren, quinientos novillos los lleva un 
hombre solo. Y qué quiere que le diga, ño Saldivia, 
el lidiar con ovejas y ganau empalagoso de puro 
manso me deja tristón y como aguachau. Maliseo 
que en las muñecas me van a salir porongos de no 
boliar ni tirar el laso. Las lidias que aura hasernos 
como tortugas pansa arriba, es trabajo maula, el 
otro era diversión arriesgando el cuero. Y no es por 
flojo, sé agachar el lomo como el mejor; no inoro 
ningún trabajo de a pié ni de a caballo. Con la pala 
o el pico, toro ha de ser el que me acompañe, pero 


(TX9 243 



CARLOS 


R E Y L E S 


sólo me encuentro a mis anchas allí donde haiga 
peligro y se nesesite sensia gaucha y agallas. 

— Y vos, Mansilla, ¿qué desís? 

De un manotazo se echó el gacho sobre la nuca y 
entre carcajadas contestó: 

— A mí me han dentrau unas ganas groseras de 
ganar plata dende que amontoné unos pesos. De 
nantes me desiba: “No vas a salir de pobre juntan- 
do vintenes”. Por eso era gastador y siempre anda- 
ba empeñau. Todo se me diba en pilchas y regalos 
pa’ las chinas. Pero dende que tuve una platita y 
colegí que amontonando ríales podía haserme gente, 
me golví roñoso ; no gasto ni un cobre, como no sea 
pa’ pitar. Soy más viejo que mis aparseros y no 
quiero que se me acaben las juersas sin tener asigu- 
rau el churrasco, la caña y el mate. En Canelones, 
ande nasí, tengo unos parientes chacareros y creo 
qu’ el patrón nó me negará un puesto cuando tenga 
troperos de má. Los puesteros ganan el doble que 
nosotros y no es rasón porque sernos mejores qu’ 
ellos en toda lidia. Lo que me hase falta es una mu- 
jersita lindona, trabajadora, que sepa aquerensiar- 
me. De no. . . 

“De nuevo vuelvo a volar 
“Buscando el rumbo mejor, 

“Y en el árbol del amor 
“De nuevo vendré a posar”. 


244 



el gaucho florido 


Cantando y riendo empezó a zapatear un baile pa- 
recido al malambo. El taconear sordo le hacía contra- 
punto al chis, chás de las lloronas. La alegría le di- 
lataba el pecho e iluminaba el cuadrado rostro. Ter- 
minó arrastrando una pierna, yéndose sobre la negra. 

— ¡ Ahijuna !, ansina sernos los d’ este pago — y 
dando una rápida vuelta sobre sí quedó sentado com- 
padronamente en su banquito de ceibo — . Lo mesmo 
pa’ un fregau que pa’ un barrido. 

Un coro de carcajadas le reía las gracias. 

— Mi aparsero va’ dejar de ser gaucho cuando yo 
llegue a obispo. 

— Platudo seré, en lo demás el mesmo. Me falta 
una chinita querendona. ¿No sabe de alguna, ña 
Pancha ? 

— Vos no nesesitás que t’ apadrinen — argüyó 
Pancha, apoyando los morrudos brazos en el palo de 
la escoba — . Sin salir del pago tenés ansí and’ elegir. 
Casáte, juntá ríales. Tás en lo sierto. Florido y Sa- 
bana tendrán que cambiarle la sebadura al mate. Tá 
lavau. No hay mate que no se lave por güeña yerba 
que tenga. Lindo el tiempo viejo, pero si muda con- 
viene mudar con él. ¿ Por qué los gauchos no han de 
tener vacas, ovejas propias y hasta estansia? Sirva 
de ejemplo el patrón. Jué gaucho como ustedes, se 
hiso gente solito no má, y aura ningún estansiero le 
pisa el poncho. Pero, amigo, desde la soltada el hom- 


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CARLOS 


R E Y L E S 


bre miró pa’ arriba. Teniba ambisión, ¡cosa grande! 
La falla de tuítos ustedes es no tenerla. 

— Habló lindo mi negra. Dende que la floreó la 
finada patrona quedó dotora. 

— Como el patrón no hay dos en esta tierra. Pa’ ser 
como él nos faltan muchas cosas. Porque nasimos 
duros y corajudos, sabemos arriesgar el cuero, tra- 
bajar día y noche sin comer ni dormir, pero no sa- 
bemos resestir el envido de la caña, la taba o las chi- 
nas. Él se ministra como ministra 1’ estansia y se 
cuida a lo parejero: esto tá en el orden, güeno; no 
ta’ ajuera y sigue su rumbo sin pestañiar aunque cai- 
gan sentellas y se le asuste el pingo, como el otro 
día apartando en el rodeo unas vacas viejas bajo el 
chuserítf de la lluvia. Sonó el estampido y se le ten- 
dió de una espantada a lo ñandú el rosillo verruga. 
Sujetándolo me dijo: “No te encojas, Florido; cuan- 
do suena el trueno ha caído el rayo”. Yo me puse 
muy colorau. 

— Estoy siguro — afirmó Barranca echándose pa- 
ra atrás y abriendo los brazos — que el patrón no 
larga dejándonos comiendo gofio. Gregorio y yo es- 
tamos fusilaus; hase cuarenta años que lo servimos, 
calculen si le conoseremos el andar, pero tuavía nos 
tenemos fé pa’ cortar leña y haser lasos, sobeos y 
mamadores pa’ la estansia. No queremos comer de 
arriba. Lo que yo siento, quieren que les diga, es que 


246 



el gaucho florido 


se desparramen los de este fogón. Años y años he- 
mos pasan juntos queriéndonos como hermanitos. 
¡Jué pucha, vida linda! Si los hasen puesteros a us- 
tedes, los domingos podremos vernos y yerbiar jun- 
tos. La Cosa es que no dentren aquí los de otros fo- 
gones. 

— No, aquí no dentran, eso tá arreglau. Si era lin- 
da la estansia má linda va’ quedar aura cubierta de 
casitas, árboles, siembras, gentío. Rubio, no vas a 
tener que salir del campo pa’ chinear. 

— Ya te creo, con las chinas de aquí tiene bastan- 
te. A mi cuñau se le prienden como abrojos. 

— Quiero a una, las demás se las regalo. 

— Sí. . . cuando ya no pueden querer a naides. Te 
conosco el juego. Y a las nuevas ¿por qué les arri- 
más el caballo? Ya tené dos italianitas contando las 
estrellas. ¡Cristiano bárbaro! Se les aserca como si 
las conosiera de tuíta la vida, las hase rir disiendolés 
no sé qué ; les priende una flor en el pecho y quedan 
revoliando los ojos. Ponéme bien con la má chica. 

— Con las dos, si queré. 

— Copo la otra pa’ mí — , exclamó Mansilla — me 
gusta a caerme muerto. Es lo que me hase falta : una 
chacarerita. 

— rNegosio arreglau. Voy a hablarle al patrón. 
Ayer me dijo que lo viera antes de poner la tropa en 


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CARLOS 


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marcha. Es la última que va por tierra. Tomále el 
tiempo, Barranca, a lo que quiere desir eso. 

Hacía cosa de dos años que había ascendido a ca- 
pataz de tropa y comprador de novillos. Esto último, 
sobre todo, le permitía satisfacer las periódicas ansias 
de cambiar de querencia y darle puerta a sus instin- 
tos donjuanescos. A pesar de querer a Mangacha en- 
trañablemente, no podía llegar a un rancho sin corte- 
jar a las mozas agraciadas que hubiera. La morocha 
conocía, por los chismes de la gente, las travesuras 
del rubio, mas no le hacía ningún reproche. Sólo 
el patrón resolvió llamarlo al orden porque los pues- 
teros y algunos vecinos se quejaban de que Florido 
les ponía los ranchos en "rigolusión” . 

— Es verdad — respondió Florido muy serio — 
he andao cumpliendo como varón. Pero tengo veinti 
y ocho años cumplidos y voy a sofrenar. 

— Me párese muy bien. Cada estasión su pastura, 
como vos desís. Y ¿siempre estás en casarte con 
Mangacha ? 

— Sí, señor. 

— No has podido elegir mejor. Te llevas la flor 
del pago, pero ella se lleva la flor del gauchaje. 
¡ Linda pareja ! y nasidos los dos aquí. ¿ Para cuándo 
va’ ser eso? 

— A la güelta de esta tropa, si Dios quiere. 

— Vamos a ver si te hasés un hombre de prove- 


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el gaucho florido 


cho. Cualidades te sobran. En lo que quisistes ningu- 
no te igualó. El puesto del Chajá es una estansuela. 
Serás el mayordomo, a menos que quieras serlo en 
la estansia. Vamos a formar una sosiedad con la 
platita de Mangacha, no creas, tiene el riñón forra- 
do, la tuya y la que yo les dé como padrino. Para eso 
lo mejor es el puesto. 

— Y aunque no tuviese nada y no ganara nada lo 
mesmo me casaría y lo mesmo lo serviría, hast’ ande 
me diera el laso. 

El patrón reflexionó breves instantes, le escudri- 
ñó los ojos, sin que Florido los apartase, y dijo : 

— Te advertiré, Florido, que el ser enteramente 
desinteresado no es bueno ni para uno ni para los 
otros. El hombre sin apego a los bienes de este mun- 
do no va lejos, ni se ayuda ni ayuda a los demás. Yo 
deseo que tengas ambisiones grandes por tí y por mi 
ahijada. 

— Es lo que me disen siempre ña Justa y ña Pan- 
cha. Pero ya que me habla como a un hijo, le diré, 
patrón, con toda franquesa, que no sé si podré cum- 
plir. Soy un gaucho bruto no má, la sujesión, las mu- 
chas obligasiones se me hasen maneas potreras. 

— Yo también fui gaucho tan libre como vos y 
para serlo más me propuse salir de pobre. No vayas 
a creer, por otra parte, que el casarse es ahorcarse 
y que las obligasiones aplastan. Lo que aplasta es la 


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CARLOS 


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pobresa. Con una mujersita como Mangacha no vas 
a querer salir de la querensia y hasta las obligasiones 
te van a pareser dulse de leche. Así me susedió a mí. 

Mientras los peones arrollaban la tropa, Florido 
montó en el más cosco j ero y escarceador de sus rua- 
nos, y al tranco se fué alejando de las poblaciones 
entre contento y cogitabundo a la vez. 

“Saldivia tiene rasón, aprovecha saber darse güel- 
ta y ser gaucho avertido en tuíta ocasión. Yo taba 
muy encariñau con lo qu’ era, gaucho derecho viejo. 
Los tiempos cambean y no queda otro recurso que 
cambear. Tuítos buscan acomodarse menos Sabana 
y yo. Si no juera por mi chinita qu’ es un tesoro, 
cualquier día me diba’ agringan Pero eso sí, al pa- 
trón lo serviré de rodillas. . . lo que me dijo no tie- 
ne retruque. Sin ella el mundo me párese vasido y 
con ella llenito de cosas güeñas. Siempr’ estoy de- 
seando que llegue el sábado pa’ dirme al rancho. Ya 
no me divierte chinear como de nantes, aura es puro 
visio, floreo no má. Le vienen con los cuentos, ella 
contesta al hilo: “¿Y si las mosas se le vienen al 
humo que va’ haser, juir?”. Eso es mujer, canejo. Y 
tá linda qu’ es una temeridá”. 

Dió vuelta la cabeza y miró los grandes galpones 
y las casitas de material, que ocupaban el sitio de 
los viejos ranchos y continuó su monólogo: 

“Compriendo estos adelantos. . . pero si me die- 


250 



EL GAUCHO FLORIDO 


ran a elegir me quedaba con la estansia vieja, gau- 
cha como nosotros. Aquel trabajo bagual nos ale- 
graba el corasón. Hubiera querido ver a los gringos 
sacando a las pechadas al ganau simarrón de los 
montes, tirando las boleadoras y el laso de la ma- 
ñana a la noche; apartar hasienda chácara en redo- 
mones y a veses matar el hambre con unos amargos. 
Había que ser corajudos, camperos, jinetasos, y esa 
laya de criollos no se fabrica en las Uropas”. 

Se había detenido y miraba el campo de pastos 
finos y grandes arboledas aquí y allá, que antes que 
él naciera, en un puesto de la estancia, fueron hir- 
sutos espartillares, pajonales bravios, bañados, tem- 
bladerales donde se hundían las reses suavemente co- 
mo si les fueran tirando de las patas despacito, cam- 
po potro, en fin, que él desde los seis años, un abro- 
jo sobre el caballo, ayudó a domar lo mismo que las 
haciendas cimarronas sacadas de la maraña de los 
montes salvajes con la perrada, el fuego o el lazo. 
Limitaba el horizonte por algunas partes cerrilladas, 
antaño abruptas, al presente limpias de piedras y es- 
pinillos, y cuchillas tajantes, con bruscas salientes, 
como clavículas y omóplatos de las ovejas flacas. 

“¿Y Manduca y los comisarios?” — se preguntó 
volviendo a tranquear, y sus ojos azules, fríos, se en- 
cendieron y relampaguearon. “Tuavía tenemos una 
cuentita que arreglar. El patrón dise que con los 


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CARLOS 


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mangasos que les di y el papel ridículo que hisieron 
quedamos a mano. Pero lo que andan disiendo de 
Mangacha y de mí eso sí que no se los perdono”. 

Manduca, después de venderle a la mujer cuanto 
poseía, incluso las alhajas, desapareció del pago jun- 
to con sus compinches, los entenados, que habían sido 
destituidos de sus empleos. Sólo de higos a brevas 
se les veía en las jugadas de taba o en las carreras 
grandes, haciendo bailar los reales de alguna viuda 
platuda y alegrona. 

Frente al cementerio, que parecía un jardín, tornó 
a detenerse, se sacó el sombrero y luego tomó el ga- 
lope. El patrón le dió las últimas instrucciones y pe- 
gó una cariñosa palmada en el hombro. Después que- 
dóse mirando cómo ponía en marcha la tropa y se 
alejaba. 



XV 


L A tropa llegó al último pastoreo, cerca de la Ta- 
blada. Florido, Zabana, Mansilla y Viraqué en- 
cendieron el fogón y sentaron alrededor de él, si- 
lenciosos y cabizbajos. Los otros peones rondaban. 
Viraqué puso la caldera en el fuego y preparó el ma- 
te. Pensaban en que allí no volverían a encender 
otros fogones. Los amenazaba un cambio radical de 
existencia. ¿Para bien? ¿Para mal? Por lo pronto 
iban a dejar lo cierto por lo dudoso. 

— Yo quisiera — exclamó Viraqué — que esta no- 
che no terminara nunca. Pero si las cosas cambean 
tenemos a la juersa que cambear. De cualquier ma- 
nera en nenguna parte estaremos mejor que al lau del 
patrón. 

— Yo, dispués de pensarla mucho, estoy risuelto 
a pegar tamién la sentada. Pronto no voy a ser solo 
y hay que mirar pa’ delante — y sonriendo hasta 
mostrar los dientes blanquísimos y apretados inte- 
rrogó — : ¿No malisean? 


¿"'vi) 253 



CARLOS 


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Viraqué, por toda respuesta, echóse el sombrero 
sobre los ojos. Zabana y Mansilla cambiaron furtivas 
miradas. Florido, sin notarlo, prosiguió: 

— A ustedes, que son como hermanos, quiero ano- 
tisiarlos antes que a naides. Sí, caballeros, he desidi- 
do tomar estau. 

Silencio glacial. “Güe, ¿por qué se hasen los chan- 
chos rengos ?” — se preguntó inquieto — “¿no les pa- 
reserá asertada mi elesión?”. 

Al decírselo la sonrisa elástica se trocó en crispa- 
da mueca. Dominándose cortó un trozo de churras- 
co, lo revolcó sobre la fariña y, después de ingerir 
algunos bocados, dijo resueltamente: 

— Párese que la notisia no les ha cáido en grasia. 
¿No es del agrado de ustedes la mosa o qué? 

Viraqué, eludiendo la pregunta, respondió con es- 
ta sentencia de Florido: 

— El gaucho debe picar de flor en flor y volar. 

Y entonces Florido, precisamente porque compren- 
dió que sus compañeros no miraban con buenos ojos 
a Mangacha, la ponderó exageradamente: 

— Como linda y señorita no tiene comparansa en 
todo el pago ; como güeña nenguna le mata el punto. 
Durante mi enfermedá no se separó ni un chiquito 
de mi lau. Ella hiso venir a la médica; ella me daba 
los remedios. Si no hubiera sido por ella habría es- 
tirau la pata. Cuando perdí cuanto tenía, hasta el 


cr^s 254 



el gaucho florido 


apero, en una jugada de taba y quedé de yapa en- 
deudau, ella me sacó de apuros. El mesmo mayordo- 
mo, reconosiendo las priendas de la mosa y qu’ el 
patrón me había echau el ojo pa’ mayordomo si me 
casaba, me aconsejó que lo hisiera. “No olvidés que 
Dn. Fausto la sacó de pila con la finada patrona. La 
quiere como a hija y que siendo ahijada mía de co- 
munión y no teniendo yo hijos ni parientes, mi ha- 
siendita irá a parar a sus manos”. Como ven es una 
taba pa’ echar suerte. Y aluego, ¡qué pucha!, me 
gusta porque me gusta. Es la única que ha sabido re- 
sestirme y encariñarme. En ves del cuerpo m’ entre- 
gó el alma mesmita. Y yo, acostumbrau a elegir de la 
pata, nunca la miré como china sino como novia. Y 
novios sernos desde hase tres años y a la güelta nos 
casamos. 

Viraqué le dirigió una mirada turbia y volvió a re- 
petir : 

— El gaucho debe picar de flor en flor y volar. 

— Usté, compadre, tiene algo en el buche. Suelte 
prienda y dejesé de andar por las ramas. Ya sabe 
que a mí no me asustan sombras. 

— Temo que la tome a mal . . . pero puesto que 
usté 1’ ordena le hablaré clarito. Mire, compadre, 
tuítas las chinas son de la mesma laya. La má man- 
sita, patea. Soy má viejo que usté y las he experi- 
mentan 


255 



CARLOS 


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Hizo un penoso esfuerzo y continuó : 

— Pa’ mí, la suya, mal aconsejada por la vieja, 
qu’ es muy logrera, le anda jugando susio. Ansina 
tamién lo eré tuito el mundo en la estansia. Ahí es- 
tá, compadre, lo que teniba en la garganta. No que- 
ría desírselo por no disgustarlo. Si 1’ ofendo perdone, 
lo hago por servirlo — y sus miradas pedían real- 
mente perdón. 

Florido palideció y sus ojos azules, ensombrecidos 
por la cólera , se clavaron en los de Viraqué como dos 
avispas. “A que le priendo fierro”, díjose, pero la 
expresión triste del indio lo contuvo. Sin brusque- 
dad, pero firmemente, contestó: 

— Ha hecho bien en desírmelo y se lo agradesco. 
Mi aparsero y mi cuñau, ¿eren lo mesmo? 

—Sí, hermanito. No queremos engañarte. Tuavía 
no tás casau. Tal vé podás ponerle remedio al mal. 
Pa’ lo que sea contá con nosotros. 

Más firmemente aún declaró Florido : 

— Ustedes pueden equivocarse, ustedes la conosen 
menos que yo y yo sigo creyendo que Mangacha no 
es como las demás y que como Mangacha no hay 
otra. — Y luego, con el acento imperioso y breve que 
repentinamente empleaba para dar órdenes, añadió — : 
Vamos a montar, es hora de relevar a los rondado- 
res. 


256 



el gaucho florido 


Viraqué, al dirigirse a su caballo, murmuró, más 
compasivo que irritado: 

— ¡Bicho sonso el cristiano cuando se ’namora! 

Pocos instantes después, Florido, con el gacho en 
la mano y al aire la revuelta melena, se perdía en las 
sombras. Esa noche dormitó sobre el caballo. Hasta 
la hora del relevo, oyeron su silbido triste los peo- 
nes y lo vieron tornar alrededor de la tropa sin diri- 
girle la palabra a nadie. Pasaba silencioso, sin ruido, 
como un duende. Al salir el sol, una ampolla del ho- 
rizonte grávida de sangre rutilante, que fué crecien- 
do hasta quedar flotando en el espacio como una 
enorme guinda, entraron a Tablada. Media hora an- 
tes, en la orilla de una cañada donde hizo alto Flo- 
rido para que bebiesen los novillos, echó pie a tierra 
y se mudó de ropa. Le dió un buen fregoteo con are- 
na húmeda a los estribos de campana, los pasadores, 
las estriberas y las copas del freno, y quebrándole el 
marlo bien arriba al pingo volvió a montar, entran- 
do luego a la cancha, donde se ofrecían los ganados, 
paquete, dicharachero y además ufano de llegar con 
su tropa llena y limpia. En esto de caer allí con la 
hacienda enterita y aseada, aunque fuese invierno, 
ponía Florido los cinco sentidos y la ciencia del gau- 
cho rico en recursos y por añadidura travieso. Mar- 
chaba con la tropa tendida, dándole de comer siem- 
pre; la mantenía, cuando se presentaba la ocasión, 


17 


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CARLOS 


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en campo abierto; no encerraba, rondaba, y si había 
poco pasto en los caminos abría por las noches el 
alambrado de algún potrero pastoso y dejaba que el 
ganado se regalase a gusto. De madrugada seguía 
viaje después de anudar y estirar prolijamente el 
alambrado de la propiedad violada. 

— ¿ Qué dice el gaucho Florido ? — le gritó a la pa- 
sada un comprador. — Parece que ha bañado la ha- 
cienda. ¿Están muy crecidos esos arroyos? 

— Regular, a los patos les dá el agua pu’ el pecho 
— contestó Florido, y después de esta chuscada, súbi- 
tamente, por una inexplicable ligazón de ideas, pensó : 

“¿Por qué me habrán dicho eso?, y cuando ellos 
lo asiguran ...” Y empezó a bromear con los com- 
pradores y amigos que lo rodearon para buscarle la 
lengua. 

Como la escasez de ganado era mucha, se vendió 
enseguida la tropa, y Florido quedó libre. Arregló 
cuentas con el vendedor del Tala Grande, y capataz 
y peones se dirigieron al Paso del Molino a gastar 
alegremente el dinero ganado en el viaje. 

Pero esta vez el gaucho retozón y quiebra freno 
llevaba otras miras. Iba a comprar el regalo de bo- 
das, y tal propósito lo llenaba de gravedad y parsi- 
monia. Separóse de sus compañeros y se dirigió a la 
platería de El Turco, la más lujosa. Desde el primer 
momento lo sedujo una gargantilla de plata afili- 


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el gaucho florido 

granada, que quería ser florentina. Regateó el pre- 
cio, hizo dos o tres veces la comedieta de partir y 
por fin volcó el cinto sobre el mostrador y salió de 
la tienda. 

“Le va’ quedar que ni pintada”, se dijo de vuelta 
a la fonda, mientras acariciaba mentalmente el cue- 
llo fino de Mangacha, pero al divisar a Viraqué pa- 
rado en la puerta, y sobre todo al sentir el picotazo 
de su mirada escrutadora, le dió un vuelco el cora- 
zón y pensó : 

“¿Y si me juega susio?. . .”. 

Y al preguntárselo lo acometió el vehemente de- 
seo, el fortísimo antojo, la irresistible necesidad de 
regresar para verla, porque estaba seguro que ella, 
con solo mirarlo con aquellos sus ojos aterciopelados, 
lo curaría del come come que le roía las entrañas. 

“Mangacha nunca me ha mentido. Mangacha me 
dirá la verdá. Si hay algo lo sabré”, afirmóse dis- 
puesto ya a creer lo que ella le dijera. 

Cuando le manifestó a los otros troperos su deci- 
sión éstos quisieron acompañarlo, pero él se opuso 
tenazmente y partió solo. 

' — A mi compadre le ha hecho dañito la marca, — • 
murmuró Viraqué mirándolo alejarse — pero ¡qué 
I’ hemos d’ haser ! A todos nos pasa lo mesmo. ¡ Mal- 
hayan sean las mujeres! 

— Yo hubiera querido hablarle otra güelta, pero el 


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CARLOS 


R E Y L E S 


hombre no tá pa’ sermones. Y estoy temiendo que 
va’ haser alguna barbaridá. Voy a seguirlo — dijo 
Zabana. 

El rubio, así que salió de entre el caserío, tomó el 
galope largo, recogió de un potrerito cercano a la 
Tablada su tropilla de ruanos y siguió viaje a media 
rienda. Las casas, las poblaciones, los caminos, res- 
guardados por cercos de pita, alambrados o simples 
hileras de eucaliptus, desfilaban corriendo. Le ha- 
bría sido difícil discernir si él entraba en las cosas o 
las cosas entraban en él. No veía nada, ni oía el cen- 
cerro de la yegua madrina, que junto con los ruanos 
galopaba adelante, volviendo la cabeza a un lado y 
al otro, cual si quisiera protestar contra aquella mar- 
cha forzada. De pronto Florido le cerró piernas a 
su flete, la alcanzó y le dió dos formidables arreado- 
razos. 

— ¡Yegua macaca! ¿Tamién vos te me vas sen- 
tando en la retranca ? — exclamó iracundo, y tornó 
a sus reflexiones sombrío y amenazador. Así pasó 
por La Paz, Las Piedras, Canelones y llegó, sin des- 
arrugar el ceño ni disimular su actitud provocadora, 
hasta el río Santa Lucía. 

— Despasito por las piedras. A este paso se te 
aplastan los mancarrones — y decidió dejarlos des- 
cansar y pastar un poco antes de atravesar el río. 

Apeóse, soltó el caballo después de rascarle el 


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el gaucho florido 


humeante lomo y dispuso el apero en forma de mu- 
llida cama, debajo de un sombroso viraró. Tendió- 
se boca arriba mientras los ruanos verdeaban. Los 
miró pastar algunos instantes, admirando el pelaje 
verde y azul con que caprichosamente los vestía el 
sol. Sus ojos fueron cerrándose; pronto quedó flo- 
tando entre la vigilia y el sueño, como una tararira 
entre dos aguas. Cuando iba a dormirse de firme una 
punzada en el corazón lo despabiló. 

“¡Ah, mi chinita!”, se dijo, “lo que por vos estoy 
pasando. Yo créiba que el amor era puro retosar y 
aura veo que cuando dentra a las entrañas hase del 
criollo má crudo un gurí desamparau y llorón. Pero 
el gaucho Florido no nasió pa’ que lo pialen ni 
manosén machos ni hembras. Si’ habido engaño ten- 
gan por siguro que habrá castigo. ¿ Pero será posible 
que Mangacha . . . ?”. 

Y lo atropellaron en tumulto los recuerdos dulces 
y cariciosos de las horas pasadas junto a ella. La boca 
camal y pura a la vez era lo que más le impedía creer 
que fuese capaz de falsía. 

Un lagarto, pintado como un polichinela, salió 
corriendo de entre las matas; trepóse ágil a un co- 
ronilla; azotó con la robusta cola al camoatí que 
ocultaban las ramas y descendió rápidamente llevan- 
do en alto aquélla toda embardunada de miel. Se de- 


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CARLOS 


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tuvo a poco trecho y contemplando el alboroto del 
avispero se lamía el rabo regaladamente. 

— ¡ Bicho ladino ! — musitó Florido, y luego, ob- 
servando el ajetreo de una avispa que se hallaba por 
allí, libando de mata en mata, sintió la angustiosa 
opresión de antes y añadió — : “El gaucho debe picar 
de flor en flor y volar”. Lindo pa’ los ladrones, pero 
má linda es la justisia — y de un manotón la aplas- 
tó, e incorporándose y acercándose por detrás al la- 
garto, que se preparaba a llevarle otro ataque al ca- 
moatí, sacó la daga y de un revés le volcó la cabeza. 

Al doblar la tarde atravesó el río a media barriga 
y emprendió el galope con el gacho en la mano. El 
relente parecía lavarle los sesos y aclararle las ideas. 
A media noche cambió de caballo, lo ató a soga, ma- 
nió la yegua madrina y tendiendo el recado, con la 
daga debajo del basto, se durmió. De madrugada pi- 
dió un churrasquito en una estancia conocida y rehu- 
sando apearse fué a asarlo lejos del camino. Contem- 
plando distraído, mientras ardía la leña seca, su boni- 
to apero, se preguntó yaga e inconscientemente cómo 
había podido ganar bastante para adquirir aquellas 
valiosas prendas, y de rebote empezó a recordar bo- 
rrosamente y pensando en mil cosas a la vez los mu- 
chos favores que le debía al mayordomo. Apenas le 
apuntaba el bozo y ya lo ponía a la par de los peones 
más camperos y le confiaba arreos de tropas ariscas 


262 <í^¡ 



el gaucho florido 


y hasta alguna compra de hacienda. Pero cuando lo 
protegió más decididamente aún fué luego del com- 
promiso con Mangacha. En tres años ganó tanto 
como antes en toda su vida. Verdad que todo obede- 
cía a las órdenes del patrón, pero no era menos evi- 
dente la buena voluntad del mayordomo. “No hay 
duda, Mangacha es mi güeña estrella. Dende que me 
ennovié tuíto me cae como llovido del sielo. Hasta 
las promesas de Dn. Fausto y ño Froilán vienen del 
cariño que le tienen a ella”. Luego, atando cabos, 
escudriñando cosas y hechos en los cuales jamás ha- 
bía pensado, se le enlutó la mirada e hizo duro el 
gesto. “¿Si será ño Froilán?”, preguntóse, y siguió 
reflexionando hasta que, no con la sospecha, sino con 
el firme convencimiento de que Margara lo engaña- 
ba, agregó alto para oirse él mismo: 

— Tuíto tá má claro qu’ el agua. Les he servido de 
pantalla, juí un sonso — e incorporándose y pegán- 
dole un puntapié al churrasco, montó. 

Pasaba por los ranchos donde solía apearse sin 
mirarlos siquiera. Cortando campo atravesó el Río 
Negro, lejos de Bustillos; al amanecer divisó el ran- 
cho de Mangacha, borroso y flotando en las brumas 
como una araña en la tela. Lo perdió de vista en un 
bajo y al tornarlo a ver sintió como un tirón que le 
arrancaba las entrañas : la última esperanza que mo- 
ría. Bajo la ramada escarceaba desensillado el pan- 


<r^s 265 



CARLOS 


R E Y L E S 


garé del mayordomo. Florido rechinó los dientes y 
enderezó corriendo al puesto. Al verlo Mangacha, 
que se dirigía a la pipa con la caldera en la mano, 
asustada, sin reconocerlo, lanzó un grito y quiso 
huir, pero él la volteó de una pechada, le puso el pie 
en el cuello, como hacía para cortarle la cola a los 
borregos, y sacó la daga. Don Froilán, salió de la 
casa, a medio vestir, corriendo en auxilio de la moza. 

— No te aserqués, viejito, porque te voy a cortar 
— le gritó Florido, pero como el pacífico mayordomo 
lo cargó puñal en mano, le pegó tan recio planchazo 
en la frente que lo hizo recular trastabillando y caer 
de bruces. Después, encorvándose sobre la morocha, 
que gemía bajo su bota, le agarró las trenzas y se las 
cortó de raíz de un solo tajo. Atólas en la cola del ca- 
ballo de modo que quedaran bien a la vista, y, sin 
apresurarse poco ni mucho ni mirar a los que que- 
daban en el suelo, montó y se alejó al trotecito en di- 
rección a la estancia. 

— Vengo de rabonar una reyuna — les dijo a los 
peones a tiempo que despojaba a su flete del valioso 
apero y le ponía el muy modesto que antes usaba. 
Mirábanlo sorprendidos los peones, comprendiendo 
por las palabras del tropero y las trenzas de Man- 
gacha, que todos conocían gracias a las cintas celes- 
tes con que aquélla les adornaba las puntas, lo que 
había pasado. 


cT'ví) 264 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


— ¿ Ande va, hermanito ? — le preguntó uno de 
ellos poniéndole cariñosamente la mano en el hombro. 

— Qué sé yo, a rodar por ai ; el mundo es grande — 
por último, montando de salto y dirigiéndose a to- 
dos en general, añadió con voz redonda y firme — : 
Adiós, caballeros ; ustedes son testigos de que el gau- 
cho Florido se jué pobre, pero con el sombrero en 
la nuca. 

Pancha llegó jadeando hasta él. 

— ¿Qué has hecho, cristiano? ¿Y te vení alabar 
de una fechoría? La judiaste no má porque sí. Como 
todos estos babiecas, creistes en las habladurías de 
Manduca y Laderecha. Andate, en mi fogón no te 
quiero ver má y que te coma el remordimiento de 
haber catigau’ una santa. En cuanto al pardo Ramón, 
que vino con el chisme, yo lo voy’ arreglar. Pedaso 
de bárbaro, ¡ si juera hombre ! . . . — y le metía los 
dedos por los ojos. 

Abrojo y Barranca corrieron a sujetarla. Florido 
la apartó dulcemente. Su mirada se hizo más torva. 

— ¿Entonses jueron Manduca y Laderecha? 

— A mí me juró y perjuró y creí como todos — 
declaró el pardo adelantándose — y aura el patrón 
va’ crer que de mala fe hise correr la bola. Si he fal- 
tau castigue sin lastima — y se cuadró delante de 
Florido, 


íT^S> 265 



CARLOS 


R E Y L E S 


Lágrimas garrafales le corrían por la cara desen- 
cajada y de labios convulsos. 

— A vos no; no tené la culpa, pero al que, adrede, 
me llevó a judiar a la que diba’ ser mi mujer sita 
querida, a ese le va’ costar el cuero. 

Metióle airado las espuelas al ruano, que pegó un 
salto, y partió. 

— Ai se va el último gaucho de nuestra laya. ¡ Pu- 
cha digo!, y rumbea pa ’1 Rancho Viejo. 

El Rancho Viejo era la destartalada vivienda a 
donde habían ido a refugiarse Manduca y sus dos 
satélites. 

Ramón entró en su cubil, Hincóse de rodillas y 
abrió los brazos en cruz. Pancha, al cabo de un ratd 
y encolerizada todavía, vichó por el agujero de la 
llave y quedó suspensa. Dos horas después tornó a 
hacer lo propio y vió al pardo en la misma postura 
sólo que la cabeza caía hacia atrás y las manos casi 
tocaban el suelo. ¿Fingía o no? Acaso él mismo lo 
ignoraba. La negra, muy turbada, volvió a la cocina. 
Saldivia, Abrojo y Barranca verdeaban en silen- 
cio. Pancha les contó lo que había visto. Nada res- 
pondieron, los tres estaban de mala “güelta”. Llovía, 
lluvia de alfileres. Abrojo se levantó, abrió la venta- 
na y miró el cielo cebruno. El fogón parecía próxi- 
mo a extinguirse, sólo una brasita fulgía y se apaga- 
ba como un corazón que da los últimos latidos. 


<r^3 266 



el gaucho florido 


— Si sabías algo, ¿por qué no nos anotisiastes ? 
¿ Cómo no díbamos a crer ? Tuítos los domingos apa- 
resía atau en el ombú el pangaré de ño Froilán. 

Pancha meditó algunos instantes. 

— El patrón me dijo lo que había, respecto a ño 
Froilán, cuando perdió la mujer y me ordenó que 
no dijera nada. Con el casorio las cosas se aclararían 
de por sí no má. Y yo me réiba de la inosensia de 
ustedes. Pero siempre les dije que Mangacha sólo 
quería a Florido pa’ casarse con él y que muchos mo- 
sos del pago ricachones le habían arrastrau el ala al 
ñudo, antes y dispués de ennoviarse con el rubio. De 
muchachita me confesó que le gustaba Florido y que 
sería de él o de naides. Y nunca la vide cambear. 
Una ves le dijo el padrino: “Si dieras un mal paso 
me causarías mucho pesar”. “Eso nunca, padrino”, 
le contestó sobre el pucho. “Madrina me enseñó los 
deberes de la mujer honrada, y me asiguró la pobre- 
sita que tanto usté como ella querían que juese seño- 
rita, no china. Yo sólo me entregaré al que, querien- 
domé, me lleve a la iglesia, y dispués de casada le 
seré más fiel que un perro”. A mí el patrón me repe- 
tía siempre que la cuidara. Pero ella se cuidaba sola. 
¿A ver si hay alguno que le haya faltau el respeto? 
Y eso qu’ es muy dada con grandes y chicos, con ne- 
gros y blancos. Al mismo Florido, si le hubiera ido 
con el cuento de la pruebita como él dise, T hubiera 


c — ^9 267 



CARLOS 


R E Y L E S 


roto los dientes. Él mesmo me dijo un día que con 
ella ni cuando la carisiaba le pasaban malas ideas por 
la cabesa. Y eso que con él era como un almíbar. Yo 
la conosco como a mis manos. El que diga algo malo 
de ella miente. Lo que no compriendo es cómo Flori- 
do creyó en las habladurías de Manduca, cuando a él 
mesmo de mala fe lo hiso prender por ladrón y lo 
judearon con el cuñau de lo lindo, pero aura. . . 

— Callóte, negra, y encomendólo a Dios, porque 
prontito no mó se va’ topar con los del Rancho Vie- 
jo, y lo achuran o los achura a los tres. Y vos ha- 
siendolé colita como si le hisiera falta. 

— Quiera Dios que no le pase nada malo. Lo que 
dije jué de boca ajuera no mó — y sentándose en el 
rincón de Lucero se tapó la cara y empezó a sollozar. 

— No te aflijás, Pancha; tené por entendido que 
si largan los va’ ganar al freno — sentenció Ba- 
rranca. 


« 5 * 


Cerca del Rancho Viejo apareció esa tarde Man- 
duca, echado boca abajo sobre la panza y los intes- 
tinos salidos por la ancha puerta de una feroz puña- 
lada que iba del bajo vientre al tórax. Tenía el re- 
vólver en una mano, la daga en la otra. Los ex-co- 


268 



el gaucho florido 


misarios vagaban por allí, mirando al cielo. No veían. 
Dos tajos, hechos como por la mano delicada y ex- 
perta de un cirujano, les partían las pupilas. 

Al otro día temprano, al salir Mangacha, vió fren- 
te a la puerta una piltrafa de carne sanguinolenta 
que, por la forma, le llamó la atención. Cogióla con 
la punta de los dedos. Era una lengua humana. Abrió 
enormemente los ojos, reconstruyó de golpe, como 
si la estuviera viendo, la tragedia del Rancho Viejo 
y sólo murmuró: 

—¡Mi Floro!!... 




XVI . 


E L tupido y enredado monte del Rincón de Ca- 
brera tenía algunos claros y abras donde sestea- 
ba el sol. Difícil empresa penetrar en la maraña de 
plantas rastreras, arbustos como armados de garras 
y árboles achaparrados y espinosos. Allí no entraba 
el ganado y, en partes, ni la luz. Los matorrales ocul- 
taban las escasas sendas que hacían los perros cima- 
rrones, los zorros y los matreros. Sólo era accesible 
por el lado del Río Negro, pero había que andar un 
largo trecho por la orilla, caer al agua no pocas ve- 
ces, subir pinas barrancas, seguir obscuros y retorci- 
dos laberintos, interceptados aquí y allá por arroyitos 
traicioneros, pantanos o tembladerales. 

En lo más huraño y recóndito del bosque, después 
de haber limpiado de yuyos el suelo, Florido asaba 
una boga clavada sobre cuatro palitos verdes cerca 
del fogoncito de matrero, ceniza y brasas. Allí, con 
Zabana y Lucero, se habían refugiado en la última 


271 



CARLOS 


R E Y L E S 


revuelta. Veíase aún intacto la especie de cobertizo 
de paja brava donde buscaban refugio cuando llovía 
fuerte, y más lejos el corralito de ramas, ahora se- 
cas, en el que estaba, recién ensillado, alegre y aler- 
ta uno de los ruanos. Los otros cinco pastaban en el 
abra cercana. El rubio yerbeaba tranquilamente, la 
mirada serena puesta sobre la boga. No pensaba en 
la terrible aventura del día anterior, ni sentía el 
agobio del remordimiento, al contrario, experimenta- 
ba, allá en lo más hondo de su intimidad, la satisfac- 
ción del deber cumplido y el secreto gozo de haber 
roto no sé qué grilletes de la vida civilizada. A ve- 
ces, vagamente, recordaba las palabras de Pancha, 
pero no hacía por penetrar su misterio. “Y el pan- 
garé atau en la ramada ? ¿ Y las habladurías de Man- 
duca? Naides se rasca al ñudo. ¿Algo ha habido? 
Güeno, de una güelta o de otra el asunto tá arreglau. 
¿Y si juera del todo inosente?” Entonces se quedaba 
con la bombilla en la boca entreabierta largo rato, 
inmóvil como si estuviera soñando con los ojos 
abiertos. 

No había comido ni dormido. Devoró la boga y ca- 
yó como desde altísima torre en el pozo hondísimo 
del sueño. Al atardecer lo despertó un crujido alar- 
mante de ramas rotas. Se incorporó de un salto. Al- 
guien venía hacia él. Por el ruido se convenció de que 
era gente. “Si es uno solo o dos no va’ ser ni carre- 


r-vi) 272 



el gaucho florido 


ra”, pensó. Se puso en jarras y esperó. El ruido le- 
ve se hizo cada vez más perceptible y cercano. “El 
que avanza es baquianaso, algún matrero viejo, de- 
juro”. Cerca de él las ramas se abrieron y de golpe 
se encontró frente a frente de Mangacha. Se queda- 
ron plantados mirándose. Nunca había visto Florido 
en el rostro de la morocha expresión más decidida y 
bravia. Vestía de hombre, como siempre para la or- 
deñada, y tenía las bombachas muy pegadas y arru- 
gadas entre las piernas. “Ha galopau mucho”, se dijo 
Florido. 

Era así. Había ido del puesto a la estancia y de la 
estancia al puesto, de éste al monte: diez y seis le- 
guas. La airada moza, después de haber concluido 
las tareas de la mañana sin cambiar palabra con sus 
padres, se recortó el pelo en forma de melena o 
trova, y pidiéndole el gachito al gurí se lo encasque- 
tó, ensilló el pampa y partió para el Tala Grande. 
Llegó, ató el caballo en la ramada, y sin saludar a 
los paisanos que encontró al paso, que por otra par- 
te no la reconocieron a causa de la indumenta y el 
ala del sombrero caída sobre los ojos, se dirigió 
pisando fuerte al escritorio del patrón. Éste estaba 
enterado por Saldivia de lo acontecido en el puesto 
y de la partida de Florido. Después de besarla como 
de costumbre y de hacerla sentar, le dijo mirándola 
de abajo a arriba: 


18 


273 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Lindo gauchito; vos, no sé cómo te las arreglás, 
pero de todas maneras estás siempre bien. Así me 
gusta. No sé cuántas ahijadas tengo, pero ninguna 
se te aserca ni como cara, ni como cuerpo. ¿Te das 
cuenta de lo que vale eso? 

Ella sonrió tristemente. 

— Sí, ya sé que tu novio se ha portado mal con- 
tigo. ¡Qué bárbaro!, pero obró enseguesido por los 
selos. No le arriendo las ganansias al que lo llevó 
a cometer tan mala asión. Debés perdonarlo, esperar 
tranquila y ver el 'modo de ponerle remedio al mal. 
Afligirse, desalentarse, no sirve de nada. Me disen 
que rumbeó en diresión al rancho viejo. Quiera Dios 
que no lo encuentre a Manduca, de no. . . Ayer mis- 
mo mandé a Sabana en busca de él. Se había venido 
del Paso siguiéndolo, pero no pudo alcansarlo. La 
tropilla del rubio es de mi flor y a Sabana se le aplas- 
taron los caballos. Es el único que puede haserse oir 
de Florido, se quieren como hermanos ... y después, 
en caso de nesesidá, es capás de sacarlo en ancas de 
un apuro. Me extraña que no haya vuelto todavía. 

Mangacha desenvolvió lentamente un rollo de pa- 
pel y le mostró la lengua que había encontrado fren- 
te a su puerta : 

Don Fausto apenas la miró, dijo: 

— Esta lengua párese de gente. 

— Sí, padrino, es la lengua del que me calunió; es 


274 



el gaucho florido 


la lengua de Manduca. Dejuro Floro lo ha matau. 

— ¿ Y cómo sabés vos . . . ? 

— Colijo . . . estoy sigura. 

El patrón palideció y guardó silencio. Miró al te- 
cho, rugó el ceño, apretó los labios, iba a decir algo 
y se contuvo. Al fin murmuró : 

— Sería una desgrasia sin remedio, ¡ pobre Florido ! 
Después de todo, ¿quién le iba’ haser justisia de la 
fechoría que hiso con vos por culpa del maldito Man- 
duca? Para eso no hay justisia, sin embargo era un 
crimen. De ser jefe político lo había mandado al pue- 
blo con una barra de grillos. Hay que ser bueno y 
suave con los humildes, que casi siempre son buenos, 
y duro con los malos y los cogotudos, que casi siem- 
pre son malos. ¡ Qué amolar ! Pero eso de matar a un 
prójimo... sólo en defensa propia, y aun así — y 
como la morocha lo mirase angustiada, continuó — : 
Lo persiguieron sin rasón, lo humillaron, lo vejaron... 
Con tal que haya sido en buena ley. 

— De eso tamién estoy sigura — replicó ella viva- 
mente. 

Don Fausto sonrió. 

— ¿Vos lo seguís queriendo? 

— Sí, padrino. 

— ¿Aunque hubiera cometido un delito? 

— Lo mesmo. . . no podré olvidar nunca de los ja- 
mases que jué por vengarme. 


275 — 5 



— Sos de ley. 

— Sí, padrino. 

Golpearon a la puerta, entró Zabana. 

— ¿ Qué hay ? — interrogó Mangacha irguiéndose. 

El patrón la hizo sentar de nuevo. 

— Si no tenés valor y te estás quietita te mando 
retirar. 

— Disculpe, padrino, pero . . . 

— ¿Traés buenas o malas notisias? 

— Güeñas, sí señor . . . 

—¿Y Florido? 

— No lo vide. De juro les ha sacau el cuerpo a las 
levas y a los mélicos y ganau el monte. Tenemos ri- 
güelta, patrón; andan agarrando gente y arreando 
caballadas. Por eso tardé tanto, meta gambetear. Y 
dispués me costó Dios y ayuda llegar hasta ande’ 
taba el capitán del Gobierno con sincuenta hombres. 
Tropa e línea. Susede que venían persiguiendo a 
Manduca y su gente. No son blancos ni coloraus, ni 
pertenesen a nengún ejérsito. Son ladrones no má. 
Habían saqueau dos estansias y matau gente a granel 
y se preparaban pa’ pegarle un golpe a ésta y juir al 
Brasil, sigún se supo dispués. Pero mi cuñau solito 
les atajó el pasmo a tiempo. Antes de llegar al ran- 
chito ande estaban Manduca y los entenaus se topó 
con la indiada. Llevaba la tropilla por delante y les 
dijo que su patrón, amigaso de Manduca, le manda- 


<rvs> 276 



el gaucho florido 


ba aquellos pingos de regalo y que debía entregárse- 
los a él mesmo y a naides má. Tragaron el ansuelo 
hasta la boya y lo dejaron pasar. Cuando llegó al ran- 
cho, Manduca y los entenaus le estaban quemando 
los pies a un pobre hombre pa’ que confesase ande 
teniba la plata en el boliche, porque era el pulpero. 
El mesmo y ño Inasio, el cura, que lo teniban esta- 
queau con dos má, me hisieron la rilasión. Mi cuñau 
había enderesau pa’ el ranchito al galopito, miren 
si será ladino. Lo vieron venir sin desconfear. Trai- 
ba el gacho de ala caída, diba hasiendosé el chiquito 
sobre su caballo, mordiendo el pañuelo de golilla 
blanco que le tapaba la carretilla y caía sobre el pe- 
cho como si juese una barba larga de viejo. Ni el mes- 
mo cura lo reconosió. Ya serquita le serró piernas al 
flete, les echó los caballos ensima y estuvo con ellos. 
Manduca alcansó a serra jarle dos tiros. El rubio le 
dentro gambeteando y lo vasió. De un salto estuvo 
con los entenaus, que los caballos habían revolcau y 
se le venían en yunta medio tambaleando. No los dejó 
resollar. Amenasó a uno que había sacado el regüel- 
ver y se lo sacó al vuelo y le acomodó dos chirlos al 
otro y enseguida otros dos al del regüelver pa’ dejar- 
los parejos tal vé. Y todo esto en un abrir y serrar 
de ojos. Si es ligero que da fiebre. Teniban dos mula- 
tos cuidando los presos y tamién se le jueron al hu- 
mo, pero el cura, que había reventau la soga, es jor- 


cr*<9 277 



CARLOS 


R E Y L E S 


sudo el hombre, le pegó un puñetaso en la nuca al 
que encontró má serca y lo dejó quietito. El otro 
disparó fiero. 

“Esos bárbaros nos van a degollar”, clamó por- 
que los malevos se venían. 

“De ande, van a disparar . . . Pero desate a los 
compañeros y armensé”. 

— Y montó, arreó la tropilla qu’ estaba allí no má, 
la tiene enseñada, ande él se apea la tropilla para, y 
volvió pa’ atrás a todo meter. 

“Manduca es muerto”, les gritó, “se vienen los 
mélicos del gobierno, disparen, muchachos, dispersen- 
sé, de no los van a jusilar”, y tuítos salieron matan- 
do. A Florido lo vieron en punta, dispués torsió 
pa’ aquí y no lo vieron má. El comisario d’ aura me 
dijo que mañana vendría por aquí. Le pregunté por 
los entenaus de Manduca y me contestó que el capi- 
tán, apenitas habló con el cura y el pulpero, les hiso 
pegar cuatro tiros. En el ranchito encontraron algu- 
nas priendas robadas. Además teniban lo sintos lle- 
nos. 

Luego, haciendo girar el gacho entre las manos 
cual si estuviese examinando la cinta, añadió: 

— Yo, patrón, voy a matreriar. No quiero servir 
ni con los blancos ni con los coloraus. 

— Basta que digás que eres uno de mis capatases 
para que te respeten. 


278 



el gaucho florido 


— Si, señor... aquí en las casas, pero campo ajuera... 

— Tenés rasón. Hasé lo que te paresca. Cuando se 
acabe el batuque, volvé. Tengo algo que of reserte, que 
creo te va a convenir. ¿ Sabés si el rubio iba herido ? 

Zabana contestó que no, dióle las gracias al pa- 
trón y salió. 

Guardaron silencio. Él sentía la respiración ace- 
lerada de ella. Los latidos del corazón le levantaban 
la blusa. La miró, tenía los ojos desmesuradamente 
abiertos y extáticos y los labios crispados como los 
del niño a punto de llorar. De pronto refrenóse, to- 
mó una expresión resuelta y dijo: 

— Y aura, ¿qué debo haser, padrino? 

— Lo que te diga el corasón, Mangacha — respon- 
dió él al punto. 

Ella, agradecida, intentó sonreír, pidióle de nue- 
vo la bendición, lo que no hacía nunca al despedirse, 
y se encaminó a la puerta derechita y pisando firme. 

“¡Qué mujersita!”, se dijo el patrón, y se quedó 
mirando la puerta por donde había desaparecido su 
ahijada. 




La mirada de ella no era cariciosa como de cos- 
tumbre, sino dura y airada. En la cintura tenía las 
dos pistolas que le había dado a guardar Florido 


279 





CARLOS 


R E Y L E S 


murió ña Juanita, la mujer, hase lo mesmo. Antes 
venía tuítas las semanas, pero como a escondidas, y 
se diba con el sielo estrellau tuavía. 

— ¿Y por qué no llegaba cuando estaba yo? 

— Vos sos mi novio, te dejaba el lau. 

— Entonses a las calladas, mientras yo andaba tro- 
piando. .'. Yo lo voy a arreglar. 

— Pero cristiano, si es mi tatita — exclamó ella 
sonriendo en vez de indignarse. 

— ¿ El qué ? . . . 

— Mi tatita, yo créiba que padrino te lo había di- 
cho la última güelta que habló con vos. Tatita no 
quería que naides lo supiera a causa de la mujer, que 
era medio falta, ideosa y lo teniba dominau. Vos sa- 
bés qu’ el pobre es débil de puro güeno. Saldivia y 
Pancha sabían tamién, pero tatita les había prohibido 
que dijeran nada a naides y padrino lo mesmo, no 
sé por qué, alguna rasón debía tener, él no da pun- 
tada sin ñudo. Yo no he querido má que a uno, y 
ese sos vos. 

Florido palideció, recordando las palabras y la 
furia de Pancha. Sus ojos fulguraron. 

— No estar vivos pa’ achurarlos de nuevo — ex- 
clamó. 

Después miró el cielo. El tupido ramaje apenas 
lo dejaba entrever, y añadió: 


<r^s> 282 



EL GAUCHO FLORIDO 


— Debes dirte antes que dentre el sol. Voy’ acom- 
pañarte hasta la salida del monte. 

Ella se acercó y le puso las manos sobre los hom- 
bros. La mirada de sus ojos de venado eran como 
una caricia realmente carnal. 

— He venido pa’ quedarme y no pa’ dirme. 

Estas palabras le parecieron a él que tenían el peso 
material de las cosas que pueden agarrarse y pal- 
parse. 

— ¿Te das cuenta de la parada que tás jugando 
aquí en el monte con rigolusión y con un matre- 
ro?. . . — y bajando de tono prosiguió cada vez más 
sorprendido : — . . . y vos sos capás de quererme tua- 
vía. 

— Soy ... y má que de nantes porque compriendo 
qu’ estabas seloso y que me queré. 

Un sollozo le cortó la palabra. Sacudida por la 
emoción se abrazó a él cuyo bombado y musculoso 
pecho le pareció seguro puerto como un remanso de 
la torrentada que la traía dando vertiginosas vueltas 
desde la madrugada fatal. 

Luego se sentaron muy juntitos y le echaron leña 
seca al fogoncito, poca, para que no hiciera humo ni 
llama. De su maleta de tropero sacó Florido un pe- 
dazo de queso, nueces e higos secos. Puso la caldera 
en el fuego y otra boga a asar. 


r>vS> 283 



CARLOS 


R E Y L E S 


— ¡ Si pudiéramos estar ansina tuíta la vida ! — ex- 
clamó ella. 

— Mientras dure la rigüelta . . . dispués . . . Bien 
pensau m á sigura tas aquí que en el rancho. Las par- 
tidas sueltas no rispetan nada. ¿Aguantarás? La vi- 
da de matrero es muy trabajosa. 

— Con vos hasta los mesmos infiernos. Dende que 
me pusiste en el dedo el anillo de tapita, que bendijo 
el cura, y nos comprometimos, me consideré tuya. 
Voy a bajarle el basto al pampa. Te traigo una muda 
de ropa y un churrasquito — añadió riendo. 

— A güenasa no tenés quién se te aparé, torcasi- 
ta ; a linda tampoco — y la miró con una ternura di- 
fícil de sospechar en aquel gaucho que acababa de 
vengarse tan cruelmente y que estaba dispuesto a 
levantar en la daga cuanto se le pusiera por delante. 

— Ansina no má — respondió haciéndole una gui- 
ñada — y desapareció entre el ramaje. 

Florido también desensilló y soltó el caballo. 

Matearon, comieron con grande apetito y volvie- 
ron a matear. 

— ¿Y cómo jué eso de dejarte venir al monte 
sola? 

— Tatita no queriba, teniba miedo que me pasara 
algo, pero la vieja se enfuresió y le dijo: “Calláte, 
viejo, vos no sabés nada d’ estas cosas. Vaya, mi’ jita, 
'acompañar a su novio y a curarlo, si está herido. 


284 



el gaucho florido 


Todos -los días voy a mandar al gurí”. Y me vine no 
má. Desconfié que tabas aquí porque la otra güelta 
aquí matreriaste. A veses en las noches de luna ven- 
go a pescar con el gurí. Pero aura que anda gente 
pa’abajo y pa’ arriba es otra cosa. 

— ¿No tenibas miedo que te asaltaran? 

— ¿ Con estas ? . . . — y señaló las pistolas — qué 
diba a tené. 

Tendieron los recados uno junto al otro. Hacía 
fresquito. La luna llena plateaba el monte quieto y 
mudo. Ni chispa de viento. El pajonal cercano no 
se plañía. La soledad pesaba y parecía anunciar el 
alumbramiento de algún grande misterio. Miles de 
ojos de luz fulgían en el cielo violeta mirando a los 
novios, que se besaban. Los bichos nocturnos celebra- 
ban, sin ruido, sus festines sangrientos o sus negras 
bodas. 

Florido se sacó las botas con espuelas y todo. 
Mangacha lo imitó y se acostaron cubriéndose con 
el mismo poncho. 

— Tomáme, mi rubio querido, no quiero que te 
quede ni la menor dudita de que te juí fiel. 

Él le tapó la boca con un beso, le pasó el brazo por 
debajo del cuello y la atrajo hacia sí. 

— Duérmase como aquella noche, con la cabesitá 
puesta en mi pecho, ajá. . . 

— ¿Ansina? — musitó ella, cerrando los ojos. 


285 



CARLOS 


R E Y L E S 


— Ansinita mesmo — murmuró él. 

— Entonse, ¿me queré mucho? 

— Muchito . . . 

Sonó una descarga cerrada. Debajo del poncho 
hubo un estremecimiento. Nada más. 



XVII 


H AN transcurrido muchos años, los años pasan 
veloces, apurados, poniéndoles una máscara de 
cenizas a los hombres y a las cosas. Sin embargo el 
Tala Grande no ha envejecido, se ha transformado y 
sigue transformándose, pasando por distintos avata- 
res al impulso de los designios de un espíritu que 
permanece mientras todo lo viejo cambia o muere. 
Apagáronse muchos fogones en la estancia, pero bri- 
llan otros nuevos en los puestos flamantes, las ca- 
bañas, los tambos, la grande quesería, cuyos edifi- 
cios se divisan a lo lejos. Ahora sólo hay un mayor- 
domo, un capataz y seis peones de campo. La prin- 
cipal tarea estriba en vigilar el trabajo de los pues- 
teros y ayudarlos cuando el caso lo requiere. A cada 
instante hablan por teléfono para pedir órdenes al 
mayordomo o al patrón, el patrón nuevo. Estos no 
necesitan salir de las casas para mandar y estar al 
corriente de todo. Los rodeos, las majadas, las ma- 


<r>^s 287 e- — i 



CARLOS 


R E Y L E S 


nadas son de razas selectas. Los ganados criollos, 
las novilladas chúcaras, los franqueros guampudos, 
el pasto duro, las boleadoras, el lazo han desapare- 
cido, y con ellos también han desaparecido los gau- 
chos de casta brava con sus problemas resueltos y 
sus funciones cumplidas. En la puerta del escritorio, 
abierta para el lado de afuera como otras de la casa 
desde que terminaron las revoluciones, está siempre 
pronto un magnífico auto, que se traga las distan- 
cias y las suprime con el teléfono. Con él todo está 
al alcance de la mano. No se ve el hijo, como el 
padre, obligado a dormir al raso cuando trabaja 
lejos. Por lejos que vaya vuelve en su pingo de me- 
tal. El motor, la velocidad, es como un ritmo más 
acelerado' del viejo Tala Grande. Mantienen alto el 
pulso de la estancia transformada los bretes, las es- 
quiladoras, el auto, el teléfono, en fin, las máquinas. 
El fogón de Pancha hase convertido en espaciosa y 
clara cocina. Junto a ella está el amplio comedor de 
los galponeros. No se oyen por ninguna parte las 
rotundas carcajadas ni el rodar de las lloronas ahin- 
cando sus ásperos dientes en la tierra dura. Los tro- 
peros no hacen falta. La estación de embarque queda 
cerca. Los peones usan bombachas angostas y es- 
puelas chicas ; el patrón espolines y pantalón de mon- 
tar. No es tan alto y garrido como el padre. Pero 
sus proporciones son justas, musculoso y de una agi- 


288 <£>0 



EL G A U 




H O FLORIDO 


lidad felina. Maneja todas las armas, practica todos 
los deportes, ha viajado mucho y anda siempre con 
algún libro, que lee en los bretes, mientras se mar- 
ca, o en los rodeos, esperando el ganado, o en la 
casa, reformada y amueblada a la inglesa. Durante 
el día, si no escribe, trabaja. Dicta las cartas pa- 
seándose y de un tirón. Tiene dos dependientes y un 
dactilógrafo. El plácido escritorio de Dn. Fausto es 
ahora oficina. Continuamente se oyen repicar las 
letras de la máquina sobre el papel blanco. Todo lo 
hace de prisa y bien; frecuentemente se le oye de- 
cir: “Ligerito, muévanse”. Ha heredado la nervio- 
sidad de misia Carlota y la voluntad afilada de 
Dn. Fausto. A la legua se ve que es gallo de riña, 
presa de extraña inquietud. 

Lo que no ha cambiado es el cuarto de Florido y 
Zabana. Se conserva intacto, pero deshabitado, sin 
alma. Lucen todavía los malvones y los claveles en 
la ventana. Las manos flacas y piadosas de Micaela 
los cuidaban. Un día la encontraron arrollada como 
una gatita y dura en la cama de su antiguo chino, 
el único. Desde entonces riega las plantas el jardi- 
nero. La familia de las Gatas se ha disuelto. La sor- 
da vieja, después de pelearse con las tres hijas ma- 
yores, rumbeó a pie para Río Negro y no se supo 
más de ella. Aquéllas, ya machuchas, se fueron junto 
con los bailongos y las farras. Se baila en los puestos 

289 

19 



CARLOS 


R E Y L E S 


al son del fonógrafo. Es otra cosa. Faltan los guita- 
rreros, la alegría gaucha y las chinas libres y que- 
rendonas. No se ve ningún rancho. Su sitio lo ocupan 
nuevas construcciones. Los domingos suele recobrar 
la estancia el bullicio gozoso de antaño; más no se 
juega a la taba, ni hay grandes carreras, ni paisa- 
nos rumbosos. La mozada es pacífica, económica, ci- 
vilizada. Nadie viste de chiripá, ni bota de potro, ni 
vuelca el cinto en una parada. Los viejos servidores 
de Dn. Fausto se han ido, algunos otros están en lo 
que siguen llamando la Tapera, incluso el patrón 
viejo, que duerme allí el eterno sueño sin sueños, 
rodeado de su gente. Deshauciado, sintiendo próxi- 
mo su fin, se vino de Montevideo a la estancia, acom- 
pañado de Faustito, un médico joven y el pardo 
Laderecha. Aunque magro y muy débil, conservaba 
la inteligencia lúcida y el ánimo entero. No quería 
que le hablasen de su estado ni lo oyeron lamentarse 
nunca. Al contrario, parecía menos grave y reserva- 
do que antes. Hablábale al mayordomo, hijo de in- 
glés, de los asuntos de la estancia ; tenía largas ence- 
rronas con el escribano y discurría largamente con 
su hijo sobre lo que convenía hacer en el futuro y 
otros muchos temas. Era lo que le placía más. A ve- 
ces, en medio de la conversación, se detenía. La mira- 
da de los cavados ojos dejaba de ver lo exterior y 
se hundía hacia adentro. Entonces el mozo callaba, 


<r^s 290 



el gaucho florido 


respetaba aquel silencio, preñado de cosas, y perma- 
necía inmóvil a fin de no interrumpirlo. Y así pasa- 
ban largos ratos y hasta horas. 

Durante el primer mes el patrón se levantaba por 
las tardes, subía lentamente a la azotea en compañía 
de Faustito y contemplaba el campo y las haciendas 
de raza que pastaban la hierba fina de lo que fue- 
ron híspidos espartillares; los montes de eucaliptus, 
sauces, álamos ; las casitas niveas de los puesteros ; las 
grandes poblaciones de la estancia, y toda su vida le 
corría por la mente como sobre la pantalla un film 
pasado a toda velocidad. Aquello lo regocijaba y 
enorgullecía. Mas la cocina de Pancha, callada, ca- 
si desierta; la desaparición paulatina de los gauchos, 
la tristeza de la estancia comparada a lo que había 
sido antes lo llenaban de secretas añoranzas. 

— Aquéllos podrían ser bárbaros, pero eran más 
enteros, más hombres — le oyó Faustito murmurar 
una vez. 

Desde que le faltaron las fuerzas para subir la es- 
calera o caminar un ratito apoyado en el brazo mem- 
brudo de su hijo — al sentir aquel vigor joven de 
la carne de su carne, experimentaba hondo gozo — 
se hacía sacar la cama afuera, al aire libre, y dispo- 
nerla ya en una dirección, ya en otra, con el obje- 
to de divisar cada vez un paisaje distinto. Y perma- 
necía largas horas ensimismado o contemplando al 


<r^9 §91 



CARLOS 


R E Y L E S 


mocito largamente, mientras éste leía cerca de él. 
Cada vez hablaba menos, pero apetecía oir hablar, 
sobre todo a las gentes que le recordaban el tiempo 
pasado. Un cáncer en el estómago lo iba comiendo 
vorazmente. Poco a poco le entregaba a su hijo, sin 
amargura ni celos, las riendas del gobierno de aquel 
imperio que él había formado y gobernado con es- 
píritu inventivo y omnímoda voluntad. Al mayordo- 
mo y los puesteros los atendía Faustito, asimismo se 
encargaba de oir las voces plañideras de los parientes 
o ahijados o protegidos, que llegaban hasta Dn. Faus- 
to con el objeto de hacerse presentes para que les 
diera algo o no los olvidase en el testamento. El 
heredero los escuchaba, permitía pasar algunos y 
los hacía partir sobre tablas. El patrón sonreía. 

Doña Justa venía a verlo todas las semanas, acom- 
pañada de Dn. Froilán. Aunque entrados en años, 
habían tenido otra chica y eso los consolaba de la 
pérdida de Mangacha, a quien la gurisa se parecía 
extraordinariamente. La chachara varia y retozona 
de la china entretenía al patrón. Don Froilán sólo 
sabía hablar de vacas y bueyes perdidos. Estando una 
tarde conversando con ellos le anunció Faustito: 

— Papá, vienen a saludarte dos personas que te 
van a causar grata sorpresa, Florido y Zabana. 

Y apareció Micaela, que ejercía las funciones de 
casera, seguida de los dos gauchos. Vestían como 

c — ^9 292 



el gaucho florido 


antes, de chiripá, bota de potro, culero, cinto con bro- 
che de plata y oro y mayúsculas espuelas de hierro. 
Les tendieron a todos la diestra tiesa y dijo Florido: 

— Sabíamos que estaba enfermo y veníamos a sa- 
ludarlo y a desearle mejoría. 

— Sí, aquí estoy muriéndome de hambre, yo que 
tengo tantas vacas, — contestó esforzándose por 
sonreír — y a ustedes, ¿cómo les vá? 

— Rigular no má, patrón, siempre medio a monte... 
Cuando nos persiguen en un lau nos vamos a otro. 
Hemos estau seis años en el Brasil y crusao la re- 
pública no sé cuántas veses. 

— Manduca y los entenados eran tres fasinerosos. 
Vos no tenés delito; la polisía venía persiguiéndolos 
para fusilarlos. Salvastes al cura y a tres más; im- 
pedistes que saquearan esta estansia. Estábamos en 
plena revolusión. Aquellos asesinos no pertenesían 
a ningún ejérsito, eran sólo asesinos y ladrones. 
Te hisiste matrero al cuete. 

— Sí, patrón, pero cuando concluyó la guerra y 
supe que Banega era el que me había baleau y ma- 
tau a mi Mangacha, aquel tesoro, patrón, sólo pensé 
en castigarlo. Dispués, sin mi Morocha, ¿pa’ qué 
diba a trabajar? Supe tamién que le habían traído 
una carga a 1’ estansia y matau a Gregorio y Barran- 
ca, que dejaron un tendal. No haber estau aquí 


293 



CARLOS 


R E Y L E S 


pa’ ayudarlos. Por defenderlo, creamé, patrón, que 
nos hubiésemos hecho achurar. . . 

— De juro . . . 

— . . . y que usté había dicho: “No tener aquí mis 
gauchos”. Es.e ricuerdo, patrón, no lo olvidamos. Los 
peones de aura habían ganau la cosina, menos los 
de nuestro fogón. 

— Así fué, estaba casi toda la gente en el campo. 
Pero Faustito, Ramón, Bautista y el hijo empesaron 
a menearles bala y los dispersaron. Yo anduve me- 
dio lerdo; no atiné a agarrar las pistolas, no sabía 
de qué se trataba, de no, probablemente les salvo la 
vida a Abrojo y Barranca. Todo susedió en menos 
que canta un gallo. ¿Quién iba a esperarlos de día 
claro ? 

Calló como rememorando la escena y añadió: 

— Entonses el indio Banega ... Lo recuerdo, te- 
nía cara de Judas. Pancha lo echó de la cosina por 
barullento. 

— Es verdá, era taimau y de mala entraña. A és- 
te lo quiso madrugar, pero mi cuñau lo muñequió 
lindo y le hiso saltar el facón. Usaba un facón ma- 
chaso y un cuchillito pa’ churrasquear. 

— ¿Y diste con él? 

— Sí, señor. Dispués que ña Justa, aquí presen- 
te, me curó de las heridas junto con la vieja sorda. 

— ¿Y? 


294 



el gaucho florido 


— Cuanto me vido coligió a lo que venía. Nos 
atracamos. . . y allí quedó estirau. Tenía dos com- 
pañeros y de ellos se encargó mi cuñau. Yo le di 
una manito a lo último, puro planchaso y dos taji- 
tos. Eran flojos. Y ya juimos los gauchos persegui- 
dos, obligaus a peliar pa’ defender el cuero. Emi- 
gramos a Río Grande. Trabajábamos en lo que salía. 
Aura naides se acuerda de nosotros fuera d* este de- 
partamento. 

— Han tenido desgrasia. . . Ustedes tan camperos, 
buenos gauchos, derechos y liberales. Y la pobre 
Mangacha, ¡qué injustisia! 

— Sí, señor; qué le vamo’ haser. 

— Si me hubieran encargado del pleito yo los ha- 
bría sacado en ancas. 

— Hubiéramos tenido que dir presos, y con la 
polesía ni a bañamos. 

— Eso es lo malo, haberse resistido a la justisia. 
¿Y nunca sienten ganas de volver a la querensia? 

Zabana interrumpió : 

— A veses hemos solido matreriar por el Rincón 
de Cabrera pa* visitar a ña Justa y ver la estansia... 
de noche. Y no Y hemos camiau ni una oveja, patrón, 
ni a naides. ¡ Pero tá esto tan cambiau ! Los gauchos 
de nuestra laya no tienen cuasi qu’ haser en las estan- 
sias grandes d' aura. Ya no se volea, el laso poco se 
usa, los apartes se hasen en los bretes, no hay que 


cr^9 295 



CARLOS R E Y L E S 

lidiar con hasiendas chúcaras, las tropas las lleva el 
tren, los baguales se doman d’ abajo. Hay que agrin- 
garse pa’ vivir. 

— Y nosotro, a la que te criaste no má. Qué le 
vamo’ haser ... tal vé eramos demasiau gauchos, 
enemigos de tuita sujesión. 

— No, no es eso; la mala suerte los llevó por otro 
camino que el bueno. A guapos y mañosos para el 
trabajo a caballo y a pie nadie les ganaba la punta. 
Habilitados en los puestos hubieran hecho lo mismo. 
Miren al Mellao, a Mansilla, a Esquivel, todos tie- 
nen su capitalito. Son ellos los que han desterrado a 
los gringos. Y ustedes eran la flor de mi gauchaje. 

— Sí, la suerte, patrón, y dispués no supimos cam- 
bear, qué le vamo’ haser. Aura por Serró Largo y Mi- 
nas trabajamos por nuestra cuenta; conchabaus no 
queremos estar. Arreos de tropa, doma de baguales, 
trabajos por día, alambraus, lo que salga. Ganamos 
pa’ los visios. 

Entró el médico. Los paisanos se despidieron. 

— Si algún día quieren ganar la vieja querensia, 
deseo haserles saber que aquí siempre tendrán buen 
acomodo. No he querido ocupar el cuarto de ustedes; 
está como lo dejaron, esperándolos, y seguirá así. 
Mi hijo los apresia tanto como yo. Adiós, Florido; 
adiós, Sabana. 


<r^f) 296 



E L 


GAUCHO FLORIDO 


Florido retuvo la mano huesosa del patrón entre 
las suyas, quiso decir algo, pero no pudo. 

Luego de haberse despedido de las personas que 
allí había, salieron erguidos y cimbrándose, esbeltos 
como diez años atrás. Micaela, agarrada del brazo de 
Florido, los acompañaba. Aunque mucho más del- 
gada no había perdido sus encantos, al igual que los 
tiene una flor marchita. El fuego de los ojos ver- 
des amarillosos habíase velado, la sonrisa tenía co- 
mo un dejo de tristeza. Zabana se adelantó discreta- 
mente. 

— Dies añitos sin verte y siempre pensando en vos, 
lo mesmito que cuando nos queríamos, ¿t’ acordás? 

— Ya te creo. Mangacha y vos son las personas 
que má ricuerdo. 

— Yo la lloré a la pobresita má, mucho má, que a 
una hermana, por ella mesmo y porque era cosa tu- 
ya. La queriba a pesar de que me diba’ dejar sin mi 
chino. 

— Y ella tamién te queriba; no le paresía mal que 
yo tuviera dos mujeres, siendo vos la otra. Y yo 
las queriba a las dos, de distinta manera, siguro. 
¡Pobresita mi torcasa!, ni siquiera llegó a ser mi 
mujer. Pero es al ñudo hablar, pa’ qué. . . ¿Y vos, 
t’ hallás aquí sola? 

— Tamos cuasi tuíto el día juntas con Pancha. Y 
hablamo. Aura tá convensida que juí y que soy güeña. 


r'v^s» 297 ql- — i 



CARLOS 


R E Y L E S 


Vení, te voy a mostrar tu cuarto. Pancha jué a la 
Tapera y no ha güelto. Los domingos, por orden de 
los patrones dende que tá allí la finada patrona, lle- 
vamo una carrada de flores pa’ ella y pa’ los otros. 
Siempre tenés florida tu novia y cuasi lo mesmo la 
tumba de Juan — te acordás, pobre negro, con sus 
dos reló — , de Lusero, Abrojo, Barranca, Genaro, de 
esos nos encargamos nosotros, pero hay otros má, 
ño Bautista, el maestro. . . que cuidan las mujeres de 
ellos y las hijas. Saldivia suele acompañarnos. 

Desde que los cercos de ligustrum y las plantas 
crecieron y los árboles dieron cumplida sombra, las 
mujeres de la estancia iban los domingos a pasear 
por las calles y callejuelas del cementerio, que más 
bien parecía deleitoso jardín. A veces llevaban los 
adminículos de matear y se pasaban allí toda la tar- 
de, particularmente después que se construyó el se- 
pulcro de Dn. Fausto y que éste quiso que estuvie- 
se siempre cubierto de flores. Las ramas pendientes 
de los coposos sauces llorones eran de un verde tan 
suave y grato a los ojos que no entristecían. A los 
hibiscus, ni el invierno ni el verano los despojaba 
de su blanco o lila poncho florido. Los cipreses dis- 
paraban al cielo sus puntas nerviosas y vivas como 
la llama. Hasta las cruces blancas ponían notas ale- 
gres en el cementerio. 

Mientras pudo subir al coche, el patrón, acompaña- 


298 



el gaucho florido 

do de su hijo, solía dar su paseíto por la Tapera. De- 
positaban buena porción de rosas te y violetas, las 
flores preferidas de ella, en el sepulcro donde repo- 
saba misia Carlota; se detenían silenciosos aquí y 
allá, frente a una cruz, y partían. 

— Tu cuarto tá lo mesmito que vos lo dejaste. 
Cuasi todos los días lu abro pa’ que se airé y dentre 
el sol. 

En la pared colgaba la guitarra. Fué lo único en 
que se detuvo la mirada indiferente de Florido. Es- 
tiró la mano y le arrancó a las cuerdas un gemido. 

— Sí, tá afinada. A ocasiones venimos aquí con 
Pancha y toco y canto aquellas désimas y estilos que 
me enseñastes vos. 

— ¿Entonse me seguís guardando consecuensia ? 
¿No te has amigau nunca con naides? 

Lo miró sorprendida ; guardó silencio algunos ins- 
tantes y luego: 

— No, sólo juí de vos, y aura no lo sería porque 
tá la finadita entre los dos — afirmó-—. Ni con el 
pensamiento t’he faltau nunca. Dende que te juistes 
empesé a enflaqueser; dise el médico que es pasión 
de ánimo. No sé . . . me voy consumiendo, pero no 
me importa. Soy dichosa a mi modo. Tengo como un 
chiche la casa del patrón ; cuido tus plantas y resamo 
bastante con Pancha, que se ha güelto má religiosa 


<r^v£> 299 



R E Y L E S 


CARLOS 

de lo que era tuavía. Dise ño Faustito que soy una 
santa. ¿Seré? 

Florido la miró un instante como si no compren- 
diera. 

— De juramente, pero vos sos muy joven pa’ de- 
jarte dir. ¿Quién diba a pensar? 

— Qué queré, ansina es la vida. ¿Y vos? 

— Yo soy el mesmo. ¿Y el patronsito es güeno 
como el patrón viejo? 

— Es otra cosa. Güen corasón, pero poca pasensia. 
Manda derecho viejo. Con él no valen agachadas ni 
güeltas. Te mira fijo y te deja helau. Antes que ha- 
blés, sabe, no sé cómo, lo que vas a desir. 'Escribe 
y estudea tuíto el día. ¿Pa’ qué será? Pa’ manejar 
esto sabe de sobra. Nos tiene en un puño, hasta el 
mesmo pardo Ramón, que y’ anda arrastrando las 
chancletas. Quiere que cada uno cumpla sus obliga- 
siones como Dios manda. “Nada de champúrreos”, 
dise. Juera d’ eso es generoso y habla má con la 
gente qu’ el mesmo patrón. Explica, asigura que hay 
que saber por qué se hasen las cosas pa’ haserlas 
bien. Si alguno pega un resbalón reniega, pero se le 
pasa pronto. No te dise serenito como padrino : “Sien- 
to desirte que no me servís, andá a la pulpería y que 
te arreglen el vale”. Y se acabó. Y sin embargo el 
patrón viejo se hasía queré má y eso que el hijo es 
meno reservau. ¿Quedrás crer vos que a veses se 


<r^9 300 



el gaucho' florido 

viene a la cosina y matea con nosotras y Saldivia? 
Le gusta que le hablen de la finada patrona, de vos, 
de la farra de los troperos y nos curte a preguntas. 
Hasta de mi pobre vieja si acuerda. 'Respeto a las 
divinasiones y las luses malas habló largo y nos de- 
jó de boca abierta. A nosotros, porque sabe que lo 
queremos, nos trata como a iguales. A Pancha suele 
besarla y ya ves si es negra. A mí en dos acasiones 
me habló al alma. No se le puede ocultar nadita, y me 
dijo que hasía bien en guardarte consecuensia, que 
tuítos vivimos soñando y que mi sueño era muy lin- 
do. Compriende, porque me ha visto perseguida por 
muchos paisanos acomodaus, que pa’ los otros soy 
loba y pa’ vos sólo cordera. Y me apresea. Entiende 
má que el cura de esas cosas. El cura quiere que me 
arrepienta de haber sido tu china pa’ dentrar al 
sielo derechita, y yo má bien que arrepentirme sien- 
to orgullo. A los mesmos infiernos me llevarían an- 
tes de renegar de aquello. ¡Jué lindo, rubio!, ¿no? 
¿T acordás cuando salimos caminando pa’ el arro- 
yo? No, nunquita me arrepentiré. 

— Güelta a güelta ricuerdo cómo juistes conmigo 
y no compriendo. 

— Tenía apenitas veinte años y era, no tan lin- 
da como la finadita Mangacha, pero cuasi, cuasi, 
y vos eras como te dije, un gaucho má florido qu’ un 
rosal. Aura estoy flaca y avejentada. Hasta me aver- 


c — <£> 301 



CARLOS 


R E Y L E S 


gonsaría besarte, porque mi boca no es la mesma. 

Se habían sentado en la misma cama de Florido 
y departían amigablemente. Ella le tenía agarradas 
las manos, pero él sentía muy bien que aquellos la- 
bios, antes carnosos y sensuales y ahora finos y prie- 
tos; aquel cuerpo venusino, antaño todo fuego y al 
presente despojado de toda morbidez, pedían cariño 
y no amor. 

Así los encontró Pancha, que llegó jadeante. Lo 
abrazó varias veces gozosa, lo examinó otras tantas 
de abajo a arriba y lo hizo pasar para la cocina. Ha- 
bía perdido la mitad de las pulpas, el rostro ajado 
conservaba, empero, la donosura de la edad juvenil. 

— Te voy a sebar un mate. Tengo yerba paragua- 
ya de la que te gusta a vos. 

Allí encontró a Saldivia, la barba y el cabello ne- 
vados. Y más tarde cayó Mansilla, muy gordo, a 
quien le habían avisado que Florido y Zabana esta- 
ban en la estancia. Formóse alegre rueda junto al 
fogón, aquel fogón encendido de recuerdos, añoran- 
zas y saudades. Por última vez se oyeron las carca- 
jadas gauchas. No hablaron de cosas tristes, ni se 
lamentaron de nada. A Florido le chocó el buen hu- 
mor de Pancha y Micaela. Creía, después de saber 
la existencia monacal que ambas llevaban, verlas 
melancólicas, afligidas. Ignoraba que el recuerdo vi- 
vo, adobado por la religión, es presencia y posesión 


302 



el gaucho florido 


más apacible, si no gozosa, que el adueñamiento del 
mismísimo objeto real. Pero a ellas las sorprendió 
lo mismo el contento y la despreocupación de ellos. 
Les pidieron que les contaran las andanzas y pelle- 
jerías en que habían andado y lo hicieron sin alarde 
ni vergüenza. No habían robado, ni menos asesinado, 
ni derramado sangre, sino en extrema necesidad. 
Algún tajito que otro por defender el pellejo, esto 
aparte de las muertes de Manduca y Banega, que 
nadie reprobaba. 

— Mi negro y Barranca murieron en güeña ley — 
dijo Pancha cuando Florido y Zabana terminaron de 
relatar sus aventuras — . La peonada estaba en el cam- 
po. Después de matarte a tu prienda y herirte a vos 
se vinieron en fija con el sol alto. Nos agarraron 
mansitos. Los portones estaban abiertos. Saltaron 
de los caballos y se vinieron derechito al cuadro unos, 
los otros enderesaron pa’ la pulpería. Tabamos en 
la cosina Saldivia, Gregorio, Barranca, ésta y yo. 
Gregorio casó el asador y yo la cuchilla grande, Mi- 
caela la chica, Saldivia y Barranca pelaron las da- 
gas. No nos dieron tiempo a buscar armas de juego. 
Salimos y nos topamos en el portón mesmo. Eran 
como dies; a las primeras de cambio mi negro des- 
mayó a dos. Cuando veíamos alguno medio ason- 
sau le dentrabamos Micaela y yo. El asador sumbaba 
en el aire como un mangangá, ¡ah, mi negro lindo! 


303 



CARLOS R E Y L E S 

A veses lo metía de punta. Ande atropellaban Sal- 
divia y Barranca abrían cancha. Ansina mesmo nos 
traiban reculando. En esta el pardo Laderecha, de 
facón y regüelver, les entró por detrás, pero no po- 
día tirar por no herirnos a nosotras. Pá’ mejor se 
vinieron los de la pulpería, porque ño Bautista y el 
hijo los habían chumbeau. Y ya nos llevaron de calle 
hasta la mesma puerta del patrón. Y él sin oir. Ai 
la vimos feo. De un repente la puerta se abrió de par 
en par y aparesió de espada, esa espada que tiene 
pa’ no sé qué en la cabesera de la cama. Sin duda 
creyó que era alguna pelea entre los peones. Y empe- 
só a relampaguear la chusa. Gregorio y Barranca 
cayeron cuasi juntos. Nos creimos perdidos. Ramón, 
que se había puesto junto a nosotros, les meneó bala. 
Pero le casaron el regüelver y lo hirieron. Ño Bau- 
tista y el hijo tiraban medio de lejitos, eran escope- 
tas de cargar por la boca y sólo allá, a las perdidas, 
sonaba un tiro. Genaro disparó dos y le quitaron el 
arma y lo churrasquearon. Yo me conté entre los 
muertos, pero, amigo, de la sotea empesó a venir un 
jusilerío que daba fiebre. Saltaban las canillas y cai- 
ban de rodillas aquellos hombres. Uno, que le había 
casau el arma al patrón y lo diba atravesar, de un 
repente pegó un salto pa’ atrás y cayó de espaldas con 
un balaso en la cabesa que le entraba por una sien 
y le salía por la otra, y ai arremoliniaron y los car- 


304 



el gaucho florido 

' » 

gamos firme. De la so tea seguía el jusilerío a las 
patas no má. El día anterior, hablando de los ataques 
a la estarisia, preguntó el niño: 

“Y si atacan a ésta ¿yo qué ha*go?”. 

“Te subís a la sotea y les tirás a las canillas”, con- 
testó el patrón en broma. Cuándo diba a malisear que 
al otro día. . . Y el patronsito cumplía la orden. No 
haberles tirau a partirlos. A mí me sacó dos de ensi- 
ma. La espada de ño Fausto seguía relampagueando. 
Barranca se había levantau y tamién arrempujaba. 
El primero que disparó jué Banega, ¡hijo e’ perra!, 
cara la pagó, enseguidita los otros. Muchos quedaron 
allí muertos, heridos o quebraus. La sorda, a últi- 
ma hora, había cáido al baile. Habían de ver cómo 
cargaba, pior que un hombre. Yo me abrasé a mi 
negro, que estaba espirando y queriba peliar tua- 
vía. “Aura. . . Aura. . .”, desiba. Teniba a uno en- 
sartau en el asador, pa’ sacárselo tuve que meterle 
la pata y tirar juerte porque lo teniba sumido en las 
caderas, tal vé. El patrón salió chato pa’ la sotea a 
sujetar a Faustito; seguía meniandolés bala a los 
que juían y tuavía alcansó a quebrarles dos caballos 
y dejar dos hombres de a pie. Dispués bajó tray en- 
doló de la mano. Parau en la puerta le desía: 

“Mire, amiguito, cómo hay que defender los inte- 
reses en esta tierra, y todo por causa de los políticos. 
Nos convierten en salvajes. Lava, Micaela, eso”. 


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CARLOS R E Y L E S 

— Y tiró la espada con asco, se agachó junto a 
Gregorio y le puso la mano en el corasón. Me pal- 
meó a mí y se jué ande 'taba la sorda y Clara ven- 
dándole un braso a Laderecha. Teniba adema un 
hachaso en la cabesa y la sangre le dentraba por los 
ojos y la boca. Ansina mesmo tuvo juersas pa’ de- 
sirle a ño Fausto : 

— Ha estau mi linda la junsión... 

— El patrón le hiso señas pa’ que se callara y si- 
guió dando güeltas por allí con el hijo, que diba 
rompiendo una sabana pa’ haser vendas. Saldivia, 
¡cristiano suertudo!, ni siquiera ligó un puntaso, 
desarmó a los forajidos. Tamién los vendaron y les 
arreglaron las patas como Dios les dió a entender, 
al ñudo, porque llegó el capitán, el comisario y los 
mélicos y a pesar de qu’ el patrón y Faustito pidieron 
por ellos los llevaron a la manguera, los pusieron 
contra los postes y ai mesmo los hisieron sonar . . . 

— ¿Y Barranca? — preguntó Zabana. 

— Salió conmigo del cuadro — respondió Micae- 
la — llevaba las tripas en el sombrero y se diba en 
sangre. De mulato qu’ era se había güelto blanco. Yo 
lo sostenía. Queriba ver el parejero que 'taba en el 
potrerito ’e las lecheras y mirar el campo. 

“La corrí. . . mos lindo y la gana. . . mos medio 
obligaus — pudo desir augandosé — . Vamo a espi- 
char al . . . gunos, pero sal . . . vamos al patrón. Gre- 


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EL GAUCHO FLORIDO 


gorio y yo tabamos demasiau pesaus, de no. . . Da- 
me un traguito, en el bolsico tá el frasco. 

— Teniba poca caña y se la volqué tuíta en la boca. 
Los ojos turbios, rigüeltos, se le alegraron al pobre. 
Ya diba. tambaleando. Las gallinas nos seguían pi- 
coteando la sangre que le caiba, y aquel cristiano 
empesó a tirarles peasitos de sebo, que se sacaba de 
la herida. 

“Tá lindaso” — dijo apenitas, mirando el parejero. 

— Agarrau a la portera se le jueron doblando las 
piernas hasta que quedó echau con la cabesa güelta 
pa’ el caballo. Yo le metí las tripas en la barriga, le 
di aire y le grité enloquesida : “No t’ entregués, Ba- 
rranca”. 

“No me entriego”, tartamudeó, y estiró las patas... 

Por la noche — estando en Tacuarembó sólo ca- 
minaban por la noche — las colas atadas, los fletes 
armaditos, prontos para arrancar, los gachos de alas 
requintadas sobre los ojos, partieron al son campero 
de las coscojas. Florido llevaba entre los dientes un 
clavel que le había dado Micaela. 

— Es el último que te doy, mi rubio, mi chino, 
mi vida. Ya no te veré má — le había dicho ella. 

Los miraron alejarse lentamente, hasta que las 
siluetas gauchas fueron achicándose, borrándose, des- 
vaneciéndose, y se hundieron en las sombras. 


FIN